«La familia se reduce a nosotros dos, buscando» - Semanario Brecha
Con César y Valeria González Bergés, sobrinos de Luis Bergés, el último desaparecido uruguayo que la INDDHH logró comprobar

«La familia se reduce a nosotros dos, buscando»

Desde la última carta que envió Luis Bergés en 1982, su hermana Alba nunca dejó de preguntarse qué había ocurrido con él; esa pregunta también acompaña a César y Valeria, sus sobrinos. Desde el anuncio del jueves 14, cuando la Institución Nacional de Derechos Humanos y Defensoría del Pueblo incorporó a Luis a la lista oficial de uruguayos detenidos desaparecidos, sienten la tranquilidad de haber logrado algunas respuestas y de que su nombre exista más allá de un recuerdo lejano; que al googlearlo surja –ahora sí– un resultado.

Valeria González Bergés y César Gonzáles Bergés. Héctor Piastri.

Para los Bergés que quedan no ha sido fácil conjugar los derroteros de este apellido. El abuelo de César y Valeria fue colorado, su padre, blanco, y ahora saben que su tío se había afiliado al Partido Comunista y desapareció por motivos políticos, después de haber sido liberado de la cárcel de Viedma, en Río Negro, Argentina, y expulsado de ese país. Aunque Luis Bergés emigró muy joven, primero de Trinidad a Montevideo y luego a Buenos Aires, su hermana Alba lo tuvo presente toda la vida. Le decían Pocholo, y fueron César y Valeria, sobrinos de Luis e hijos de Alba, quienes eligieron la foto que publicó la Institución Nacional de Derechos Humanos y Defensoría del Pueblo (INDDHH) ante su inclusión en la lista oficial de uruguayos desaparecidos. Alba murió hace menos de un año y no llegó a saber qué había sido de su hermano. Los sobrinos de Luis compartieron primero la búsqueda y ahora comparten al menos una certeza.

¿Llegaron a conocer a Luis?

César González Bergés (CGB) —Sí, sí, era mi padrino. Nos vimos hasta el año 76 o 77. También lo vi en la cárcel de Miguelete, a la que fuimos con mi madre desde Trinidad. Recuerdo un gran portón o una gran reja, a través de la cual los familiares se acercaban a los presos. Después fue una vez, ponele en el año 79, por nuestra casa; luego no lo volvimos a ver más.

Valeria González Bergés (VGB) —Yo nací en el 72 y tengo recuerdos muy puntuales de él, tres recuerdos. Dos son en casa y uno en la casa de mis abuelos. Él ya se había ido a Argentina, yo era muy chica, pero me acuerdo de los regalos: me trajo un vestido con florcitas verdes, que era el vestido más lindo del mundo. Y ahora ya no sé si se usa, pero antes los grandes tiraban a los gurises así para arriba. Me acuerdo colgada de él, me lo acuerdo así.

El toing toing le decía yo cuando mi primo me tiraba para arriba.

VGB —Siento que fue la vez que debo haber estado más tiempo con él.

CGB —Después de eso es todo comunicación por cartas, todas cartas que se perdieron, por desgracia, cuando fallecieron mis abuelos. Hicieron mucha limpieza, demasiada limpieza. Quedó justo la última carta, donde él decía que iba a volver. No sabemos por qué salió del país, no sabemos por qué estaba preso. En la carta dice: «Estoy volviendo en enero, en febrero».

VGB —La carta que se salvó fue porque mi mamá me la dio para que intentara buscarlo, cuando empezó el boom de internet. Esa carta no quedó en la casa de mis abuelos y se salvó; también la foto de ellos dos, del 62. Él fue la eterna búsqueda de mamá.

CGB —Se perdió casi todo. Mi abuelo tenía una habitación con todos los libros, con todos los afiches, con todas las cartas…

VGB —Tenía un diario, él todo lo escribía, y cuando falleció… lo prendieron fuego. La hermana mayor literalmente lo prendió fuego, hizo una gran hoguera.

¿Luis y Alba tenían otra hermana?

VGB —La hermana mayor no tiene nada que ver con ellos, tenía otra forma de ser, un montón de otras cosas. Los hermanos adorados y eternos eran ellos dos, mamá y Luis, desde el día del nacimiento. A él le decían Pocholo y era, no sé, mi mamá con él era más que unida, se llevaban muy poquita diferencia de edad.

Y entre ellos dos, ¿quién era el mayor?

VGB —Mamá tenía dos años más que él. Él nació en el 44, era el varón y el menor.

CGB —Abuela siempre lo esperó, hasta el día que se murió lo esperó.

¿Tu abuela y tu madre qué pensaban que había pasado? ¿Qué ideas se habían hecho cuando no volvió?

CGB —Él dejó de escribir y mi madre le pidió información a la cárcel de Viedma, allá en Río Negro, Argentina. Y le respondieron que lo habían liberado. A partir de ahí, hay un vacío total. Ella no sabía si estaba en Argentina, si había vuelto a Uruguay, si se había ido a otro país; se perdió el rastro, para nosotros también. Nosotros lo considerábamos el tío perdido en Argentina, ni siquiera desaparecido.

VGB —Mi mamá se preguntaba siempre si estaría comiendo, si pasaría frío, si estaba en la calle, si se podría mantener solo, pero como algo vivo. Yo me enteré de todo el sistema de represión cuando me vine con 18 años a Montevideo. Y ahí me empezó la pregunta de qué pasó acá. Me empecé a armar la imagen de que él no había salido nunca de Argentina, que había muerto en la cárcel; eso era lo que pensaba.

CGB —Porque la cartita oficial que le respondieron a mamá es muy escueta, no dice mucho. Te da a pensar que pudo haber fallecido ahí. Hasta que hace tres años, en los archivos del terror que subieron a internet, hay un dato: está su nombre, encontramos información nueva y vimos la posibilidad de alguna verdad…

VGB —La posibilidad de llenar algún otro agujerito de la historia…

CGB —Que no quedó en la cárcel, que lo llevaron a Buenos Aires, que había sido expulsado, que se subió a un barco. Supuestamente cruzó; no sabemos si llegó.

¿Ustedes lo fueron a buscar específicamente a los archivos del terror?

VGB —Sí, sí, desde que mi mamá me entregó la carta hace 25 años, no te digo todos los días, pero buscaba en internet muy seguido, más cuando mamá perdió el sentido. Ella tuvo alzhéimer o algún tipo de demencia, y hasta ahí era la conversación constante, ¿viste? El tío siempre estuvo presente a través de mi mamá. Y yo me acuerdo de cuando salieron los archivos, las cosas horribles que leí ahí; no podía creer que hubiera gente que pasó por eso… Después el hijo de César, Nico, arrancó a buscar a conciencia.

Confirmar esto, en lo personal, ¿qué mueve?

CGB —Nosotros somos prácticamente los últimos Bergés. Mis hijos, por más que estén al tanto de todo y que Nico lo buscó y leyó muchísimos de esos informes, están totalmente desconectados del asunto. Mi madre ya falleció. La única hermana que le queda viva está en un geriátrico y está sola. La familia se reduce a eso, a nosotros dos, buscando… Lo único que buscamos es un cierre.

¿Y cómo se cierra el asunto?

VGB —El día del anuncio quedamos en el bar, y le digo a él: «Mirá si encontramos los huesitos». Fue como: «Mirá si podemos ponerlos con mis abuelos». Pero no, después te ponés a pensar y no, no lo veo factible. Yo siento que la búsqueda terminó para mí.

¿Ahora que saben que es un desaparecido político?

VGB —Sí, sí.

CGB —Para mí todavía hay muchas preguntas; me gustaría responder alguna más, ya que abrimos la cajita…

Luis Eduardo Bergés. Gentileza de la familia.

¿Están pensando en aportar material genético?

CGB —Sí, sí, para que quede. Capaz que sucede dentro de 20 años y no estamos nosotros.

¿Qué significa que quede?

CGB —Que quede en algún lugar. Vos buscabas hace un año a Luis Eduardo Bergés y el único Luis Eduardo Bergés que existía era un poeta español que murió hace un tiempo. Ahora está, ya hay algo, ¿entendés? Es una estupidez.

No, para nada.

VGB —Pero para nosotros existió. Está ahí. Hay un cierre. Como que antes… Yo no te digo que creyera que el tío estaba vivo, pero estaba eso de «mirá si…». Ahora no, no hay un «mirá si…». Pasó esto, esto, esto, y ya está.

Ahora, por ejemplo, está apareciendo su rostro en un cartel, o sea, sí, va a haber otros que se acuerden…

VGB —Igual, no sé si quiero que se embanderen con él porque somos dos, somos poquitos, pero hay personas que todavía sentimos ese dolor, que nos acordamos de él, que nos fue arrebatado, que no pudimos disfrutarlo, él de su padrino. Yo lo siento muy personal, muy mío.

CGB —Hay mucho dato oculto y debe haber más archivos por ahí. A mí me gustaría terminar de completar el rompecabezas.

¿Qué creés que falta para completar el rompecabezas?

CGB —Me gustaría ver qué pasó, si está el manifiesto del barco, quién lo recibió. Me gustaría saber el prontuario exacto de él, que no lo tengo, que debe estar en algún lugar. Una cosa que no la dije –y es la primera vez que la voy a decir– es que, si llega a estar relacionado a algún hecho de sangre, esto cambia. Yo supongo que nunca estuvo relacionado a ningún hecho de sangre. No lo creo.

VGB —No lo creo yo tampoco. No, nunca, nunca, por su personalidad, por su forma de ser.

Ustedes encontraron el nombre de él en el Archivo Berrutti y fueron a la INDDHH. ¿Cómo fue ese proceso?

VGB —Nico se puso a buscar, escaneamos la carta y hablamos con Wilder [Tyler]. Le dije: «Wilder, tengo esto». Enseguida lo asignó a Fabián [Werner].

CGB —Es muy importante para mí destacar esta labor, de la anterior directiva y la actual de la institución. Fabián ha hecho un trabajo profesional en todos los sentidos y ha sido un nexo importante para entender y revisar nuestra historia.

¿La madre de ustedes o los padres de Luis no habían hecho una denuncia formal?

VGB —No, nunca, jamás a mi abuela, a mi mamá se les hubiera ocurrido, jamás. Mamá posiblemente podría haber hecho este camino con nosotros; eso seguro que sí. Cuando me dio la carta, como que me hizo cargo de algo. No llegamos a tiempo para que ella se enterara.

¿Y cómo lo hubiera tomado? ¿Hubiera sido un alivio?

VGB —Sí, sí, para mamá, que él no haya sufrido, más allá de lo que debe haber sufrido… Que él estuviera con 70 años en la calle, sin que ella pudiera hacer nada, le hubiese dado mucha tristeza.

¿Piensan ir a la Marcha del Silencio?

VGB —Sí, yo seguro que sí. Ya he ido alguna vez, creo que fui cuatro veces, pero no todos los años de corrido. Y ahora sí pensaba ir; hoy estábamos hablando con unas amigas. Voy a ir con ellas entre la multitud.

¿A modo de homenaje personal?

VGB —Sí, no sé cómo es el tema del cartel y la pancarta, y no sé si quiero, y es mañana. No sé qué quiero hacer. Lo vivo como muy personal todo.

CGB —Yo nunca fui, no, no, no. Soy medio radical y hay cosas que no comparto. No es que no comparta la idea y, por favor, no estoy en contra de los familiares, pero quizás estuve en dos marchas en toda mi vida cuando me vine a vivir a Montevideo.

¿En estos días les escribió gente a partir del anuncio?

VGB —Amigos, muchísima gente, pero de acá, de Montevideo, nadie de Flores. Cuando salió en las noticias, empezó todo el bombardeo; fue: «Vale, es tu tío». Algunos sabían que estábamos en esta búsqueda con ellos, con la institución. Y todos te preguntan: «¿Qué vas a hacer?». Y nada, ¿qué voy a hacer? «¿Y qué pasa ahora?», te dicen. Y no, no pasa nada. Me consta que hay gente que se ha quedado conversando de los tiempos de antes. Estuvimos lagrimeando con una compañera que era de Tacuarembó, de los cuentos de cuando entraban y se los llevaban presos, pero volvían.

CGB —Yo no tengo ni un solo mensaje, y siempre mis firmas –yo trabajo desde los 19 y tengo 53– ha sido González Bergés, siempre.

VGB —La mía también.

¿Cuántos años tenía Luis cuando desapareció?

CGB —Nació en el 44 y desapareció en el 83. Tenía 39. Esa es la bronca también, que ya al final de los tiempos [de la dictadura] desapareció.

Última carta enviada por Luis Bergés a sus padres antes de su desaparición, escrita mientras se encontraba preso de la Colonia Penal de Viedma 12, en la provincia argentina de Río Negro.

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