El mapa de la maestra - Semanario Brecha
Con Matías Castro, autor del libro Maestra Elena Quinteros. Fragmentos de existencia

El mapa de la maestra

En Japón el término ma describe una pausa, un vacío. Pero no un vacío sin sentido, sino uno que crea un efecto en su entorno, que le da equilibrio, lo explica, lo influye. Es una falta, una ausencia que da sentido al resto. Ma de maestra, ma de madre y ma de mapa. Eso es el libro de Matías Castro, un mapa que guía al lector por la vida de Elena Quinteros, con marcas de los momentos y lugares que hicieron de su vida una que siempre vuelve.

Magdalena Gutiérrez.

Este año se cumplirá medio siglo de la desaparición de la maestra y militante Elena Quinteros a manos de la dictadura cívico-militar. Matías Castro (Montevideo, 1976), periodista y escritor, rescata distintas facetas de su vida en el libro Maestra Elena Quinteros. Fragmentos de existencia (Editorial Fundación Pro Casmu, 2025). Con el porqué del CASMU editando un libro sobre Elena Quinteros comenzamos la charla.

¿Cómo es que el CASMU se interesa en Elena Quinteros como tema para la edición de un libro?

—Es que el edificio que fue la embajada de Venezuela donde secuestraron a Elena hoy es del CASMU. Eso yo lo supe cuando me encargaron el trabajo, porque lo primero que me pasó fue también preguntarme por qué el CASMU quería hacer un libro sobre ella. Pensé que el impulso podía venir de la asociación de funcionarios, que tiene un compromiso político mayor. Hay que recordar que el CASMU fue un lugar bastante protector con sus funcionarios durante la dictadura, pero lo que descubrí después de que me hicieron la propuesta fue esa coincidencia. Ellos usan lo que era la embajada de Venezuela, que es también un sitio de la memoria y tiene una obra de arte que representa el zapato que se le cayó a Elena en su intento de escape. Surgió así la idea del libro. El CASMU cumplió 90 años y en vez de hacer un libro institucional eligió hacer uno que rescata y aporta a la memoria. Por ese lado estuvo bueno, porque se salieron del camino tradicional de las instituciones.

Tu libro es muy descriptivo de los lugares por donde transcurrió la vida de Elena. Los visitaste y describís cómo están hoy. ¿Qué buscabas con eso?

—Eso fue fruto de la idea inicial de crear una suerte de mapa, de mapear el fantasma de Elena Quinteros. En ese proceso para mí era importante ir a los sitios. Se puede reconstruir todo con documentación, con testimonios, lo que sea, pero el estar en el lugar, desde mi punto de vista, le podía agregar al libro un extra: ser más vivo. Y también importaba el momento. Por ejemplo, haber ido a donde estaba la embajada al amanecer obedeció a que quería estar en el único momento de toda la semana que se parece más o menos a lo que habría sido el tráfico del día que secuestraron a Elena, porque después es absolutamente imposible encontrar una situación similar en la zona. Fue como tratar de romper esa barrera del tiempo e imaginarme cómo hubiera sido, porque en el día de hoy una situación así es absolutamente imposible, no solo por el despliegue de lo que hicieron, de saltar de un cantero para el otro, ir a contramano, los autos, toda la vuelta esa, sino por las cámaras, el flujo de gente, todo lo que pasa. Sería por lo menos poco viable que algo así sucediera hoy.

Por la vida de Elena y por tu libro desfilan varios vínculos importantes. Están los más conocidos, como el vínculo con su madre o con sus compañeros de militancia, pero hay otros entrañables y poco explorados. Uno es Robertito. ¿Cómo accediste a él y qué aporta en la historia de Elena?

—Lo que pasó con Robertito es que la primera vez que supe de él fue a través del libro que escribieron Sara Méndez y Raúl Olivera, Secuestro en la embajada (2003). Ahí mencionan al pasar que estaba Robertito en la casa, que Robertito esto, lo otro, y después hay otras personas que lo mencionan en entrevistas. Y yo pensaba… ¿quién es Robertito? Me decían que era un niño que la Tota [María Almeida de Quinteros, la mamá de Elena] había adoptado, y no mucho más. Después de dar vuelta cielo y tierra logré dar con su apellido, Roberto Tarino, y conseguí su teléfono, porque está viviendo en Miami desde hace 24 años, y logré hablar con él. Lo que pasó fue que enseguida me dijo: «Sí, sí, yo hablo y te cuento todo». Era importante su testimonio porque imaginaba que debía de tener una vivencia y una memoria desde la vida de adentro de la casa muy importante, que no la va a tener nadie más porque hasta los 8 o 9 años estuvo viviendo con Elena. La entrevista fue tremenda, muy intensa de parte de Roberto porque tenía mucha cosa guardada. Tenía mucha bronca y dolor adentro; quedó partido totalmente en el momento que fue separado de Elena y de Tota. Y él me habló no solo de su vida, de cómo quedó, de cómo se construyó después como padre, como persona, sino también de las huellas que Elena había dejado en él. Y eso es una de las cosas que más me importaba, rescatar el efecto que Elena dejó en los demás.

Otra persona que da un enfoque distinto de Elena, y que solo ella puede dar, es esa alumna favorita que se iba a quedar a dormir a la casa de su maestra.

—Claro, eso también. Yaniis Vargas. Vive en España. Es un caso también especial, porque no era de su familia. Era su alumna e iba a quedarse a la casa de Elena, con lo peligroso que podía ser eso en aquel momento. Pero pienso que tiene que ver también con la época. Creo que para padres y madres de aquel momento había un montón de alertas o precauciones que no se tenían, o había otra confianza en el prójimo. Lo que está bueno en su testimonio es justamente la inconsciencia de lo que estaba pasando, que quedaba por fuera, entonces su vínculo con Elena era bien humano y amistoso. Era una alumna con su maestra. Divertirse, pasar el fin de semana, comer el fainá que hacía Tota, que todo el mundo decía que era buenísimo. También expresa un poco esa parte de Elena que buscaba ese tipo de vínculos, que no era solo la militante seria que uno imagina fumando los cigarros negros y hablando de las acciones, sino que veías esa otra pata humana, que buscaba un vínculo desde la ternura, desde lo más básico. Eso se veía en el vínculo con su alumna.

Entre tantos testimonios recabados te cruzaste con recuerdos difusos, con inseguridades y hasta con recuerdos contradictorios. ¿Cómo lograste amalgamar todo para dar la idea más fiel posible de lo que fue la vida de Elena?

—Es que es un puzle, ¿no? El trabajo terminó siendo un puzle, porque al ser una reconstrucción principalmente a partir de testimonios orales –más algún documento escrito, pero lo principal son los testimonios orales– terminás armando un puzle que depende de la memoria de cada uno y, a su vez, la memoria de cada uno depende de las vivencias que tuvo. Y, aparte, en todo eso hay que tener en cuenta que pasaron casi cinco décadas de la desaparición de Elena, y son más de cinco décadas de muchas anécdotas. Si se habla de su etapa de magisterio, más todavía. Entonces, con todo eso, con la distancia del tiempo, más la vivencia de cada uno, terminás encontrando recuerdos que se pueden contradecir unos con otros y también recuerdos confusos o entreverados. Gente que tenía recuerdos dispersos, que cuando los relataba los iba conectando y saltaba de una cosa a otra. Lo difícil para mí fue reconstruir posteriormente a qué se estaban refiriendo, y les tenía que repreguntar muchas veces. Porque, claro, se mezcla también la cuestión emocional, al volver a tocar otros temas. Y a la mayoría de los entrevistados les pasaron 25 vidas por arriba. Están los ejemplos de Sara Méndez o Lilián Celiberti, pero también los de otros militantes que entrevisté, que si no se exiliaron, terminaron presos o en la clandestinidad. Entonces, pasar por el filtro todas esas cosas que atravesaron para volver a conectarse con lo que hicieron con Elena en el año 71, por ejemplo, se vuelve complejo y es lo que genera que muchos de ellos, o algunos por lo menos, terminen dando versiones contradictorias, que igual se pueden amalgamar.

Marcás el caso de Elena como uno de los más paradigmáticos de desaparición forzada. Muchas veces se dice que los hijos e hijas parieron a las madres. ¿Cómo ves la figura e imagen de la madre de Elena?

—En el caso de la Tota eso es muy marcado. Es muy fuerte su figura en comparación con lo que quedó de su hija. Elena es el símbolo, uno de los grandes símbolos de los desaparecidos, y es eso, es una ausencia, y está bien el concepto de los hijos que parieron a las madres, porque en el caso de Elena se da una cosa particular: Tota se acercó a la militancia mediante Elena, al recibir a todos los compañeros de magisterio, que en esa época ya eran adultos comprometidos, tenían 23 años y tenían una seriedad, una decisión, una firmeza. Y a través de esas reuniones que Elena convocaba en su casa su madre se fue acercando a la militancia, fue encontrando otro sentido de por qué actuar y por qué moverse, al que terminó adhiriendo. Después tuvo todo un proceso de transformación que la llevó a convertirse en la figura que fue, que no era solo la Tota, era la Tota Quinteros, la gran militante y una de las gestoras de la reivindicación de la memoria de los desaparecidos. Elena es una ausencia que le da sentido a la presencia de su madre y a toda su gesta.

En tu libro hacés semblanzas de las distintas facetas de Elena: la girl scout, la maestra, la estudiante, la militante, la hija… ¿Cuál de todas esas Elenas es la más auténtica?

—Todas son la misma persona, en realidad. Claro, visto así es difícil compaginar esas imágenes de Elena. Me pasaba incluso al recabar los testimonios. Un día estaba hablando con su alumna sobre cómo iba a la casa de Elena en el ómnibus y cómo pasaba con su maestra, que era su amiga, y al día siguiente estaba hablando con una persona que me contaba que en esa misma casa, entre ella y otras amigas, se ponían a practicar armado y desarmado de rifles y bombas, y cosas así. Con Tota ahí adelante. ¿Cómo podés ser la misma persona? Pero hay una cuestión de salto generacional y un contexto de época que creo que explican eso. Y uno no es solamente el adulto en el que se convierte. Ella era la Elena militante, la Elena anarquista del gremio de magisterio, después la Elena de la ROE [Resistencia Obrero Estudiantil], la presa de Cabildo y también en parte era una niña que seguía imitando a Cantinflas, incluso en la cárcel, o una adulta que igual quería reconectarse con esa parte niña al mantener una amistad con una de sus alumnas. En general tendemos a ver solamente el lado adulto, y más en estas figuras que tienen un compromiso y un accionar políticos tan fuertes. Te queda la imagen de la militante dura, concentrada, haciendo planes y apoyando las huelgas, trabajando con la ROE y haciendo cosas en la clandestinidad, pero también atrás de eso hay un ser humano que cultiva otras cosas y que necesita otras cosas para seguir viviendo.

En el mapa que trazás en tu libro explicitás exactamente el comienzo de todo. Transcribís la partida de nacimiento de Elena. ¿Cuándo termina esa vida? No hay certificado de defunción ni cuerpo. ¿Qué siente alguien que acaba de escribir un libro sobre Elena cuando en estos meses esa vida sigue siendo noticia, por la entrega de su apartamento –que es parte de tu mapa– del Ministerio de Defensa a la ANEP [Administración Nacional de Educación Pública], o cuando te enterás de que el tribunal en lo penal italiano condena a cadena perpetua a Jorge Tróccoli por el secuestro de Elena, entre otras causas?

—Esas noticias le vuelven a dar presencia. Son distintas formas, distintos cierres al proceso de Elena. El procesamiento de Juan Carlos Blanco [canciller del gobierno dictatorial al momento del secuestro de la maestra], por ejemplo, fue otro. Nunca va a ser un cierre total. Si te ponés del lado de su madre y de sus compañeros de militancia, nunca va a ser un cierre completo, porque va a ser una persona que siempre va a estar desaparecida. Sus restos no están. Lo que hay es un informe sacado de la galera, en el que le dijeron a Tabaré Vázquez que se murió con un tiro en la nuca, sin explicación. Fue como decir «listo, se termina acá, no pregunten más». Lo que tenés ahí son pequeños cierres y cosas que algo aportan. Por ejemplo, lo de la casa. Que el apartamento de Massini se le entregue a la ANEP en particular le da un sentido a esa desaparición. Y si querés, sí, es una especie de cierre. Ese apartamento lo compró lo que luego sería el PVP [Partido por la Victoria del Pueblo], antes de que se fundara. No lo compró propiamente Elena, pero era ahí donde tenía su actividad clandestina, su otra identidad con otra compañera, pero ese apartamento quedó como una suerte de rehén de la dictadura asociado a su figura [véase «Vivienda de servicio», Brecha, 28-I-16]. Entonces, esa devolución destinada a la ANEP es como un cierre simbólico. Lo interesante será ver qué hace la ANEP con ese apartamento, porque también, desde el punto de vista institucional, si no se lo atiende y no se hace algo con conciencia, puede terminar pasando lo mismo que sucedía cuando estaba en manos del Ministerio de Defensa.

Del entorno de Elena, de lo que la rodea, de lo que pudiste investigar y descubrir, ¿qué fue lo más sorprendente o novedoso?

—No sé… Creo que lo más sorprendente para mí, quizás, fue conocer un plan de aparición en Uruguay del PVP con la ROE y la OPR-33 [Organización Popular Revolucionaria 33 Orientales]. Fue nuevo para mí, porque conocía más sobre el tema de los Tupamaros, su accionar, y no tanto de otros grupos armados. Por eso me gustó reconstruir ese plan de aparición, que me pareció insólito y muy valiente, e inocente a la vez. Era un plan de propaganda ambicioso, con el Hotel Victoria Plaza y todo, y una bandera gigante a desplegar desde el Hospital de Clínicas. Cuando me lo contaron, yo les pregunté más de una vez qué iban a hacer después, al día siguiente. Y la respuesta era que no se sabía. La información estaba tan compartimentada que la sabían algunos de la cúpula, pero los militantes no la conocían completamente. Pero sin duda era un acto muy valiente. Era decir «¡estamos plantándole cara a la dictadura!». Visto con la perspectiva del tiempo, era muy inocente también, porque eran pocos para enfrentarse a las tres armas de las Fuerzas Armadas.

Cerrás el libro, el mapa, el viaje que hacés, con el concepto de ma. ¿Cómo llegás a él? ¿Cómo lo relacionás con Elena?

—En realidad, yo del concepto japonés ma me había enterado poco antes del libro. Y eso fue parte de la cadena de coincidencias que estuvieron buenas y lindas en este proceso de trabajo. Había leído hacía poco sobre ese concepto, que principalmente es pictórico, pero que se aplica a muchas cosas. El espacio vacío tiene un sentido y tiene una importancia muy grande. Dentro de una pintura, por ejemplo, no es un espacio vacío simplemente, sino que es lo que le da sentido a todo lo que está a su alrededor. Cuando me llegó el proyecto, a los días de estar pensando por dónde lo encaraba y qué hacía, enseguida lo asocié con la idea de que Elena era como un gran vacío que le daba sentido a todo lo que había alrededor, al resto de la militancia, a la existencia del PVP, a su madre. La idea de ma, entonces,para mí era importante. Le da otra jerarquía a ese vacío que su ausencia genera y al sentido que produce a su alrededor, para entender que esa desaparición tuvo un efecto, un impacto, algo que le dio razón de ser a muchas otras cosas.

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