El marinero que perdió la gracia del mar - Semanario Brecha
Un plan perfecto, el nuevo disco de Mandrake y Los Druidas

El marinero que perdió la gracia del mar

Entre buques y naufragios, nubes de gorriones, campanarios repicando y chusmerío de zaguán, discurren las 13 canciones que componen Un plan perfecto, el cuarto disco de estudio de Mandrake y Los Druidas, que acaba de salir por Little Butterfly Records. Ya está en camino, además, una edición en vinilo. La presentación del disco será el próximo 9 de octubre en La Trastienda.

Mandrake y los Druidas junto a Nego Haedo. Difusión, Santiago Rovella.

Alberto Wolf lleva más de 40 años escribiendo canciones, un repertorio singularísimo donde lo colosal cabe sin esfuerzo en lo doméstico, y lo doméstico se va engrosando hasta conseguir la estatura del mito. Y este nuevo disco no rompe esa regla. Abre con una frase de resignación de vocación casi cósmica –«hace miles y millones de años que el mundo es lo que es, se mueve y pasa y por lo general está todo okey»– y termina despidiendo a un pescador que Wolf conoció en la arena de El Polonio. En el medio, un pacto con el diablo o un buque ballenero hundido frente a la rambla Sur.

La poesía de Wolf nunca necesitó ampararse en la metáfora esquiva y más bien prefiere ir a la caza de lo concreto –el nombre propio o la anécdota sencilla–, aquello que ya viene con carga metafórica dentro. En «Un asunto», por ejemplo, tema en el que viene escondido el título del álbum (y que nace a partir de una joda que le hizo a su hijo, cuando amenazó con anotarlo en una iglesia pentecostal), Wolf recibe un llamado y, al atender, al otro lado alguien dice: «Tenemos un plan perfecto para ti». El diablo comparece sin la tensión trágica del cruce de caminos de un Robert Johnson y se acomoda sobre un rasgueo de guitarras que coquetea con el funk y bajo el swing característico del género, es decir, filoso pero con un groove latente. Son acordes que se van abriendo, relajados, acompañados por unos coros que por momentos suenan casi espectrales y recuerdan un poco a las arquitecturas sonoras que arma Warren Ellis para Nick Cave en las versiones en vivo de «The Ship Song».

«El bien no significa mucho si no existe el mal», suelta en ese mismo track, dejando picando una idea que reaparece en distintas capas a lo largo de su repertorio. Pasa también en «Pepper», la canción dedicada al saxofonista homónimo, y en donde entona: «Morir, nadie sabe nada, nada de morir; nacer, nadie sabe nada, nada de nacer».

La curiosidad por las vidas ajenas convive con otra búsqueda, esta más literaria: durante una charla reciente en el programa Galgomundo, Wolf habló de su fascinación por Yukio Mishima y de cómo en el autor japonés encontró una manera de describir los objetos que no había conocido antes. Y algo de ello se deja ver en este trabajo, en la precisión casi quirúrgica para armar las escenas y en el gusto por arrimar la cámara bien cerca de las cosas en lugar de opinar sobre ellas.

La excepción a esa costumbre aparece en la sexta canción, «En el fondo forestal del día», que toma prestada la letra entera de un poema publicado en los años cuarenta por el venezolano Vicente Gerbasi. Es la primera vez que Wolf le pone música a un texto ajeno en el historial de Los Druidas, y la elección tiene todo el sentido del mundo: Gerbasi escribía sobre arañas que tejen estrellas en la penumbra o sobre el olor sideral de la flor del café. Es decir, comparten una parecida vocación por el detalle y lo mínimo estallando en forma de imagen.

El primer adelanto del álbum, «Calpean Star», da buena cuenta de cómo respira el resto del material: una canción que nació –según contó en entrevista con La Diaria– de la forma más casual posible, con el algoritmo de Spotify tirándole «The Wreck of the Edmund Fitzgerald» –aquella balada de Gordon Lightfoot sobre un carguero hundido en el lago Superior– mientras Wolf limpiaba la casa un mediodía. Se puso a pensar entonces en los barcos naufragados en nuestras costas y en cómo le volvió al cuerpo ese día el recuerdo de una tarde –andaba por sus 15 años–, cuando salió a pescar en chalana y merodeó los fierros viejos del Calpean Star, que por aquel tiempo todavía asomaban en el agua de la rambla Sur. La canción va narrando la explosión que sacó de la cama a los vecinos de la Ciudad Vieja, el incendio en las calderas, las semanas en que la playa Ramírez quedó tapada de carne podrida de ballena. Más allá de la estampa trágica, Wolf actúa como un archivista sentimental de la ciudad, uno que rescata la memoria marítima y obrera de la Montevideo de los sesenta, caso de la de aquel buque frigorífico que terminó siendo parte de la mitología popular de la rambla.

BUEN VIAJE, CAPITÁN

Ese universo de la pesca, del mar, de su calma y su hostilidad regresa sobre el final con «Buen viaje, capitán», un tema dedicado a Óscar, el pescador del Polonio ya referido. Uno que a su vez trabajaba en la parada de los jeeps en la entrada al balneario y al que Mandrake escuchó siempre con mucha atención: entre charla y charla, el hombre le fue enseñando los secretos del oficio. Tiempo después, el músico se enteró por el informativo que la embarcación de Óscar se había perdido en el mar, y la noticia lo conmovió al punto que tuvo que dejar de hacer sus cosas para sentarse a escribir este adiós.

Un plan perfecto, de Mandrake Wolf y los Druidas. Little Butterfly Records, Montevideo, 2026.

Walter Nego Haedo aparece como el primer invitado formal en la discografía de la banda y aporta sus congas en cinco temas («Un asunto», «Viejos», «Pepper», «La puerta cancel» y «Buen viaje, capitán»). Haedo es un percusionista curtido en las Llamadas del carnaval –a quien Eduardo Mateo descubrió en su momento–, por lo que la genealogía musical se acomoda sola y perfecta, ya que Mandrake considera a Mateo como el más grande de todos los tiempos. Así, Mateo apadrinó en su momento a Haedo y ahora Haedo se sienta a tocar con Mandrake.

Su golpe se siente claro en «La puerta cancel», un tema que arranca despojado, la guitarra siendo golpeada mientras las cuerdas se mantienen muteadas, y una percusión juguetona que acompaña muy bien a una letra que habla de curiosear sin permiso una casa ajena. Los instrumentos se van sumando para abrazar imágenes cada vez más minuciosas, esas rejas de hierro con guardas caladas que todavía resisten en los zaguanes viejos de la ciudad.

El álbum se registró tocando en vivo en el estudio Mastodonte, entre febrero y marzo de este año, dejando para después las voces y algún ajuste de teclados y slide en el estudio El Templo, bajo la producción artística de Ignacio Echeverría, bajista del grupo. Grabar en vivo es lo que Mandrake prefiere ahora. La grabación pista por pista –es decir, primero la batería, luego el bajo, y así– con que grabó con Los Terapeutas ya no le convence: entiende que de esa forma se pierde el alma, ese pathos que al grabar en vivo pisa con pulso firme.

A diez años de los primeros ensayos de Los Druidas, la formación que completan Federico Anastasiadis en batería e Ignacio Iturria en guitarra, mantiene una vitalidad envidiable. Alberto Wolf sigue estando dispuesto a pactar con lo bueno y lo malo de todas las cosas, solo que ahora lo hace frente a testigos, caso de ese barco hundido que custodia la escena desde el fondo del río.

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