Cada día pasan cosas nuevas y se intensifican viejas: vaivén de las tarifas, despidos en masa, envío de tropas a las ciudades, aumento espectacularizado de las redadas y los ataques del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés) a las comunidades migrantes, desmantelamiento del sistema de sanidad…
Se trata de una dinámica que nos quiere tener en estado de alerta y reactividad permanente, dificultando nuestra capacidad de análisis y, sobre todo, alejando la posibilidad de plantearnos un horizonte político más allá del día a día. Vivimos un momento regido por una inconmensurabilidad radical entre la expansión e intensificación de políticas de muerte y nuestros intentos de organizarnos en defensa de la vida. Nunca usamos tanto la palabra guerra para nombrar múltiples ataques y formas de expropiación de la vida colectiva.
Frente a esa máquina gigante, cada vez más refinada, de imposición de dolor, precarización y muerte, todo lo que pensamos y hacemos parece minúsculo. Sin embargo, contamos con una acumulación de experiencias y redes organizativas. Desde los saberes gestados en luchas feministas y abolicionistas del sistema carcelario sabemos de la importancia de sostener anclas que nos mantengan arraigadas a la tierra de luchas más largas, sentir eso que nos saca de donde nos quieren meter, que es el espanto y la parálisis.
Preguntarse cómo llegamos a este punto nos permite dar con la crisis de los sistemas de «representación» y de partido. Recordemos en ese sentido que Donald Trump ganó la presidencia, pero no hubo un aumento del apoyo hacia él, sino que, más bien, una deserción inmensa de votos del Partido Demócrata motivada en parte por la financiación del genocidio en curso al pueblo palestino y la crisis de sostenibilidad de la vida con una inflación en aumento.
Recordar esto nos ayuda a entender que no se trata de que «subió la ultraderecha», a pesar de que las políticas impuestas desde enero nos hagan sentir un avance feroz de una ultraderecha autoritaria y militarista.
RESISTENCIAS Y CRIMINALIZACIÓN
Si bien ha primado generalmente una disociación entre momentos de los movimientos que van desde Occupy Wall Street (2011) hasta el Defund the Police (2020), pasando por Black Lives Matter, la organización contra la ampliación de la persecución migrante y el despliegue que produjeron las diferentes derivas del #MeToo, la secuencia de movilizaciones ha supuesto una profunda reconfiguración de sentidos políticos y luchas que fueron iluminando diferentes patas de un sistema de violencias estructurales.
Las órdenes ejecutivas de 2025 del presidente Trump pretendieron desmontar avances logrados por las luchas feministas, antirracistas y LGBTQ. Una de ellas apuntó a reinstaurar el binario biológico de género en términos de una «defensa y protección» de las mujeres frente a lo que llamaron «extremismo» de la «ideología de género». Se ha intensificado la criminalización por pérdida de embarazos y se ha intentado, todavía sin éxito, criminalizar el uso de mifepristona1 para interrumpir el rol que han tenido las redes subterráneas de solidaridad y apoyo entre diferentes Estados. Otras órdenes ejecutivas intentan convertir la lucha por justicia e igualdad racial en un acto de «discriminación» que supuestamente pone en peligro la «libertad de expresión».
Cuando desde el gobierno hablan de lugares de «alta criminalidad» y «sin ley» se trata, en realidad, de lugares con redes de solidaridad y apoyo a las personas perseguidas y criminalizadas. Para quienes venimos de luchas feministas y anticarcelarias, este es un punto clave y un gran desafío en el presente, ya que el sistema de violencias usa una serie de dispositivos que estigmatizan y dividen ambos universos.
La secuencia de movimientos sociales antirracistas y abolicionistas anticarcelarios que fueron engarzándose con la lucha por la defensa de las personas migrantes que se dio durante el T12 nutrieron una infraestructura organizativa singular para posibilitar un enlace entre ambos movimientos. Al hablar de movimientos de lucha migrante es importante notar que se trata de un campo heterogéneo que empezó a articularse a partir de las políticas de la era de Barack Obama, cuando se batió un récord histórico de deportaciones que solo fue superado por la administración de Joe Biden. Durante el período 2017-2021 muchas más personas se empezaron a implicar en esa lucha y se amplió la infraestructura organizativa a diferentes niveles. Se logró, por un lado, que surgieran ciudades y Estados santuarios y que se multiplicaran las organizaciones de defensa legal a las personas migrantes, mientras, a nivel de base, proliferaron los grupos de respuesta rápida y ayuda mutua, de defensa participativa, de fondos comunitarios para fianzas, todas dimensiones que hoy son fundamentales en las resistencias cotidianas.
Durante la última campaña presidencial, Trump prometió batir el récord de deportaciones, lo que se va exhibiendo día a día a partir de la ampliación de las acciones del ICE y el uso del Ejército. Recordemos que la fiscal general Pam Bondi trabajaba como lobista para GEO, la empresa de prisiones privadas que hizo donaciones gigantes a la campaña presidencial y que en los próximos años espera conocer el «crecimiento más significativo» de su historia. La multiplicación de la presencia de ICE en las cortes las está transformando en sitios de secuestro, golpiza y desapariciones, además de funcionar como centros de detención. La policía migratoria arresta a personas que tienen en regla sus papeles de petición de asilo y sus permisos de trabajo, y también a otras con residencia o ciudadanía, pero que fueron castigadas por haber denunciado el genocidio en Gaza. Además, se han agregado más y más trabas al acceso a los mecanismos formales de asilo y trabajo, generando el marco para que alguien califique como ilegal o delincuente, palabras clave en las narrativas dominantes recientes. Estas mismas violencias las han experimentado millones de personas en las prisiones, especialmente las personas trans.
UN COMPLEJO
3Desde que empezó el proceso de expansión carcelaria, Critical Resistance propuso hablar de «complejo industrial-carcelario» para hacer presente la trama compleja y múltiple de instituciones, relaciones de intereses, negocios armamentísticos, empresas bancarias, tecnologías de vigilancia, instituciones gubernamentales y legislaciones que sostienen el sistema de control sobre poblaciones racializadas y precarizadas por el neoliberalismo. Se introdujo la noción de sistema para romper la idea de la cárcel como lugar abstracto desvinculado de los dispositivos e intereses que constituyen toda una maquinaria de vigilancia, control, criminalización, industria armamentística y militar.
En las últimas décadas, el sistema de detención y vigilancia de la migración es la pata del complejo carcelario que más ha crecido, no importa quién gobierne. La administración actual está reconfigurando este brazo represivo con formas nuevas en las que no hay proceso legal ni figuras básicas de derecho que sean respetadas. La escalada contra las personas y las comunidades migrantes es parte de un dispositivo más general que comprende la extensión del genocidio reproductivo a partir de recortes en el sistema de salud que han privado de atención, de un día para otro, a 12 millones de personas.
NARRATIVAS
Estamos en un momento de remezcla de los dispositivos de guerra dominantes desde el fin de la Guerra Fría: guerra contra las drogas y, desde 2001, guerra contra el terror. Ambos están siendo usados para legitimar las intervenciones militares, la persecución a migrantes y la represión política en las ciudades. La ley presupuestaria impulsada por Trump impone un aumento descomunal del presupuesto del ICE, que desde hace meses ejerce también funciones de policía secreta, creando nuevas categorías de criminalización y sujetos criminalizables. Ahora, es sospechosa de peligrosa o enemiga del sistema toda persona «de color», hablante de otra lengua, de izquierda o «radical».
La cadena de equivalencia entre migrantes y personas peligrosas (criminales, narcos, terroristas) viene funcionando de forma permanente e incide entre quienes solo consumen formas dominantes de comunicación, en especial, redes de ultraderecha. Esta narrativa ha sido ampliamente funcional al sistema y genera efectos que dificultan nuestra lucha hacia otros horizontes posibles de vida y de sentidos de justicia porque se empiezan también a volver dominantes discursos y palabras que hay que usar para «defenderse». Al tener que justificar la «inocencia» nos hacen reforzar, aún sin quererlo, toda una serie de sistemas, incluidos procesos de criminalización, porque se debe demostrar que seguimos los valores impuestos por el sistema heteropatriarcal, racista, capitalista.
ATAQUES A LA MIGRACIÓN, ATAQUES A LA VIDA
Comprender el ataque a las personas migrantes como parte importante de un ataque contra la reproducción social de la vida ayuda a engarzar diferentes frentes de lucha.
El ataque a la migración configura una arremetida contra las personas que realizan los trabajos reproductivos en los que se sostiene la vida: cuidados, alimentación, cultivo, limpieza de espacios públicos y privados, enfermería, educación, construcción. Como veíamos durante la pandemia, el trabajo más esencial para el sostenimiento de los cuerpos era también el más precarizado y con más muertes. Hoy día, el hecho de poder vivir fuera del circuito desaparición-detención-deportación implica una lógica de imposibilidad: ir a trabajar puede implicar la exposición a una redada del ICE, pero quedarse en casa implica no tener cómo vivir; acudir a la cita en la corte implica correr el riesgo de la detención, y no ir implica el riesgo de deportación.
El desplazamiento forzado va vaciando los territorios para la avanzada del capital en ellos, mientras los territorios a los que se puede migrar van también articulando dispositivos de desplazamiento interno hacia la violencia del sistema de detención en el que las ganancias de corporaciones aumentan diariamente.
Los aprendizajes desde los feminismos y las luchas anticarcelarias son vitales porque se trata de redefinir y practicar formas de seguridad comunitaria cuando lo que nos han educado a ver como «seguridad» es el sitio desde donde se despliegan múltiples violencias y un estado de permanente inseguridad.
CIUDADES CON FUTUROS HABITABLES
En este mapa complejo, el proceso de la campaña municipal de Zohran Mamdani hacia la alcaldía de Nueva York, ciudad centro del capitalismo financiero, se convirtió en un modo de respiro colectivo. Lograr esa victoria permitió visibilizar todo lo que podemos hacer cuando nos paramos en otro lugar. En medio de amenazas, inversiones billonarias e imposición del miedo, el proceso organizativo se volvió una instancia para articular un cuerpo colectivo múltiple y tomar la calle. La campaña se centró en tres puntos clave en torno de los que gira la parte básica de la materialidad de la reproducción de la vida: vivienda, cuidados y transporte. Dentro de ellos, una ramificación se vincula a alimentación y seguridad comunitaria. Desde los feminismos entendemos que el territorio –cuerpo– de cuidados lo atraviesa todo y que algo clave en el proceso fue instalar formas no literales de entender la seguridad: tener dónde vivir, poder comer, tener cómo ir a trabajar y dónde dejar a les niñes, poder gozar. El punto central de la campaña fue la seguridad, pero no desde lo que nos imponen como sentido automatizado (siempre asociado a la secuencia más policía, más cárcel, más represión, aún más represión…).
Un punto llamativo que se repetía en los grandes actos de la campaña de Mamdani, que no fueron tantos, era el énfasis en un nosotrxs y en el después de la elección. Cuando se abría paso a las preguntas, al tú Zohran le respondía con un nosotrxs, esto es, afirmando que la tarea que se viene no dependerá del mero carisma individual del líder, sino del colectivo, interrogando así la noción pasiva de la «delegación al representante». Ahora se abre el tiempo de eso que en los actos se planteaba siempre: la necesidad de continuar la movilización desde los colectivos, aún desde el roce y la resistencia de las bases con las prácticas que se van a seguir desde arriba, que seguramente serán decepcionantes. La gran interrogante es cómo sostener una infraestructura organizativa plural y heterogénea, cómo sostener las luchas desde las ciudades donde habitamos mientras abrimos otras posibilidades de vida en común. Desde los feminismos aprendimos a sospechar de la sensación de impotencia que da la idea de enfrentarnos en un contexto de guerra porque estamos siempre paradas en un mundo y un lenguaje hecho para denigrarnos y devaluarnos.
Necesitamos expandir formas de reconocer los dispositivos de guerra en curso para potenciar y multiplicar otros espacios y sentidos de un hacer diferente y disidente. La clave es la capacidad que tengamos de actuar de forma unida, heterogénea y organizada. La organizadora feminista y abolicionista anticarcelaria Kelly Hayes planteaba desde Chicago la inconmensurabilidad que comunica la imagen cotidiana de la resistencia a la militarización: grupos de vecines haciendo turnos barriales en bicicleta con chifles muchas veces de plástico frente a militares con trajes, armas, helicópteros, gas y el ICE con toda su parafernalia de matones de guerra de rostros tapados. Nuestro contrapoder viene, quizás, de la articulación que seamos capaces de hacer desde lo que parece pequeño para insistir en la vida colectiva como posibilidad.
- Medicamento que se utiliza principalmente para la interrupción voluntaria del embarazo temprano. ↩︎
- Abreviatura para el primer mandato de Donald Trump como presidente de Estados Unidos (2017-2021). ↩︎
- Organización abolicionista fundada en Estados Unidos en 1997 tras la publicación del manifiesto Critical Resistance to the Prison-Industrial Complex. Cofundada, entre otras, por la académica y activista Angela Davis, su objetivo central es desmantelar el sistema de justicia penal y el «complejo industrial-carcelario». ↩︎
(Susana Draper es escritora e investigadora uruguaya. Profesora en la Universidad de Princeton. Esta nota, escrita en diciembre de 2025, antes de los asesinatos del ICE en Mineápolis, fue publicada el 26 de enero en la revista Akafem en el marco de una serie de trabajos apoyada por la Fundación Rosa Luxemburgo. Brecha la reproduce en una versión reducida. El título y los intertítulos son de Brecha.)









