Furiosa: Yermos desiertos - Semanario Brecha
Cine. En cartelera: Furiosa

Yermos desiertos

Fotograma de la película

Automóviles, camiones y motocicletas, vehículos que se desplazan por un sinfín de tierra árida e infértil a máxima velocidad usando toda la poca gasolina que les queda. Colisionan, impactan, dejan estragos de fuego y chispas. Vehículos que despiden sus engranajes por los aires, metales que flotan y caen mientras el roce de los neumáticos levanta pequeñas tormentas de arena. La imagen de un objeto en movimiento rodeado por un entorno seco bien podría resumir la franquicia Mad Max, una imagen que exhibe la perseverancia por sobrevivir enfrentada a la adversidad, la hostilidad y el peligro. Esta observación explica cómo George Miller, con Furia en el camino (2015), propuso depurar las aventuras desérticas de su personaje más reconocible y reducirlas a su exponente básico filmando un largometraje completo compuesto por una gran persecución. Así, se apropió de los significantes estético-narrativos de la segunda entrega de la franquicia, estrenada en 1981, para reconstruirla acorde a nuevos ideales. Este ejercicio requirió suprimir toda construcción narrativa por fuera de la suficiente y necesaria, completando los detalles con gestos fugaces entre explosiones y disparos que sugieren, más allá de lo que la cámara retrata, ecos de las relaciones entre personajes o de la organización social de su mundo.

Ahora, el realizador australiano vuelve a dirigir, pero su nueva película no tiene los mismos objetivos. La diégesis de Furiosa: de la saga Mad Max precede a Furia en el camino y nos sitúa con el personaje homónimo, quien, en su tierna infancia, es usurpada de sus tierras verdes y arrastrada lejos de la utopía matriarcal, primitiva y horizontal para ser llevada tras las rejas de una distopía patriarcal, barbárica y vertical. Tras ser arrebatada de sus seres queridos, en cada minuto que transcurra no proyectará más que una retribución sanguinaria contra su raptor, un líder rimbombante que profiere sentencias acerca de la persistencia del odio mientras allana los bienes ajenos para beneficio propio. En lugar de compactar la acción dentro de un ciclo solar, Furiosa se inscribe dentro de la epopeya, concibiendo un poema sobre las hazañas y las desdichas de una heroína voraz en una odisea prolongada por décadas. El estilo integra significantes que evocan este género literario en su connotación tradicional, por lo que incorpora varias elipsis dentro de la narrativa de la travesía heroica. Contra la ilusión de presente continuo de su antecesora, esta iteración deja guerras, aprendizajes y reclusiones por fuera de la representación, acontecimientos meramente insinuados que no se explayan en la pantalla. Las elipsis denotan la complejidad subyacente por debajo de lo omitido, como si fueran escritos con extractos puntuales que se han perdido, arrasados por el viento de la historia. Se diluye la precisión factual y emerge lo mitológico. Un relato susurrado de oreja a oreja que pierde detalles en el pasaje entre interlocutores mientras otros relieves se distorsionan, en una confusión pertinente para la ambigüedad que se infunde en la resolución narrativa de la venganza final.

Su fortaleza late viva cuando la articulación dramática perpetra los misterios de esa mujer con la frente empapada en petróleo que nos dirige una mirada honda. Ella expresa, con la inmensidad de sus ojos ovalados, lo que resguardan esos labios que permanecen sellados, refugiando la ira incontenible de mil titanes en un silencio político, inconforme y desafiante. El infortunio es que la propia película no logra encarnar la totalidad de ese carácter independiente que reclama por su autonomía, porque tiene que reconocerse en continuidad con una franquicia discontinua y subordinarse para resolver los misterios que merodeaban Furia en el camino, insignificantes para el viaje de esta protagonista. ¿Por qué incluir a las esposas de la película anterior si su vínculo aquí no se desarrolla? Solo para producir, por asociación, un vago sentido temático que nunca llega a convertirse en dramático, síntoma de las condiciones que hay que cumplir para producir cine dentro de los parámetros del Hollywood contemporáneo, en un entorno que prioriza la potencialidad de las historias no como narraciones, sino como franquicias.

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