Antes de la eliminación, llegó el pico de la euforia. Estaba visto que la policía se reservaba para la protesta, pero no para los eventos masivos que la FIFA convocó, privatizando amplios espacios públicos, como el Zócalo capitalino. En esa lluviosa noche, como lo han sido todas las santas jornadas mundialistas, una solitaria patrulla en la esquina de Donceles y Eje Central, a dos cuadras del campamento de Cuba 11 (véase «Queso ruso», Brecha, 3-VII-26), alertaba desde un altavoz que el aforo estaba saturado y pedía en loop a la gente que se moviera a otra de las pantallas para ser parte del evento. Esta convocatoria dejó en la noche del 30 de junio a más de un millón de personas a merced de su capacidad de sobrevivir avalanchas y todo lo que puede ocurrir en un coliseo popular. Porque...
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