Desierto ajeno – Brecha digital
Wilaya, de Pedro Pérez Rosado

Desierto ajeno

“El pueblo olvidado”, se ha dicho muchas veces del saharaui. Cuando España se retiró de su dominio colonial sobre el Sahara occidental, Marruecos y Mauritania, alegando derechos históricos, se abalanzaron sobre el pedazo de desierto que sus habitantes reclaman como su patria. Desde entonces los saharauis prosiguen sus reivindicaciones y una lucha asaz despareja, viviendo en campamentos en el exilio.

Esos campamentos son las wilayas, palabra que da título a esta película del español Pedro Pérez Rosado, documentalista que antes había realizado Agua con sal (2005) y La mala (2008). Este antecedente se nota en Wilaya, no sólo en la recurrencia a actores no profesionales sino en la manera de filmar el hábitat, los movimientos, las instancias que viven los personajes, diseñando, sin énfasis, situaciones que dan cuenta de un estilo de vida, de una tradición, de una –o unas– forma de pensar.

Como refiriéndose de pasada no sólo a la deuda que España mantiene con el pueblo saharaui sino también a la constitución, a lo largo de los años, de formas de vivir y de sentir que anudan a la península con las gentes del desierto –los saharauis hablan español, por ejemplo–, la protagonista, Fatimetu, ha sido adoptada y criada por una familia española y regresa a la wilaya tras la muerte de su madre, retomando contacto con su hermano, su cuñada y su hermana minusválida, a la que la voluntad materna dejó a su cargo. De más está decir que una joven española –porque eso es Fatimetu, más allá de su origen– encontrará más de un motivo de distancia con su patria original y sus costumbres: desde lo más obvio del mundo, como la vestimenta, hasta que una joven deba casarse con el novio que le eligió su padre.

No es, sin embargo, esta película una que se dedique explícitamente a subrayar contrastes occidentales/orientales, más allá de las pruebas fehacientes de una escasez y pobreza intolerables para quien provenga del Primer Mundo –una ducha común, la dificultad para cargar un celular, la novelería ante el confort de una heladera–, como su objetivo principal, quizá porque entre los pueblos de la región no es precisamente el del Sahara, pese a su larguísimo calvario, el más afín a ortodoxias religiosas y extremos fundamentalistas. De paso, el bienintencionado director no se dedica a subrayar nada –más allá de cierta inevitable seducción visual por el desierto, pero no siempre–, los tópicos que privilegia aun rozándolos, están más en los interrogantes de las des-identidades que provocan la fragmentación, la huida, el irse y retornar –o no–, lo que afecta a una generación de personas que ya son hijos o nietos de los primeros expulsados tras la retirada española. Y a los que el filme, no se sabe si por casualidad o por intención alegórica, presenta huérfanos, o como si lo fueran. 

El joven Said, cuyo padre nunca retornó de España y no parece encontrar fácilmente su lugar en el mundo, la dulce Hayat, la hermana que pese a la dificultad con que se desplaza es una activa y alegre maestra de niños, la protagonista Fatimetu, que luego de sus primeras ansias de huida “encara” –como dirían por acá– y comprándose una vieja camioneta se hace de un modo de ganarse la vida, dibujan, sin llegar a conclusiones definitivas, los azarosos caminos que enfrentan esos jóvenes, para los que la palabra “lucha” sólo refiere –por el momento– a cómo sobrevivir, y seguir, en ese desierto que no es el propio. 

Wilaya, España 2011.

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