De yuyos, curanderos y simpatías - Semanario Brecha
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De yuyos, curanderos y simpatías

Medicina popular en Uruguay.

Vitrina con colección de mates y otros objetos criollos del doctor Bouton, en su casa en Santa Clara de Olimar / Foto: gentileza Mhn.

Partiendo del trabajo pionero del médico Roberto Bouton sobre medicina popular en el medio rural, un grupo de investigadores y estudiantes de antropología de la Udelar indagó en la supervivencia de ciertas prácticas alternativas de curación para tratar afecciones que van del estrés al mal de ojo.

Para curar cataratas hay que lavarse los ojos con hojas de rama negra. Las mordeduras de víboras yarará o crucera se tratan con guazatumba, y los cortes en las extremidades con una mezcla de tela de araña y palma imperial mascada. La fiebre en los niños se baja con parches de papa en la cara. El tratamiento de la culebrilla requiere la oración de un curandero que incluya rezos a Jesús o a san Jorge, mientras que para curar una hernia se necesita tener a mano una higuera un viernes santo. Para el mal de ojo, uno de los talismanes más usados es “la mano de Fátima”, con sus cinco dedos que simbolizan los cinco pilares del islam.

Si de espantar energías negativas se trata, hay que armar un incienso quemando romero y ponerlo en la casa. Pero si lo que se quiere proteger es el propio cuerpo, entonces hay que colocarse un gajo de ruda detrás de la oreja, en la ropa interior o el calzado.

En las zonas rurales del país (y también en las ciudades) convive hoy, junto a la medicina oficial, un conjunto de prácticas y creencias que involucran uso de yuyos, aplicación de simpatías, recitados de oraciones e intervenciones de curanderos destinadas a tratar, curar o prevenir enfermedades. Englobadas en el concepto de “medicina popular”, estas prácticas involucran el poder curativo de la palabra y las plantas, y se diferencian de la medicina oficial porque son aplicadas por gente común, se transmiten de forma oral y son parte de una memoria familiar.

Medicina popular: viejas y nuevas prácticas (2017) es un libro coordinado por la antropóloga Sonnia Romero Gorski que compila una serie de trabajos realizados por estudiantes y docentes del curso de antropología social-etnología de la Licenciatura en Ciencias Antropológicas, de la Facultad de Humanidades (Udelar), que fueron presentados el año pasado en una jornada realizada en el Museo Nacional de Antropología, y que contó también con aportes de parteras y de la Asociación de Doulas.

El estudio estuvo inspirado en la idea de reflexionar sobre la presencia de prácticas de medicina popular en el Uruguay actual, indagando en sus orígenes y cambios, y tomando como punto de partida el relevamiento realizado por el médico Roberto Bouton (1877-1940) en las primeras décadas del siglo XX.

En sus apuntes, que él mismo tituló “Bien criollo”, Bouton registró y describió una diversidad de prácticas y costumbres rurales: desde formas de trabajo, tradiciones musicales, vestimentas, comidas, creencias. La obra incluye dos capítulos dedicados a “Costumbres, leyendas, relatos y adivinanzas” y “Supersticiones, creencias, remedios y plantas medicinales”.

Bouton (nacido y graduado de médico en Montevideo) reunió la información cuando trabajó como médico rural en Santa Clara de Olimar (Treinta y Tres), donde vivió entre 1913 y 1931, aunque sus primeras anotaciones son bastante anteriores, de 1890.

El manuscrito ingresó al Museo Histórico Nacional (Mhn) donado por su viuda, junto a una colección de más de 300 objetos característicos del medio rural (véase recuadro), y fue publicado por primera vez en la Revista Histórica, entre 1958 y 1961, bajo el nombre de “La vida rural en el Uruguay”, con prólogo de Lauro Ayestarán. En 2009 y luego en 2014 volvió a editarse, esta vez por Banda Oriental.1

En su valoración global de la obra, Ayestarán resaltó como los mejor logrados los capítulos dedicados a registrar las prácticas de medicina popular: “por momentos la obra se levanta a una altura científica ponderable, tal como en el capítulo dedicado a las supersticiones, creencias y remedios, donde el médico de buena preparación profesional y acendrado ejercicio de su disciplina se detiene a interpretar con rigurosidad técnica todo ese mundo no oficial del saber popular de la salud y la enfermedad”.

Según el musicólogo, Bouton realizó lo que en la jerga de las ciencias sociales se denomina “investigación participante”, “con una seriedad que no desplaza una sonrisa”. Un ejemplo de esto es cuando cuenta una anécdota donde él mismo fue el paciente: “Al alacrán que los guaraníes llamaban yapeuca y los pampas traquanqué se le atribuye, como a la víbora de coral, la misma acción de curar con el propio cuerpo la herida que él produce al morder. Basta pisar en un mortero todo el cuerpo y ponerlo sobre la herida. (A mí me hicieron el ‘remedio’ y me regalaron una infección. Don Pancho Cabrera, de Florida, fue el autor.)”.

DE LO EMPÍRICO A LO SIMBÓLICO. Medicina popular… comienza con un análisis de Sonnia Romero sobre el texto de Bouton, donde la antropóloga destaca algunas características de las prácticas medicinales populares que identifica en la obra del médico uruguayo. Por ejemplo, cita el concepto de bricolage, tomado de Levi-Strauss, y que vincula con el “pensamiento salvaje”. La idea de solucionar una situación urgente con lo que se tiene a mano, sin reparar en si es la solución ideal, define la instrumentalidad de la medicina popular.

Romero lo ejemplifica con un caso, sin duda sorprendente, recogido por Bouton: “(Para la) muerte aparente de los recién nacidos: introducir el pico de una gallina viva en el ano de la criatura, entonces la criatura respira y llora”.

La autora vincula la lógica de este procedimiento popular (registrado en las primeras décadas del siglo XX por Bouton) con un dispositivo recientemente presentado por un médico argentino para la prevención de la muerte súbita en recién nacidos, que consiste en un aparatito que se le coloca al bebé y que ante la constatación de una disminución del ritmo cardíaco le produce una pequeña descarga eléctrica. Señala cómo en ambos casos (uno perteneciente al ámbito de la medicina popular y otro al de la tecnología médica moderna) la lógica es la de sortear una situación desesperante utilizando algo de rápida aplicación y lo suficientemente molesto pero inofensivo para provocar una reacción en el bebé.

Romero también observa cómo en los apuntes de Bouton queda claro el recurso popular a la dimensión simbólica de los tratamientos: “no se trata sólo de saberes empíricos, incluso de bricolages, como ya señalamos, sino de verdaderas creaciones de rituales curativos, que resultan en una eficaz ‘manipulación del inconsciente’”.

Esta dimensión simbólica refiere a prácticas que buscan trabajar sobre la representación del mal asociado a la enfermedad. Cita como ejemplo la referencia al “médico-chupador”, recogida por Bouton, y que vincula a la figura del chamán.

El médico-chupador, relata el médico, “cura chupando la parte enferma, con fruición: previamente se ha puesto en la boca ya una piedrita, o una espina o hueso, hasta un gusano; después de chupar escupe delante de los que le rodean, dentro de su mano, lo que lleva previamente en la boca, cierra la mano, sopla el puño y tira lejos lo que todos vieron, conjuntamente con la saliva, al tiempo que dice: allá irás mal”.

Por último, la autora marca como otra característica el sincretismo de estas prácticas, que recogen tradiciones de muy diversa procedencia religiosa y cultural. Por ejemplo, la combinación de prácticas de origen guaraní con oraciones de contenido cristiano, u otras con presencia en lugares muy lejanos. Pone el ejemplo del mal de ojo, y establece las vinculaciones entre las anotaciones de Bouton y las creencias existentes en el norte de África. En ambos contextos se considera que son las mujeres las que “ojean” (miran de cierta manera provocándole un daño a otra persona) y que los destinatarios son, sobre todo, bebés y niños pequeños.

Para reforzar esta idea del sincretismo, anota cómo una de las técnicas para curar el mal de ojo registradas por Bouton incluye el recitado en guaraní de unos versos que terminan en “Amén”.

El libro incluye un capítulo específico sobre el mal de ojo y su presencia en culturas de todos los continentes, mostrando las características comunes que presenta en cuanto a sus causas, prevención y tratamiento (que abarca desde el uso de yuyos, venceduras, rezos y amuletos).

CURANDEROS ERAN LOS DE ANTES. “Curo con la palabra, la fe de los santos y los yuyos que receto”, dice uno de los curanderos de campaña entrevistados por el antropólogo Gregorio Tabakián, en su estudio sobre medicina popular en Tacuarembó hoy. Ese trabajo y el de Cristina Dibot, para la ciudad de Rosario (Colonia), incluyen análisis sobre las diferencias y continuidades en el perfil del curandero en la actualidad con respecto a lo registrado por Bouton un siglo atrás.

Los autores presentan la coexistencia, hoy, de distintos curanderos: de campaña, de origen guaraní, y también curanderos umbandistas.

Plantean la necesidad de “jerarquizar” el rol, al que encuentran degenerado, según algunos de los consultados. Entre otras cosas señalan que en la actualidad el curandero de campaña está muy molesto porque hay quienes, identificándose como tales, cobran por sus intervenciones y establecen precios según el tratamiento o la enfermedad. Y al igual que señaló Bouton en su trabajo, los curanderos entrevistados creen que, como son personas que recibieron un don, no pueden cobrar, ya que fueron encomendados para curar y tienen una responsabilidad en ese sentido, aunque sí pueden aceptar ofrendas.

Los autores identifican en la práctica continuidades en rezos y costumbres curativas. Comparan oraciones transcriptas por Bouton con otras expresadas por algunos de los curanderos entrevistados. Por ejemplo en las oraciones para la culebrilla, para las picaduras de víboras o la mordida de un animal rabioso. En el caso de la culebrilla hay una permanencia importante en las prácticas de rezos, untos y uso de yuyos para curarla.

También señalan cómo los curanderos de campaña, que son los que curan con plantas y mediante la palabra, buscan diferenciarse de los de religión umbanda. Éstos cobran, utilizan la magia y hacen sacrificios, mientras que los curanderos de campaña apoyan su práctica en el uso de las plantas y la creencia en su poder curativo.

  1. Además del aporte de Bouton, otros autores que han estudiado y registrado sus conocimientos sobre medicina popular en Uruguay son Ildefonso Pereda Valdés en Medicina popular y folclore mágico en Uruguay (1943), y antes Isidoro de María en Montevideo antiguo. Tradiciones y recuerdos (1887). Asimismo, en 1924 el doctor Alfredo Vidal y Fuentes dio la conferencia “El curanderismo en el Uruguay” en el Sindicato Médico. En la literatura puede citarse a Javier de Viana y su cuento “La vencedura” (1896), entre otros.
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Para todo

En su investigación sobre prácticas de medicina popular en Tacuarembó, el antropólogo Gregorio Tabakián refiere una lista de 121 plantas medicinales, algunas ampliamente conocidas tanto en la ciudad como en el campo, e incluso incorporadas por la medicina oficial y la farmacología (fitoterapias y fitomedicamentos). Entre otras se citan menta, aloe, marcela, carqueja, guaco, ruda, malva, romero, cedrón, uña de gato, mburucuyá y quiebra piedra. Sus usos y cualidades curativas son variados: Desde los baños con hojas de naranjo para el estrés, o la elaboración de una pócima con aloe vera y miel para el cáncer, hasta la aplicación de simpatías como la destinada a proteger la vista. Ésta consiste en colocar una gota de la flor santa lucía en el ojo y luego repetir tres veces “Santa Lucía, Santa Lucía, Santa Lucía sácame esta porquería”.

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Bouton en el Museo Histórico Nacional

Bien criollo

Dice Lauro Ayestarán que Bouton fue reu-niendo información para su obra, y las piezas para su colección de objetos criollos, “cobrando sus honorarios en especies: aquí un cuerno labrado, allí un ‘preparo’ de trenza, en aquel rancho una adivinanza, una ‘vencedura’ en este otro, eran las monedas que aceptaba a cambio de sus servicios profesionales”.

En su casa de Santa Clara de Olimar el médico tenía su propio museo en una habitación, donde colgó y ubicó en vitrinas las piezas de su colección. Desde un importante y variado conjunto de mates y bombillas hasta todo tipo de objetos vinculados a la ganadería y el caballo (estribos, lazos, frenos, arreadores, boleadoras, encimeras, entre otros), la mayoría realizados en cuero, guampa y tiento, aunque también había de plata, oro, marfil y hasta bigote de ballena.

Una selección de esa colección integra hoy la exposición Bien criollo, que puede verse en la Casa Lavalleja del Museo Histórico Nacional. Con curaduría de Andrés Aspiroz, la muestra incluye un abanico amplio de objetos acompañados de cédulas que informan sobre su origen, materiales, técnica, así como respecto a la forma en que los adquirió Bouton, y las anotaciones que éste hizo sobre sus usos y sentidos. Además, la muestra presenta numerosas fotografías y obras de arte (pinturas, dibujos, esculturas) que dialogan con la temática general. Dos aciertos son la inclusión del sonido como forma de recrear el ambiente rural (grabaciones de audio tomadas en el campo) y el trabajo de recuperación del oficio de la guasquería (artesanía del cuero).

Así como los apuntes de Bouton sobre medicina popular suponen un lugar de encuentro o diálogo entre el saber científico-occidental que traía este médico de Montevideo y las tradiciones populares del medio donde ejerció la medicina, muchos de los objetos de su colección también son testigos de ese cruce entre tradiciones culturales de diversa procedencia. Tal el caso de los mates de la colección. Infusión guaraní, el mate fue adoptado tanto por el hombre de campo como por el de la ciudad. Entre los más pudientes había quienes adquirían mates de pie realizados en plata y que se mandaban a hacer a Europa, donde se les dio la forma de los cálices católicos.

Lo mismo puede decirse del juego de boleadoras “de lujo”, fabricadas con trenzas de cuatro tientos vacunos y bolas de billar, o de uno de los arreadores de la colección, conocido como “de pierna de mujer”, datado hacia fines del siglo XIX. Ese látigo utilizado por el vaquero para reunir al ganado fue fabricado con bigote de ballena, y consta de pasadores y mango de plata, con detalles en oro. El mango termina en una pieza (que servía para cerrar la portera o alcanzar un objeto del suelo) que representa una pierna de mujer, y que recuerda a las bailarinas de los cabarés parisinos. Esas piezas de plata, generalmente importadas, daban estatus a su propietario, e incluso formaban parte del ajuar personal que acompañaba a su dueño hasta la tumba, como recuerda Bouton en sus escritos.

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