Continuidades - Semanario Brecha
Trump libra la guerra de Israel en irán como Bush antes en Irak

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Donald Trump intenta finalizar la tarea de demolición de los países del Oriente Medio adversarios de Israel iniciada por los neoconservadores décadas atrás en guerras o intervenciones militares que nada tuvieron que ver con los intereses vitales ni estratégicos de Estados Unidos.

Este proceso culmina ahora con el ataque conjunto de Estados Unidos e Israel a Irán. Un ataque no provocado, sin casus belli, en medio de negociaciones diplomáticas. Comenzó con el escandaloso magnicidio del ayatolá Alí Jamenei y del asesinato de decenas de mandos militares y políticos. Estos crímenes acabaron también con la posibilidad de que Teherán se sentara a negociar con la administración Trump.

La campaña del primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, durante 30 años para sabotear todo acuerdo negociado sobre el programa nuclear iraní y provocar un ataque demoledor de Estados Unidos contra Irán obtuvo un primer éxito el año pasado con el bombardeo estadounidense de tres sitios nucleares. La actual ofensiva conjunta debía ser la apoteosis del líder del Likud, que busca permanecer en el poder. Por ahora lo es.

Sin embargo, en la medida en que la guerra se prolongue y que Teherán continúe atacando las bases y los intereses estadounidenses en los países árabes del Golfo, así como a sus dos principales enemigos, Emiratos Árabes Unidos y Baréin, las relaciones entre los dos aliados se tensarán dados sus intereses diferentes y, hasta cierto punto, divergentes. A su vez, las divisiones en el movimiento MAGA (Make America Great Again) (véase nota de Jorge Bañales en esta edición, pág. 20) se profundizan y puede aumentar el sentimiento antisraelí en Estados Unidos, vínculo vital para Jerusalén.

Una de las voces más influyentes del MAGA, Tucker Carlson, próximo al vicepresidente D. J. Vance, dedicó toda su última intervención televisiva a la guerra: «Es la guerra de Israel […]. El jefe de un Estado de 9 millones de habitantes vino a un país de 350 millones de habitantes y pidió que lo ayude o, en los hechos, que nos ocupemos nosotros mismos de derrocar al régimen de Teherán».

FALSA BANDERA

Sin ofrecer pruebas, según el diario francés Le Monde, Carlson añadió que Arabia Saudita y Qatar detuvieron a agentes del Mossad infiltrados en sus países que planeaban perpetrar atentados terroristas para atribuírselos a Irán.

El secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, metió la pata hasta la rodilla al retomar el argumento de Carlson e intentar justificar la guerra diciendo que, si Israel atacaba, Irán habría respondido contra los intereses estadounidenses en el Golfo, y por eso se trata de una «guerra preventiva». Trump lo desmintió, al quedar como un títere de Netanyahu. Vance mantiene un bajo perfil desde el sábado. Pero no solo lo dijo Carlson. El ministro de Relaciones Exteriores de Omán, Badr al Busaidi, mediador en las negociaciones indirectas entre Washington y Teherán, lanzó un llamado desesperado a Washington tras el inicio del ataque el sábado pasado: «¡Esta no es su guerra!».

El secretario del Supremo Consejo de Seguridad Nacional iraní, nombrado como tercer miembro del Consejo de Transición tras el asesinato de Jamenei, Alí Lariyaní, que se perfila como un hombre clave en Irán, declaró a su vez que Estados Unidos «cayó en la trampa israelí».

Sobreviviente del atentado contra Jamenei, Lariyaní es un sofisticado intelectual, con maestrías en Matemáticas y Computación y un doctorado en Filosofía Occidental con una tesis sobre Kant. Es miembro de una familia que fue considerada por la revista Time como «los Kennedy de Irán».

EL PESO DE LOS NUEVOS NEOCONS

¿Trump cayó en la trampa de Netanyahu o prevalecieron en su gobierno los aliados del líder del Likud, los sucesores de los neoconservadores (neocons)?

A pesar de que Trump siempre denostó a los neocons, 20 años después un nuevo elenco tomó el testigo proisraelí en Washington, y si bien modificaron la doctrina, la derrota sufrida por Bush amenaza ahora a Trump.

Descuellan entre ellos el subjefe de Gabinete, Stephen Miller, el secretario de Guerra, Pete Hegseth, la «brigada diplomática» de Trump compuesta por los billonarios inmobiliarios Steve Witkoff y Jared Kushner, asistidos por Rubio, un neocon reconvertido a MAGA, sin olvidar al pastor bautista Mike Huckabee, embajador en Jerusalén y antiguo compañero de ruta de los neocons.

En una entrevista con el mismo Tucker Carlson días antes del ataque, Huckabee, un cristiano sionista, afirmó que estaría bien que Israel se apoderase de todo el Oriente Medio, «del Nilo al Éufrates».

El elemento en común entre los neocons y sus sucesores es que libran guerras en beneficio de la extrema derecha supremacista israelí, como en Irak en 2003. Ya entonces dos destacados paleoconservadores, Pat Buchanan y Michael Novak, acusaron a la administración Bush de librar la guerra del Likud en Irak.

La diferencia es que ahora Israel participa desde el aire y con su gran especialidad: los asesinatos selectivos, adoptados también por Washington. Los neoconservadores habían prohibido a Israel participar en la invasión de Irak para no contrariar a sus aliados árabes. Ahora prefieren chantajearlos o, en el mejor de los casos, ignorarlos.

Otra diferencia es el abandono de la doctrina neoconservadora de nation building –imponer una democracia exprés–, que se tradujo en realidad en su oxímoron, la destrucción de países soberanos y el robo de sus recursos.

La nueva doctrina aboga por la decapitación del Estado enemigo: en el caso de Venezuela, el secuestro del hombre fuerte; en el de Irán, el asesinato de su jefe de Estado y de la mayor cantidad posible de sus dirigentes, para luego imponer un gobierno títere a aterrorizados sucesores y permitir que las empresas estadounidenses se apropien de los recursos del país.

Las dictaduras árabes derrocadas eran unipersonales o familiares. Sadam Huseín y Muamar al Gadafi fueron presionados primero a abandonar sus «armas de destrucción masiva», luego fueron derrocados y asesinados. Y sus países, desmembrados, destruidos, después de haber alcanzado un buen nivel de modernidad y servicios de educación y salud para sus poblaciones, como en Irak, Libia, Siria.

No existe punto de comparación entre Irán y las dictaduras árabes en países independizados del dominio europeo a mediados del siglo XX. Irán nunca fue colonizado y es heredero de 2.500 años de civilización persa.

La teocracia chiita iraní tiene una institucionalidad compleja y una cultura que sus adversarios estadounidenses obviamente no entienden. La idea de martirio en el chiismo duodecimal iraní proviene de los asesinatos por los omeyas en el siglo VII de los nietos del profeta Mahoma, Hussein y Hassan, sus herederos legítimos según los chiitas, luctuosamente venerados hasta hoy. Su espíritu de sacrificio quedó en evidencia en la guerra contra Irak, que provocó medio millón de muertos.

El talón de Aquiles del régimen iraní es su desgaste tras 47 años de imposiciones religiosas arcaicas, represión draconiana, dificultades económicas provocadas por las sanciones leoninas de Washington –impuestas por Bill Clinton en 1995– y mala gestión económica, así como por sus inversiones en favor de sus aliados regionales contra Israel, Hamás en Gaza, Hezbolá en Líbano, las milicias chiitas en Irak, los hutíes de Yemen. Todo esto explotó en enero pasado en gigantescas manifestaciones reprimidas con un saldo de varios miles de muertos.

CUESTIÓN DE TIEMPOS

Tanto Trump como Netanyahu, que aparentemente solo coinciden en su voluntad de derrocar a la teocracia iraní siempre que sea el pueblo iraní el que ponga los muertos, tienen intereses políticos en juego, con tiempos diferentes.

Acechado por las elecciones de medio mandato de noviembre, Trump precisa una victoria rápida para dejar atrás el escándalo Epstein, así como la represión en Minnesota; Netanyahu precisa erradicar la industria de misiles y drones de Irán y toda posibilidad de que la República Islámica pueda mantener cualquier aspiración a potencia regional rival. Y no tiene ningún apuro.

La guerra dejó al descubierto la falta de estrategia y su arbitrariedad, así como la falta de preparación. Estados Unidos tiene dificultades para defender sus bases militares, embajadas, consulados y otros intereses en el Golfo y a sus principales aliados. Tampoco logra mantener abierto el estrecho de Ormuz, bloqueado por Irán, mientras se disparan los precios del petróleo y del gas.

El tercer peligro es que aumenten las críticas a Israel en Estados Unidos, que crecieron durante el genocidio en Gaza. El acuerdo con Hamás está paralizado y la limpieza étnica en Cisjordania continúa a todo trapo. Una encuesta de Gallup citada por Le Monde indica que el 41 por ciento de los estadounidenses simpatizan con los palestinos más que con Israel, contra un 31 por ciento que simpatiza más con Israel. Le Monde atribuye ese resultado sobre todo a la juventud del movimiento MAGA.

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