El presente está mutando vertiginosamente debido al impacto de una fuerza de ultraderecha decidida a romper todas las reglas del juego en procura de sus objetivos imperiales.
Si bien se trata de un actor muy poderoso, gran parte de su eficacia surge de la debilidad de quienes nos oponemos a sus planes. La parálisis y el pasmo cunden en el campo popular, de izquierda o progresista. Esa impotencia tiene como causa al miedo ante semejante crueldad. Pero también se alimenta de la desorientación conceptual, de la dificultad para pensar el carácter inédito de los acontecimientos que vivimos. Aunque estemos debidamente avisados, el golpe una y otra vez nos toma por sorpresa. Y no logramos reaccionar a la altura de las circunstancias.
Para salir de este estado de indefensión, conviene apelar a categorías. Necesitamos pensar en la urgencia, ya habrá tiempo para la precisión teórica. Por eso propusimos en el manifiesto del último número de la revista Crisis el término posdemocracia para señalar la apertura en 2023, en Argentina, de una nueva etapa política signada por la ruptura de los consensos básicos que estableció el sistema político luego de 1983.
Podríamos citar muchísimos indicios que respaldan esta afirmación, pero me limito a mencionar apenas uno: lo sucedido en las elecciones de octubre, es decir, la intromisión del presidente de Estados Unidos, que amenazó a la población argentina sobre las consecuencias catastróficas de un triunfo opositor. Analistas de todos los colores políticos coincidieron en el efecto que tuvo esa alevosa injerencia en el resultado, torciendo lo que parecía una segura derrota del oficialismo. Nunca antes habíamos visto una voluntad popular tan explícitamente maniatada.
Ahora corresponde tomar nota de lo que significa el secuestro en plena capital venezolana del presidente Nicolás Maduro por parte de las tropas estadounidenses. Y el salvaje intento de Donald Trump y Marco Rubio de doblegar la soberanía nacional de Venezuela para apropiarse de su petróleo, a partir de un bloqueo naval que no solo destruye lanchas supuestamente cargadas con drogas, sino que toma el control de los barcos petroleros. Estamos ante el despliegue de un hiperimperialismo, nueva etapa «decadente y peligrosa» signada por el empleo de la fuerza bélica para recolonizar territorios que son claves en el intento por conservar la hegemonía estadounidense.
Juan Gabriel Tokatlian subraya la excepcionalidad de lo sucedido: «Creo que no hemos entendido la magnitud geopolítica del ataque a Venezuela». Y argumenta: «Lo que pasó el 3 de enero no había ocurrido en más de 200 años de relaciones interamericanas. Jamás se había atacado militarmente a un país de Sudamérica. Se cruzó un umbral». El analista internacional utiliza la base de datos oficial del Congreso norteamericano, titulada «Casos de uso de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos en el extranjero, 1798-2023», para mostrar que «todas las acciones bélicas comandadas por Washington se habían desarrollado hasta el momento en México, Centroamérica y el Caribe insular». Finalmente, entonces, la guerra llegó a nuestro subcontinente y ya es la gramática que determina la situación regional. Comienza un juego distinto, con otras reglas.
SIN EUFEMISMOS
La eficacia de la Operación Resolución Absoluta fue demoledora, pero su potencia irradia más allá de Caracas. El mensaje enviado al resto de los actores resulta nítido: la superioridad militar de la Casa Blanca no se discute y el gobierno yanqui está dispuesto a utilizarla de manera ofensiva cuando lo precise. La brutalidad de la retórica posterior, orientada a capitalizar al máximo el éxito bélico, no deja lugar a dudas. Anotemos entonces dos características obvias del hiperimperialismo que se anuncia: Estados Unidos se propone ejercer su supremacía sobre la región a través de la fuerza, y ese poder no precisa de eufemismos. La política es la continuación de la guerra por otros medios, y no al revés. Trump primero golpea y solo después, una vez explicitada la asimetría de fuerzas, se sienta a conversar.
Para comprender el alcance de este proceder hay que remontarse a la noción de violencia fundadora de Carl Schmitt, en referencia a un acto de fuerza que crea al derecho y por lo tanto instituye al soberano. De ahí el vaciamiento total del entramado institucional existente, su insignificancia. Nadie espera nada de la Organización de las Naciones Unidas, mucho menos de la Organización de los Estados Americanos y tampoco de herramientas más contemporáneas como la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños. El hiperimperialismo es, en este sentido, el intento de imponer una autoridad consistente, un mando efectivo, sobre las ruinas del viejo orden internacional. No necesariamente se trata de fundar una nueva hegemonía a escala global, sino de ejercer el dominio en el momento y el lugar requeridos. No tanto un poder omnipresente y enraizado, más bien una prepotencia absoluta capaz de imponer su supremacía con la sola amenaza de actuar. Ya no rige la capacidad de disuasión, ahora el objetivo es la domesticación.
La jugada trumpista que sorprendió a todos y todas no fue tanto la extracción del presidente venezolano, largamente anunciada, sino el brutal ninguneo que le propinó a la líder de la oposición, María Corina Machado. Nadie imaginó que el Departamento de Estado elegiría como interlocutor al madurismo sin Maduro, por la sencilla razón de que son los únicos garantes de la estabilidad sistémica. Aquí aparece el trasfondo schmittiano de la lógica desplegada por la Casa Blanca. Su perspectiva sobre la política internacional supone la existencia de un conjunto de Estados a los que hay que doblegar. Ahora rige la dialéctica del amigo o enemigo.
El ataque contra Venezuela es el último aviso para notificarnos lo que a esta altura ya es una obviedad: que estamos en guerra y hay que asumir al enemigo. El riesgo de seguir actuando como si nada hubiera cambiado es la inoperancia total. No basta con tomar conciencia para poner en práctica una alternativa. Hay que detectar una fuerza que opere como contrapoder real. Aunque sea débil, pero con voluntad de luchar. De perseverar en el ser.
En un texto anticipatorio titulado «Israel como modelo», Diego Sztulwark escribió en Crisis: «La empecinada resistencia del pueblo palestino es la razón del fracaso de la legitimidad de la estatalidad israelí, que debió resignar la defensa abierta de sus políticas ante la opinión pública para concentrarse en influenciar a las élites mundiales». Y agregó: «Israel como ejemplo en la remodelación supremacista del planeta enfrenta, como su contracara y obstáculo específico, una reacción global contra los neocolonialismos. La crítica del modelo sionista ofrece para la recomposición de las fuerzas democráticas en todo el globo, por lo tanto, una enorme importancia potencial».
MAS ALLÁ DE LA BATALLA DE CARACAS
La mirada crítica no necesita subestimar al poder para ganar brillo. Por el contrario, se trata, ante todo, de no hacerse ilusiones y observar la escena con profundo realismo. Pero lo que verdaderamente define a la crítica es su capacidad de rebelarse contra la fatalidad. De carcomer lo que parece impenetrable. No con un gesto abstracto de recusación en nombre de lo políticamente correcto, sino en función de una fuerza material que encarne el desafío. Hoy se trata de relanzar un antimperialismo capaz de conectar con el malestar de las mayorías. En Caracas se libra esa batalla y no sabemos aún si la derrota ya ha sido consumada. Mucho depende de la magnitud de la traición en el chavismo.
Pero la disputa tiene también una dimensión estratégica que se libra en una duración más larga y en ese plano la prepotencia yanqui puede ser leída como un gesto de desesperación ante el agotamiento de su proyección como potencia. Para imponerse de manera duradera, cualquier poder necesita algo más que la fuerza bruta. La trasgresión por parte de Estados Unidos a los principios jurídicos que ellos mismos establecieron a mediados del siglo XX es también una renuncia a los atributos éticopolíticos que fundamentan todo proyecto civilizatorio. No se trata tanto de añorar la norma que marchitó como de reconstruir los cimientos del sueño emancipador.
Mario Santucho es coordinador de su Equipo de Investigación Política de la revista Crisis de Argentina. Esta nota fue escrita especialmente para Brecha.








