El problema es político - Semanario Brecha
¿Errores de comunicación o crisis de contenido?

El problema es político

El presidente Yamandú Orsi. Magdalena Gutiérrez.

Las discusiones sobre los gobiernos suelen discurrir hoy sobre las características personales y hasta emocionales de los llamados líderes. En un ágora digitalizada, en la que prima el concepto de reacción –eso es lo que promocionan hoy los streamers mientras reproducen videos con la rencilla de turno a 2.0×– y mucho menos el pensamiento, las cuestiones de fondo quedan subsumidas a los «problemas de comunicación». Este último defecto que aquejaría a la administración de Yamandú Orsi es el que han identificado varios analistas y un buen número de dirigentes cercanos al presidente como principal razón de los magros porcentajes de aprobación en las encuestas.

La oposición, empacada convenientemente en no asumir su cuotaparte en la crisis de representación de la deslucida democracia de partidos, apela de nuevo a la política personalista: sitúa la mira en un presidente que duda (es cierto que no le faltan ejemplos de los que agarrarse), que no tiene claro a dónde ir y que sería todo lo opuesto al líder propio, que goza con la ventaja de orejear sin participar. Para colmo, quizás el mayor escándalo mediático sufrido por el gobierno de Orsi –el affaire de la camioneta Hyundai– toca al mandatario en su individualidad, en su ética personal, aunque con ciertos rebotes en la proverbial moral colectiva del Movimiento de Participación Popular (MPP) y su culto de la austeridad. La política no logra despegar, agobiada por esas facetas morales que también fueron campaña: el gobierno de la honestidad. Pero la principal crisis del actual gobierno es política.

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Detrás de ese cada vez más nítido problema político, hay asuntos, sí, de forma, pero sobredimensionados, porque la cuestión es de fondo. La falta de entusiasmo con este cuarto gobierno del Frente Amplio (FA) tiene un buen componente aportado por el distanciamiento del núcleo militante –sobre todo del extra-MPP–, que, si bien no integra ese manido electorado volátil que definiría elecciones, es el tronco sobre el cual se despliega todo lo demás. Esa raíz militante, orgánica o no, aún activa en pleno siglo XXI, es el piso básico que permite reactivar cada cinco años los pujos místicos supervivientes.

Quizás no se le ha dado la importancia suficiente a una declaración pasada sobre una cuestión de forma, pero que hace mucho al contenido. A aquella estocada de Martín Vallcorba, el viceministro de Economía y Finanzas, que llegó a decir que el programa del FA era solo una «orientación» pues es «impagable» y «no se puede hacer» en un quinquenio. El gobierno aún estaba en pañales y el reflejo más obvio de los escuchas fue el de fingir demencia, pero aquella confesión brutal lanzada en el comité de base Vanguardia expresó una visión que volvería a emerger.

Frente a controversias peliagudas en política exterior, como la postura sobre el genocidio en Gaza o la relación con Estados Unidos, asuntos muy caros para esa base troncal que explica, por lo menos, varias decenas de puntos porcentuales del propio caudal electoral, hubo una segunda negación. Orsi lanzó otra de esas frases indigestas para una colectividad que se siente instrumentalizada cada cinco años, cuando es convocada in extremis: él gobierna para todos los uruguayos. Se entiende lo de la investidura, pero hacer a un lado el corpus simbólico y político del partido al que se representa y por el que se gana una elección no puede causar otra cosa que la que está causando. No es que no se haya dicho antes durante otros gobiernos frenteamplistas, quizás no se mostró con esta desnudez. Entonces, esos presuntos errores de comunicación no son tales, porque manifiestan una mirada sobre el rol del partido propio y del vínculo con la base social que es francamente política en el más puro sentido del término.

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Las democracias tardías adolecen de crisis conceptuales y de sentido. Hasta no hace mucho los sujetos políticos que se colocaban del lado izquierdo de la mecha procuraban no diluirse en la mera administración. En épocas bautismales, una suerte de sentido casi instituyente implicó avanzar, más allá de la inclusión dentro de las categorías izquierda-derecha, en posiciones incómodas que no siempre fueron mayoritarias en la sociedad uruguaya. Ingresar a los cuarteles en búsqueda de restos de desaparecidos y promover una nueva interpretación de la ley de caducidad no fueron decisiones prosistémicas. Diseñar una política de transferencias monetarias para los sectores más sumergidos o convocar los consejos de salarios no eran políticas de unánime palatabilidad. Avanzar en nuevos derechos, que para quienes provenimos de otras generaciones eran impensados –despenalización del aborto y del cannabis o matrimonio igualitario– y que fueron impulsados desde los movimientos sociales, supuso atravesar hostiles campos de batalla. Hasta hoy son asuntos resistidos.

Ya sabemos que Orsi estuvo muy alejado de una campaña disruptiva a lo Zohran Mamdani y se debería recordar que nunca prometió el uso de su pierna izquierda. Con todo, y pese a la falta de mayorías parlamentarias y las incertidumbres planetarias, es revelador que eso que se ha convenido en llamar buque insignia designe esta vez a un proyecto de competitividad y desburocratización emanado del despacho del ministro de Economía y Finanzas. En una de sus últimas salidas, Gerardo Caetano trazó el mapa de calor del actual gobierno al que ve entreverado «en una comunicación en donde el eje central son los empresarios» (Búsqueda, 11-VI-26). Por otro lado, hay manifestaciones urticantes para ciertos sectores que no son novedosas en la galaxia emepepista ni pueden ser vistas como errores no forzados: desde creer que las religiones pueden ser más eficaces que el Estado para el tratamiento de las adicciones hasta involucrar a las Fuerzas Armadas en nuevas tareas de seguridad.

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Esa suerte de compartimiento estanco en el que está confinado el gobierno de Orsi no lo está conectando ni con la sociedad despolitizada ni con su base electoral, con lo cual irrita a tirios y troyanos. Además, su pragmatismo no es lo suficientemente atractivo como para encantar dentro de un electorado de centroderecha que preferirá el original y no la copia, mientras que el desapego del imaginario propio profundiza el descreimiento. Un camino que vacíe la potencia creativa y colectiva de lo político o que estigmatice la inconformidad –y la califique de «infantil», como se ha hecho desde las usinas de la calle Colonia con el impuesto del 1 por ciento a los más ricos– no parece ser el más conveniente para trascender lo efímero. Ganar para qué sigue siendo la pregunta incómoda. Si los contenidos se diluyen, pero, además, los elementos aglutinantes se estiran como un chicle sin sabor, el enésimo documento de «autocrítica» estará condenado al cinismo. El clima de época no está como para un bonus track.

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