Con la consolidación de apoyos institucionales, como el Hubert Bals de Róterdam, y el nuevo interés de los festivales de cine en territorios poco representados, el cine latinoamericano que amaneció al nuevo milenio no desperdició la oportunidad y congregó a exponentes que formaron, en ese momento, una tendencia. Entre sus varios delegados estaban, y siguen estando, Paz Encina, de Paraguay, Lisandro Alonso, de Argentina, y, de este lado del charco, Pablo Stoll y quien fuera su socio creativo, Juan Pablo Rebella. Se trata de cineastas cuya poética orbitó fuera de la agitación política del cine militante del siglo pasado y se inclinó, en su lugar, por cierta forma de intimismo –la política entraba, pero de forma indirecta– que echaba mano de una narrativa de lo mínimo. Con Temporada de patos ...
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