Dicen que gobernar es como caminar por una cuerda floja. Se avanza haciendo extrañas contorsiones para no caer ni por izquierda ni por derecha, con un público que se agita y apuesta por una cosa o la otra. El equilibrista intenta conservar la cabeza fría concentrado a cada paso en la punta de sus pies, pero tratando de no perder de vista el objetivo. El público está copado por la emoción. Unos quieren que llegue y otros, que caiga.
En ese peligroso trayecto hay una bifurcación en la cuerda. Un camino conduce a ganar las próximas elecciones y el otro exige no perder de vista los principios y las metas prometidas. Al final, difícilmente las cuerdas convergen.
Esto ocurre porque efectivamente hay dos realidades con intereses diferentes. El que está en la cuerda floja administra, gobierna y prepara la próxima elección. El que tiene los pies en la tierra espera o milita, y tiene su corazón en las promesas. Uno cuida su pisada, concentrado en el próximo paso. El otro mira las metas y no se preocupa por los pasos en falso.
EL DILEMA DE LAS DOS ÉTICAS
Decía Max Weber que en política existe una ética de principios que mueve a manifestar, exigir y luchar por nuestras convicciones. José Mujica a menudo evocaba estas cosas. «Luchar por tus convicciones sale tanto de la razón como del corazón. Puede darle sentido a una vida», decía. Simultáneamente, existe una ética de responsabilidad que guía a quienes ejercen cargos de gobierno. Estos deben tomar en cuenta las opiniones y las presiones de otras fuerzas y las consecuencias que pueden tener las decisiones sobre el interés del país a corto o largo plazo. Están exigidos por la racionalidad. Frente a las mismas circunstancias actúan de forma diferente. ¿Es posible salir del dilema?
Hay situaciones en las que la emoción popular es grande y las consecuencias de las decisiones pueden ser graves. La militancia pide acción y firmeza, los gobernantes buscan disminuir los riesgos y el costo de sus decisiones. El «dilema entre principios y responsabilidad» permanece. A todo ello se suma el hecho de que el adversario local es consciente del dilema y busca aumentar las contradicciones.
En teoría, el movimiento popular debe estar orientado tanto por los principios como por la responsabilidad. Eso debe ser explícito y transparente. La pedagogía, la reflexión estratégica y el diálogo permanente son indispensables.
En la práctica, el elemento más perturbador de este diálogo es la inclinación (consciente o inconsciente) de quien gobierna a una extrema prudencia o a darles mucho peso a los objetivos electoralistas o bien a intereses estratégicos del país, mientras que los militantes no valoran suficientemente las consecuencias y los costos que puede acarrear un «principismo» sin reflexión.
ZAPATERO A TUS ZAPATOS
El dilema tiende a superarse si cada cual hace lo suyo actuando con todo su potencial dentro de la ética correspondiente.
Creo que existe un camino en la transformación de lo que aquí llamamos público en pueblo en movimiento. Haciendo que alguna meta fuertemente sentida por gran parte de la población sea tomada por un movimiento popular no orgánico, nacido de las redes, de las reuniones en los barrios, con un solo objetivo: hacer un Uruguay mejor, pisando firme, sin los problemas de la cuerda floja. De abajo hacia arriba. Con espontaneidad, entusiasmo, esperanza. No se trata de dejar el programa de gobierno a cargo del pueblo. Se trata de que el pueblo tome en sus manos alguna meta, se organice para lograrlo y marche con los pies en la tierra, cambiando en el camino las relaciones entre los dos polos del dilema.
Puede hacerse abriendo espacios en las instituciones para el trabajo voluntario, haciendo recaudaciones para un proyecto particular, creando espacios donde no los hay, partiendo de iniciativas locales. No importa quién los lleve adelante, importa que la meta sea clara, que no nos distraiga la cuerda floja. Hay muchos ejemplos exitosos y con historia en nuestro país. Deben proliferar.
Una sociedad movilizada con objetivos que responden a una alarma social justificada es nuestra mejor certeza frente a un mundo convulsionado.
ALGUNOS DESAFÍOS PRESENTES
1. El multilateralismo es vital para Uruguay. Así lo han entendido todos los gobiernos, excepto las dictaduras. No tenemos recursos de gran valor inmediato ni fuerzas militares. Pertenecer a organismos internacionales permite hacer oír nuestra voz, conocer y hacer amigos, promover intereses nacionales y espacios de cooperación y unidad a nivel regional, estar al día en informaciones relevantes, obtener voluntades y conocimientos útiles para el país. En momentos difíciles son indispensables para no quedar aislados. No en vano el primer lema de los imperios es «divide e impera». Nuestra reputación de seriedad y adhesión a principios democráticos es de las pocas cosas que nos dan un lugar. Si somos capaces de ejercer alguna ayuda en la resolución de conflictos internacionales aumentamos nuestro soft power. La defensa del multilateralismo se hace hoy difícil porque es contraria a los intereses del imperio. Es, sin embargo, una tarea estratégica. Quien nos «integra» a los otros países hermanos es el imperio metiéndonos en la misma bolsa: «Occidente». Todos somos considerados sus súbditos. Es necesario tener claro, como organización política y como gobierno, cuál es el mensaje y cómo se lleva a la práctica, en un escenario en el que hay fuerzas nacionales partidarias de la adhesión explícita a la política imperial.
2. El relato es una necesidad urgente para el movimiento. Es imprescindible explicar el mundo tal cual es y, sobre todo, describir el mundo que deseamos y consideramos posible y necesario. Ese relato debe ser capaz de despertar entusiasmo. Estamos hoy ante la terrible evidencia histórica de la derrota de los movimientos progresistas en nuestra región y más allá. Aquellos que accedieron democráticamente al poder no
han logrado gobernar de manera de producir cambios y entusiasmo suficientes para ser reelegidos o perdurar. Los que lo conquistaron en la lucha no siempre han estado a la altura. No podemos dejar toda la responsabilidad al enemigo. Las fuerzas progresistas y revolucionarias no han dejado suficientes ejemplos exitosos. En el camino se aprende. Toda voluntad de militancia solidaria, local, horizontal hace a nuestra sociedad más fuerte y resiliente. La bifurcación de la cuerda acorta su distancia.
Me hubiera gustado recibir al portaviones imperial con una flotilla solidaria de barquitos de papel –como se hace cada febrero por Iemanjá en la playa Ramírez, a pocos pasos de la embajada de Estados Unidos–, señalando que no somos poderosos, pero somos muchos.
Me gustaría ver nacer en los barrios un plan Jonathan para ayudar a hacer de Uruguay un país de niños felices, con mi modesto 1 por ciento de contribución o de trabajo voluntario.









