Para Flor, que se fue hace un mes (de lo linda que era).
La noticia llegó envuelta en afecto el viernes 5. Familiares y amigos amortiguaron con cariño su impacto aturdidor. ¿Cuántos nos sentimos, entonces, queridos, consolados, comprendidos en algún punto, aunque nosotros mismos no alcanzáramos a comprender? ¿Quién no siente por estos días necesidad de contar su historia, de narrarse, de rememorar sus amores, sus viajes, sus amistades? ¿Quién no mira a un lado y otro del camino? ¿Quién de nosotros no se hace, desde su lugar y su edad, las grandes preguntas?
En medio del revolcón de la noticia hubo que tomar decisiones. ¿Poner canciones? ¿Mirar la televisión? ¿Un streaming? ¿Recordar en silencio? ¿Dónde habría que estar en las próximas horas? En los bares de Montevideo iban a proliferar los homenajes e iba a estar lleno de amigos. Pero del otro lado…
Del otro lado todavía no había definiciones, tan solo una certeza. Lo del Congreso eran mezquinas dilaciones y circulaban rumores sobre La Plata y el Cilindro de Avellaneda. Mientras tanto, la plaza de Mayo se iba poblando espontáneamente. Nadie sabía bien dónde ni cómo ni cuándo, pero iba a haber una despedida, nadie lo dudaba.
Así que sacamos los pasajes para el sábado a las 7 de la mañana y nos tomamos la noche del viernes para brindar con amigos, algunos no vistos desde hace años. Acodados en la barra del Finisterrerecibimos las últimas novedades: el velatorio iba a empezar el domingo y duraría todo lo necesario, aunque no se sabía aún dónde iba a tener lugar. Cruzaríamos el charco a tiempo, entonces.A la vuelta del bar improvisamos unas mochilas con poca cosa y viajamos casi sin dormir. El barco y la tarde del sábado, ya en Buenos Aires, darían ocasión para el descanso.
OBELISCO
Juan tiene 80 años. Está parado en la senda peatonal de la avenida Corrientes, escuchando a unos pibes que tocan temas de Los Redondos y juntan a su alrededor un centenar de personas. Es medianoche y el banderazo convocado para las 16 en el Obelisco, a dos cuadras, ya se disgregó. «Hace un rato reprimieron estos hijos de puta», despotrica Juan, parado al borde de un pogo improvisado. De barba y pelo blancos, tiene un aire a Rocambole, el artista visual de Los Redondos. Cuenta que lo conoció, porque es platense y orbitó alrededor de la Cofradía de la Flor Solar, donde también estaban Skay y la Negra Poli. «En la universidad, el Mono estaba en Escenografía y yo, en el Instituto de Artes Plásticas –rememora–. En La Plata había también otra cofradía, la de La Luna, y acá en Buenos Aires estaban el Parakultural y el Instituto Di Tella», míticos epicentros de la contracultura de los sesenta. Dos mujeres bastante más jóvenes que él se acercan a saludarlo con gesto reverencial e intensifican su olor a leyenda.
Juan va a ir mañana al velatorio, pero no sabe dónde es. «En Parque Domínico, en Avellaneda, a partir de las once», le contamos. Lo leímos hace un rato en el último comunicado oficial y no sabemos mucho de qué se trata. Él conoce. Dice que nos conviene ir hasta la terminal de Constitución y tomarnos el tren Roca, que tiene parada en Villa Domínico. «¿Y cómo pagamos el boleto?», le preguntamos nosotros, dos uruguayos que vinimos por última vez a Buenos Aires cuando la tarjeta SUBE era imprescindible para viajar en el transporte público. «Pasan por abajo del molinete o esperan que le abran a algún malón de gente y se suman. Seguro los dejan pasar. Aunque hay que ver si mandan los trenes, porque son capaces de cualquier cosa estos hijos de puta. Hace un rato reprimieron.»
AVELLANEDA BLUES
Al otro día, en Constitución, el ingreso a los andenes está abierto. Pasamos y corremos atrás de un grupo que se apura para subirse a un tren con destino a Bosques. En el último vagón no cabe un alfiler. Desde un parlantecito móvil suenan Los Redondos y la gente va cantando a voz en cuello. Cuatro o cinco temas después, alguien ve por la ventana la fila del velatorio y dice que hay que bajarse ahora para no tener que caminar hacia atrás. «El hijo de una amiga está desde las once y todavía no pudo entrar», comenta una mujer. Son las tres menos veinte de la tarde.
El malón se baja del Roca y erra varias veces hasta encontrar la fila y empezar a caminar a contramarcha, buscando su final. Desorientados, seguimos la corriente. Ahora vamos por el asfalto de la avenida de La Rivera, que corre paralela al Riachuelo –frontera entre la ciudad y la provincia de Buenos Aires–, mientras sobre la vereda los que ya van camino al Parque Domínico avanzan unos metros, frenan, esperan, vuelven a avanzar. Van en paz, respetan los lugares, y cantan. La calle hace una curva junto al río y, al doblar, vemos que la fila sigue. Y sigue también a la vuelta de la próxima curva. Y sigue. Y sigue. La cuestión empieza a tomar dimensiones… ricoteras.
Luego, la hilera de gente, con ropajes predominantemente negros, quiebra por la calle Francisco Peroni y sigue unas cuadras más. Pasa por un hipermercado y dobla de nuevo en San Luis. Ahí, frente a un galpón abandonado, llegamos al final y nos unimos a la fila. Nos esperan ocho quilómetros de marcha.
Ahora que intercalamos avances de unas decenas de metros con paradas de unas decenas de minutos, tenemos tiempo para contemplar el paisaje industrial de Avellaneda. Los versos con los que lo pintó Javier Martínez en 1970 siguen vigentes. Las viejas fábricas parecen duendes de hormigón y el agua se acumula en charcos sucios contra el cordón de la vereda. El Riachuelo, contra su mala fama, no se ve sucio ni huele mal, y acompaña en calma, rodeado de hojas de otoño, la lenta procesión.
Algunos aprovechan los altos en el camino y sacan sándwiches de adentro de un táper. Otros abren una conservadora con queso y salamín, hielo, coca y fernet. Un flaco recorre la fila pidiendo un sacacorchos para abrir un vino. Hay dos ausencias: la violencia y la policía. Y así será durante todo el trayecto, apenas orientado –cada tanto, en algunas inflexiones claves– por funcionarios civiles del municipio de Avellaneda.
Mientras avanzamos, sigue caminando gente a contramano para incorporarse a la fila. Pasa una pareja con dos niños chicos y una bandera negra que guarda nueve nombres, dos lugares (San Miguel y Lomas del Mirador) y un verso: «Si no hay amor que no haya nada». Pasa un cincuentón con una sola pierna y un gastado canguro de Gulp, y dos coetáneos de la vieja guardia, que lo llevan en su silla de ruedas.
En una hora recorremos dos quilómetros y llegamos a la avenida Mitre, donde el tranco se acelera y el paisaje cambia. Cruza una autopista por encima, hay comercios y pantallas gigantes. Alrededor de la fila, el ambiente se va pareciendo cada vez más al de los recitales, con puestos de remeras, de bebidas, de choris, patys y sánguches de bondiola. De los balcones cuelgan banderas con despedidas recién pintadas (el símbolo de infinito es ubicuo) y los vehículos estacionados tienen las radios a todo lo que dan. Vamos atravesando un enganchado de canciones que no llegamos a escuchar completas ahora que podemos avanzar sin pausa por primera vez.
En Sarandí hay movida. Abajo de un puente se organizó un agite grande. Nos unimos un rato y retomamos la marcha. Unas cuadras después, con la noche recién hecha, la fila se compacta. Se angosta. Y se frena de nuevo. «De acá están a 20 cuadras», dice un funcionario municipal. Es la distancia que nos separa del polideportivo José María Gatica, destino final de la caminata, dentro del Parque Domínico. Son dos quilómetros, sí. Pero no los vamos a recorrer en una hora.
LAS FILAS DEL DOLOR
«Cualquiera podía mirar su reloj, pero era como si ese tiempo atado a la muñeca derecha o el bip bip de la radio midieran otra cosa.» Así introducía Julio Cortázar a «La autopista del sur», ese cuento sobre un megaembotellamiento que parece volverse eterno, en el que pasan los días y las noches y los autos apenas avanzan unos metros, y los embotellados, con el tiempo, empiezan a conocerse y van tejiendo relaciones. Claro que el suyo era el sur de París y no el de Buenos Aires, los atascados iban sobre ruedas y no a pie, y el clima general era el absurdo de la vida en las grandes urbes y no este ritual colectivo impregnado de sentido. Pero el protagonista del cuento, que en el embotellamiento sueña con las sábanas y la ducha y los aromas de su hogar, terminará por extrañar la fila cuando se disgregue. Y algo similar nos va a terminar pasando a nosotros.
En esta noche de Avellaneda, el tiempo y el espacio también se transmutan. En la esquina de Mitre y Obarrio miro por enésima vez el reloj y el mapa en el celular, rapidito, porque hay que administrar la batería. Son las diez de la noche y nos faltan diez cuadras para llegar al polideportivo. Cuando me fije de nuevo en la siguiente esquina va a haber pasado media hora, y media más en la subsiguiente. Confirmado: venimos avanzando a un ritmo de una cuadra cada media hora, y eso nos permite especular con vagos cálculos. Por lo demás, estamos empapados. Una parca perla gris encapota el cielo rioplatense desde que se conoció la noticia (como si no quisiera dejarte ir) y la lluvia lleva un buen rato cayendo en estocadas finas. Los vendedores ambulantes ahora suman a sus pregones paraguas y «pilotos» –pilots, para los uruguayos–. Me duelen los pies. Cuando frenamos junto a algún mediotanque me descalzo y los levanto cerca del fuego. Los cuerpos los vamos calentando con una petaca de whisky barato y un licor de café. Desarrollamos, también, un método de descanso: cada tanto, uno rompe filas y se va a sentar un rato en algún cordón que esté seco o en una parada de bondi. El otro guarda el lugar. La referencia para volver a nuestro sitio en la fila es una bandera argentina que hace ondear sin parar una familia de Quilmes. De todas formas, hay paciencia y nadie se cuela (nadie en especial).

Pasada la medianoche, en un puesto de comidas, un vendedor nos avisa que faltan cuatro cuadras para llegar al parque y que desde ahí ya vamos a poder caminar más tranquilos. El tiempo, un par de horas después, le da la razón. En los metros previos a ingresar al parque un grupo de bomberos irrumpe en la fila. Se apostan en línea, a lo ancho, y la dividen en dos. La gente que queda por delante sigue caminando y los de atrás frenamos. Esperamos unos minutos hasta que el que dirige el operativo les ordena a los bomberos tomarse de los brazos y avanzar. Los seguimos unos metros hasta un vallado custodiado por personal de una empresa de seguridad privada. Es la puerta del Parque Domínico. Los bomberos se retiran, vuelven unos cuántos metros hacia atrás y repiten el ciclo. Van, así, dosificando el ingreso y evitando avalanchas que pueden ser mortales. No hay policía. La gente los vitorea («¡Los bomberos es un sentimiento! ¡No se explica, se lleva bien adentro!», se canta a las carcajadas).
Finalmente, ingresamos al parque y podemos volver a caminar sin pausa. Ahora el sonido está a cargo de la organización, los equipos son de alta calidad y las canciones suenan a un volumen que no aturde. A lo lejos, se ve en una pantalla la procesión dentro de la capilla ardiente, en el polideportivo, del que nos separan tres cuadras.
Vamos cantando. Parece un recital. Pero no es. Y se siente. Ya más cerca del recinto, la música pierde volumen y el canto colectivo se va convirtiendo en un susurro, casi un lamento, que estalla en los estribillos («Vivir solo cuesta vida») y vuelve a bajar. Claro que también están los aferrados a la cultura del aguante, que sostienen a voz en cuello los cantos de cancha o las marchas políticas hasta último momento, y están en su derecho.
En los postes de luz y en los carteles de tránsito, en las paredes y los rincones de cada superficie, se ven esténciles, grafitis, frases improvisadas con dráipen. Los llantos se van multiplicando. Son las tres de la mañana. Tras una última pausa, llegamos.
ENTRE AMULETOS Y TALISMANES
Han convertido al polideportivo en una instalación artística, iluminada con luces bajas y cálidas. El recorrido va a durar ocho minutos. A la derecha exhiben algunas de tus pinturas, al fondo hay una gran pantalla con fotos y, tras un vallado, ahí estás vos, Indio querido (¿ahí estás vos?).
Veo tu elegante ataúd, tocado por los pañuelos de Abuelas, Madres e Hijos.
Redescubro que, pese a la dimensión faraónica de tu figura popular, habitabas un cuerpo pequeño. Y me recuerdo a mí, en el pogo, esforzándome para encontrar una perspectiva que me permitiera –entre hombros y cabezas y banderas y piernas de minas subidas a hombros– verte directamente.
A fines del año pasado, en el saludo que grabaste para los 20 años de los Fundamentalistas, había sido impactante percibir los efectos que la enfermedad venía provocando sobre tu cuerpo. Pero también fue cómico que aparecieras minutos después con un solo cristal en los anteojos negros, anunciando que ese guiño pirata se iba a poner de moda a nivel internacional. Y fue conmovedor verte cantar «Pool, averna y papusa» sentado y rodeado bien de cerca por tus músicos. Ahora también están acá, junto a Virginia, en unas sillas al otro lado de la valla, después de haber tocado 24 horas antes en Comodoro Rivadavia, a casi 2 mil quilómetros de distancia.
Te tenemos allí, Indio, sobre una capa espesa de remeras y flores y banderas. Y nos apuran. Los pibes de chaleco blanco de la organización nos dicen que tenemos que seguir, así los demás también pueden despedirte. Y tienen razón. Tenemos que seguir.
Por la avenida Belgrano, nos subimos a un bondi donde por fin encontramos asientos y silencio. Mañana temprano cruzaré el Río de la Plata y en una servilleta del Buquebus apuntaré algunas ideas para contar cómo vivimos los funerales del Indio Solari.






