De una política de la humillación a una política de la escucha - Semanario Brecha
Con Georgina Orellano, secretaria general de Asociación de Mujeres Meretrices de la Argentina

De una política de la humillación a una política de la escucha

Orellano es activista, escritora y trabajadora sexual. En 2022 publicó Puta feminista. Historias de una trabajadora sexual (Sudamericana) y este año Vidas de puta. Calle, sexo y mentiritas (Random House). En esta entrevista conversa con Brecha sobre trabajo, activismo, deseo, sexo y el presente de Argentina, desde adentro de la crisis.

Georgina Orellano. Jaime Vargas.

Estamos acostumbradas a que los diagnósticos de las crisis los hagan los economistas, los abogados, los académicos. Pero la cama es un observatorio social donde se hacen visibles cosas importantes en la vida de la gente. ¿Cómo se ve Argentina hoy desde tu experiencia?

—Nuestra manera de hacer política es quizás la menos valorizada en las jerarquías construidas desde la política institucional y partidaria. Como sujetas políticas estamos constantemente luchando por legitimar nuestra voz. Durante mucho tiempo nos han condenado a ser sus objetos de estudio. Entonces, es una disputa recuperar la palabra, introducir nuestros saberes y conocimientos en este contexto en el que todos están analizando por qué Argentina está como está, por qué ganó [Javier] Milei, etcétera. Hacer política social es entender que vamos a habitar permanentemente los conflictos. Habitamos barrios que están atravesados por la conflictividad social, la precariedad, la migración, la falta de trabajo y de derechos, el estigma que recae sobre ciertos cuerpos. La ruptura del tejido social no viene de ahora. Milei ganó porque fracasó una forma de hacer política y porque hubo políticas que no resolvieron los problemas de las clases populares, sino que plantearon agendas alejadas de las demandas y urgencias de las personas. Y también [hubo] poca escucha al pensamiento crítico; no se podía criticar nada porque todo le hacía «el juego a la derecha». Entonces, es muy difícil generar confianza en la política institucional, creer que la intervención del Estado resolvería los conflictos. La ruptura también viene de que no haya lugar para una voz, en este caso las voces de las trabajadoras sexuales, para poder decir qué necesitábamos sin entrar en la discusión sobre si el trabajo sexual es o no trabajo. Es una actividad que deciden realizar un montón de personas por distintos motivos. Entonces, ¿qué hacemos con lo que existe? ¿Cómo lo administrás desde una política de la escucha? Argentina nos duele, porque nos duelen las vidas de nuestras compañeras, cómo llegan tan rotas a nuestra organización. Nos duele la precariedad, tener que decidir de las cuatro comidas del día cuál vas a priorizar. Nos duele ver cada vez más compañeras en situación de calle, con tuberculosis, con neumonía, las que están sumergidas en el consumo problemático o en el narcomenudeo. Nos duele que la única respuesta del Estado y de algunos feminismos sea desde una mirada punitiva, sin reconocer que para muchas es lo único que le queda para poder comer, pagar una habitación o ayudar a sus familias.

Mencionabas al feminismo, al peronismo, a los partidos y a otros actores que disputan entre sí quién representa al sujeto de la crisis. Pero se discute mucho menos sobre cómo representarlo…

—La mejor manera de representar hoy es ahorrarnos nuestros análisis de por qué estamos atravesando épocas de ultrafascismo y poner en el centro la escucha. La otra vez nos habían llegado libros de regalo, y una de mis compañeras dijo: «Yo no tengo tiempo para leer». El imaginario del libro en tu mesita de luz; esa no es nuestra vida. No hay mesita de luz con libro en nuestras casas; no hubo bibliotecas. La práctica de la escucha debería ser permanente en nuestras militancias. Escuchar a ese pibe que está arriba de una bicicleta, a esa piba que está abandonando la escuela secundaria y queriendo ser influencer, a esa madre que está en la plaza con sus hijos vendiendo ropa que le regalan. Sentimos que hay algunos lenguajes, dentro del peronismo, que ya no nos interpelan. Cuando dicen que el trabajo dignifica y que es la herramienta organizativa, pero para muchos el trabajo es explotación. Trabajar no representa dignidad cuando salís a la calle a vender palta, alfajores o pañuelitos en el tren, acechado por la mirada punitiva de vecinos que te denuncian, de la Policía que te quita la mercadería. No sé qué tan digno se siente esquivar todas las balas de la desigualdad social, para volver a casa con algo de dinero. O los pibes que tienen que pedalear un montón de horas para poder encontrarle la vuelta a comprarse un iPhone o una moto, o poder irse un fin de semana a bailar y gastársela toda. O las pibas jóvenes que sueñan con abrirse un OnlyFans y hacerse millonarias, montando una vida de materialidad que quizás después no pueden sostener, pero sostienen a través de las pantallas porque entienden que eso tiene un valor social. Es necesario habilitar la escucha sin espantarnos de los deseos y los valores de los otros.

Ustedes vienen haciéndose visibles desde un lugar estigmatizado socialmente. ¿Qué tipo de organizaciones pueden ser capaces de poner en común esas experiencias para hacer algo con ellas?

—Creemos que hay prácticas políticas que tienen que morir –en algún momento sirvieron para poner discusiones en el centro de la agenda y construyeron masividad en las calles, pero en una sociedad que no es la de ahora–. La otra vuelta había un montón de personas analizando por qué un cura DJ puede juntar un montón de gente en plaza de Mayo, pero los jubilados todos los miércoles siguen siendo una minoría violentada por la Policía. Pero vos ahí estás policiando el deseo de alguien que se siente convocado a ir a bailar con un DJ cura que mezcla religión con disfrute. Aprendamos de eso. Porque frente a la precariedad hay compañeras que igual necesitan una política de goce colectivo, y no se la estamos ofreciendo al hacer una asamblea, al elaborar un documento, al escucharnos siempre las mismas, sabiendo que las mismas vamos a estar de acuerdo o cuáles van a ser nuestras diferencias. Esa práctica ya no es convocante; no para los sujetos políticos que constituyen esta sociedad fragmentada que estamos habitando. Hay una política de la humillación que nosotras tuvimos que atravesar y que todavía está muy enquistada; del pobre yendo a un espacio donde le hacen sentir que está debajo de todas las jerarquías. En los activismos se sostienen jerarquías sociales. La que tiene un doctorado está arriba. La que tiene un trabajo precarizado, criminalizado, estigmatizado es la que está abajo y tiene que rendir cuentas de por qué merece un lugar. No es fácil seguir rindiendo cuentas de por qué luchamos, por qué estamos organizadas, por qué decidimos ejercer este trabajo y no otro. Nos pasa mucho que, cuando vamos con una demanda colectiva sobre cuestiones habitacionales o sobre la criminalización de nuestro trabajo, las detenciones arbitrarias o el incremento de la violencia institucional, no interesa tanto eso. Interesa la historia personal, de superación y heroísmo de las personas. Vamos a espacios feministas y es abrazada la que se arrepiente de todo lo que tuvo que pasar y puede demostrar que gracias a la mano que le dio el feminismo blanco, gracias al trabajo en blanco que le dio el feminismo, gracias a esa tutela, puede mostrar una historia de superación basada en salir de la prostitución. A las que nos quedamos y no somos agradecidas por las migajas que nos han ofrecido, la condena social. Esas prácticas clasistas han hecho que haya una distancia entre los deseos del progresismo y los deseos de las personas que tienen decisiones individuales, que no creen que la salida sea colectiva, y hay que hacernos cargo de que no crean. No podemos andar señalando al que piensa distinto y que es parte de la clase trabajadora como fascista. Porque ahí está también parte de la fragmentación, que termina provocando una disputa de pobres contra pobres. Ese pibe que está en el gimnasio matándose para tener un cuerpo que lo ayude a meter la mayor cantidad de repartos en el menor tiempo posible para ganar más dinero en menos horas es un compañero. Por más que me diga que votó a Milei porque representó en su momento esa rabia, enojo y rebeldía con el sistema. No desconocemos que este gobierno atenta contra la democracia, pero no puede ser que la defensa de la democracia pase solo por defender a las instituciones. Defender la democracia no solo es que la agenda de los derechos humanos hable de los 30 mil desaparecidos: tiene que hablar de las compañeras que están en el narcomenudeo o presas en condiciones de hacinamiento, los asesinados por gatillo fácil, las personas en situación de calle, las compañeras travesti trans, las trabajadoras sexuales que quieren seguir ejerciendo, pero con mejores condiciones laborales. Ahí están para nosotras las grandes batallas. Porque la batalla cultural se perdió. Cuando un pibe de los sectores populares viene y te dice «viva la libertad», «no creo en la justicia social», tenemos que ir a escuchar el porqué. ¿Qué es la libertad para ese pibe? ¿Qué es para nosotras? La mayoría de las veces que nosotras hemos escuchado la palabra libertad es cuando estábamos presas. «Te vas en libertad. Juntá tus cosas.»

Parecería que hay un pánico sexual que organiza tanto al neofascismo como al moralismo progresista y al punitivismo feminista. ¿Qué hipótesis tenés del porqué de este miedo al placer y al cuerpo?

—Es que la corrección política estuvo de este lado del peronismo y del feminismo mainstream, y digo de este lado porque me hago cargo. La corrección política hacía pensar que de este lado estaban los buenos y del de enfrente, los malos. Y eso es hipócrita. Pensar que la única parte del cuerpo que no podés comercializar es la sexualidad, y todo el resto del cuerpo sí, es hipócrita. El catolicismo está muy enquistado. La moral dice que hay partes del cuerpo que están atravesadas por la sacralidad. Algunas te dicen: «Yo nunca lo haría». Y yo digo: mi lucha no es para que todas lo hagan. Estamos hablando de condiciones laborales para las personas que ejercen el trabajo sexual. Respecto a nuestra libertad sexual no tenemos nada resuelto; fuimos criadas en esta sociedad, en esta cultura patriarcal. Repetimos un montón de patrones tóxicos. También hemos atravesado relaciones violentas en nuestros vínculos. No podemos decir que somos feministas en nuestra cama. Es algo que seguimos repensando todo el tiempo.

Si ustedes fueran a formular una nueva educación sexual integral para este momento que estamos viviendo, ¿en qué consistiría?

—En hablar de los vínculos. Por más que haya un intercambio cuando nos vinculamos sexoafectivamente, hay una intimidad que se comparte con el otro, que tiene que ver con el cuerpo, pero también con conversar. A veces nos cuesta mucho trasladar esta práctica de conversación y acuerdos previos a otros vínculos que no tienen que ver con el dinero; decirles a otros y a otras qué nos gusta, compartir nuestras fragilidades y vulnerabilidades sin que después sean objeto de condicionamientos. Las relaciones están atravesadas por las violencias. Para nosotros sería muy importante que la educación sexual integral también esté atravesada por el derecho a la salud mental, poder hablar de las construcciones que vienen de nuestras infancias, adolescencias, de los vínculos familiares. Las personas estamos hechas de eso.

Hace un ratito decías: «En nuestras casas no hubo bibliotecas». ¿Por qué escribir?

—Ha sido nuestra venganza política. Tener un libro como Puta feminista era vengarnos de todos los libros que han escrito sobre nosotras. Al dolor que nos ha causado que hayan escrito sobre nosotras no respondemos con más dolor; reparamos y reponemos ese dolor con política. El libro es político y habla de prácticas políticas, de conflictos políticos, de demandas políticas, de anécdotas colectivas y políticas, de un recorrido político. Y entendemos que es una herramienta más que ponemos a disposición dentro del movimiento sindical, como es también la Casa Roja [Centro de Asistencia Integral para lxs Trabajadorxs Sexuales, creada y gestionada por AMMAR, la Asociación de Mujeres Meretrices de la Argentina], como es habitar espacios incómodos y no abandonarlos, como es tener que sentarnos a hablar con el Estado, aunque muchas veces no queramos. Y tenemos que ser nosotras porque, si no, esa silla la van a ocupar otras. Y ya sabemos qué pasa cuando tutelan nuestras vidas con políticas públicas diseñadas desde escritorios.

¿Y Vidas de puta. Calle, sexo y mentiritas de qué va?

—Cuando llegó la propuesta de mis editoras, fue importante la experiencia anterior para entender las dinámicas editoriales, con las que no estamos de acuerdo. En Argentina hubo algunas políticas prohibicionistas que equiparaban la trata con la explotación. Había compañeras que trabajaban en cabarets o whiskerías, y el feminismo institucional decía: si te queda un 50 por ciento de las ganancias, es trata. Y las compañeras después te explicaban que esa división tenía que ver con la cantidad de copas que hacían, con la figura de alterne. No escuchaban a esas compañeras y decían que la única solución era prohibir ese tipo de establecimientos. Bueno, con la editorial se nos planteó que el 30 por ciento de la venta de libros iba para la escritora y el 70 para la editorial. Y era mejor nuestro acuerdo en el cabaret. Entendemos que escribir es un espacio elitista, que te da esta cuestión de la intelectualidad, y, entonces, nadie habla de la explotación, nadie habla de lo que le cuesta a una escritora pegar en una editorial, que respeten tu contrato y te paguen a tiempo.

Cuando nos propusieron un segundo libro, nos preguntaron qué de todo lo que atravesaron desde la pandemia tiene que estar escrito. Ahí viene la venganza colectiva de decir: che, cuando nos prohibieron la categoría de trabajadoras sexuales dentro del registro nacional de trabajador y trabajadora de la economía popular, eso tiene que ser un capítulo. Después, otro sobre estas olas de vecinos que se creen con la potestad de higienizar barrios. Muchos creen que, aniquilando al otro, van a ser merecedores de derechos, que sacando a las travestis, a las trabajadoras sexuales, a los senegaleses, a los colectivos migrantes, a las personas en situación de calle, van a embellecer el barrio. El libro está atravesado por el narcomenudeo, por la vinculación entre la precariedad, la pobreza, el racismo y distintas formas de supervivencia que llevan adelante muchos trabajadores para sobrevivir.

Transitás por muchos espacios. ¿Dónde encontrás hoy energía para seguir sosteniendo e insistiendo en hacer política?

—Creo que resolviéndoles los problemas a las compañeras. Todos los días cuando se abre nuestra casa, sabemos que no va a haber tiempo para hablar de nuestra vida personal, para tomar mate, para charlar sobre lo que pasa, de debatir o de comentar quién es hoy trending topic. Abrimos la puerta y viene una acumulación de problemas que tenemos que resolver. Desde lo material hasta lo afectivo. Compañeras que vienen a comer, a que las escuches, a bañarse, a pedir prestada una planchita de pelo para sentirse bellas paradas en la esquina. Una compañera viene y te dice: «Me faltan 30 mil para pagar el hotel, si no, me van a rajar». Y nosotras vamos y le dejamos nuestros documentos como garantía al dueño del hotel. Si esa compañera va a una oficina del Estado a decir «me van a desalojar», le van a dar un turno para tramitar un subsidio habitacional para el que necesita un informe, un certificado de domicilio. Y la compañera te va a decir: «Sí, yo lo puedo hacer, pero hoy necesito la plata, si no, me quedo en la calle». Por eso es importante hacer política social. Lo que necesitás ahí es poner el cuerpo, poner la carita. Hay distintos modos de hacer política. Nosotras elegimos la más conflictiva, la que nos da dolor de cabeza; por la que a veces terminamos rotas, muertas, por la que a veces no nos podemos levantar de tanta demanda. Pero eso nos sostiene y es lo que permite que al día siguiente bajen otras compañeras y abran la puerta de la Casa Roja. No creemos que reconocer lo rotos que estamos sea un imposibilitante, sino todo lo contrario. Cuando una reconoce cuán roto está el tejido social, ahí está la posibilidad de construir una sociedad en la que todos y todas estemos.

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