Bajo la cruz - Brecha digital
Un caso de abuso en Salto

Bajo la cruz

Damián Cano tenía 11 o 12 años. No lo recuerda muy bien. Lo que sí recuerda es que le cambió la vida para siempre. Pasó de monaguillo a sobreviviente en menos de 24 horas. Y aprendió que un cajón con ropa interior podía significar avales que fueron la antesala de una noche de caza, en 1993.

Parroquia Sagrado Corazón de Jesús, barrio Cerro de Salto Andrés Ferreira

En esos años, un párroco logró crear un espacio abierto a la comunidad dentro de la parroquia del Sagrado Corazón de Jesús de la ciudad de Salto. Se transformó en uno de los pocos focos culturales disponibles para las infancias, donde se impulsaron tanto reflexiones ecuménicas como asados, guitarreadas y actividades extraeclesiásticas. Sirvió de abrigo para varias generaciones de niños que la frecuentaban, entre ellos, monaguillos. Para sus padres, representó una solución. La mayoría de ellos trabajaba varias horas fuera de casa y residía en el barrio donde se ubica la parroquia, el barrio del Cerro.

Los padres de Damián no eran la excepción, aunque sí lo eran respecto al vínculo con la parroquia. El abuelo de Damián había venido escapando de la guerra civil española con la bandera de la anarquía bajo el brazo. Su padre no entraba a las iglesias por disciplina partidaria, aunque sí esperaba a Damián en la puerta. Y su madre participaba de algunas de las actividades que ofrecía la parroquia, pero no comulgaba. Sin embargo, al igual que a su hermano mayor, le permitieron tomar la comunión, confirmarse y ser parte del movimiento Scout de Salto, mientras supervisaban palmo a palmo cada una de sus actividades. Incluyendo al párroco.

En ese entonces, según una fuente reservada, el religioso manifestaba gran cercanía a la corriente conocida como teología de la liberación. Y esa estrategia pavimentó el camino de entrada del sacerdote a la mesa de los Cano a la hora de la cena en forma regular. Sin embargo, fuentes cercanas al religioso hicieron saber a Brecha que el cura era, en realidad, profundamente conservador y estaba muy lejos de cualquier concepción progresista.

Un día luego de la misa, Damián recibió la invitación a ser parte de un selecto grupo de monaguillos que asistía al religioso en misas fuera de Salto. Con el pecho lleno de orgullo, les transmitió a sus padres la buena nueva, quienes declinaron autorizarlo. En esos días hubo cena en lo de los Cano y llegó el salvoconducto; el párroco convenció finalmente a sus padres de dejarlo vestir la túnica en Villa Constitución. Ese fin de semana, la ruta que lleva de Salto al poblado de Constitución fue la única testigo de repetidas preguntas del párroco al niño, que pidieron saber sobre la promesa de castidad mientras dos manos adultas tocaban sus genitales. Las del vicario.

LA CÓMODA

Damián estaba aturdido al bajar del auto. Y lo estaría durante varios meses después, cuando, por cualquier motivo, sonaba el teléfono o el timbre en la puerta de su casa del barrio del Cerro. En ese momento, al salir del auto sintió que todo estaba doblemente mal, sin saber explicárselo de otra forma. La atmósfera densa que albergó el auto se extendió en una sombra interminable desde el vehículo hacia cualquier dirección que eligiesen sus pasos.

Una vez dentro de la vivienda, cenaron sin exabruptos hasta que llegó la hora de dormir. Solamente existía una habitación disponible con dos camas simples. Damián vistió su pijama, al igual que el párroco. Cuando se disponía a sentarse en la cama, el vicario le dijo que quería mostrarle un juego. Abrió el cajón de una cómoda y le mostró varios calzoncillos que, según le dijo, pertenecían a otros niños que ya habían jugado a ese juego con él y que, por lo tanto, ese juego no tenía nada de malo. Damián quedó paralizado. El cura comenzó a hablarle en tono jocoso sobre el tamaño de los penes, diciéndole que era muy divertido medirlos juntos. En ese punto de las cosas, Damián, de algún modo, se dio cuenta de que no tenía opción de zafarse de la trampa.

Lo siguiente que recuerda es meterse en la cama y sentir el peso de todo el cuerpo del párroco sobre él. La dificultad para respirar y los ojos cerrados le permitieron, aun así, mantenerse despierto y distinguir que en ningún momento el vicario logró introducir su pene en ninguna parte de su cuerpo. No recuerda cuánto tiempo estuvo debajo del párroco porque perdió la noción del día, de la noche o de dónde estaba. Sí registró que, en algún momento, el religioso se tumbó de lado y que al despertar al día siguiente le preguntó cómo había dormido. Le dijo, además, que todo aquello había sido solo un sueño. Por lo tanto, según le dijo a Damián, no había nada que contar ni que decir, era hora de desayunar y de vestir la túnica de monaguillo para ir a dar la misa a Villa Constitución.

DESPUÉS DE MISA Y CONFESIÓN

La misa transcurrió con normalidad, aunque Damián temblaba bajo la túnica, todavía aturdido. Luego de terminada la ceremonia, almorzaron y salieron de regreso a Salto. Durante el viaje, aún dentro de la sombra sórdida que bajó del vehículo del párroco con él, revivió una sensación de exclusión que traía desde antes de la cómoda. En repetidas ocasiones, varios niños le habían hecho notar que mostraba gestos «afeminados», y saberse diferente del resto engrosó el peso de la carga.

Al llegar finalmente a su casa, sintió que todo estaba doblemente mal. Por esa certeza de creerse doblemente en falta, silenció su desolación sin compartirla con sus padres. Durante un período que pudieron ser meses o años, Damián corrió a esconderse del sonido del teléfono o la campana del timbre de su casa para escapar de la sombra de aquella cruz.

Mucho tiempo después, ya adolescente, logró contarles a sus amigos de la parroquia lo sucedido. El cura de los niños, como se lo conoce en Salto, el cura de la cómoda, como lo conocían varios niños, había dejado la ciudad y Damián nunca más volvería a saber de él hasta 2014.

En 2002 Damián dejó Salto para irse a vivir a España y sin saber por qué comenzó a estudiar asistencia social. Hoy tiene 40 años y vive en Barcelona, y hace 20 trabaja con entidades vinculadas al gobierno en torno a minorías víctimas de violencia. Actualmente, es parte de una entidad que coordina centros de acogida a mujeres que padecen adicciones, abusos o violencias de algún tipo junto a sus hijos.1 Hoy sabe que aquella cómoda estaba llena de trofeos de abusos, pero a los 11 o 12 años no sabía decirlo así. William Gadea falleció en 2014 celebrado por un pueblo y por una institución que llenó de flores a un depredador, a un vicario que dejó en varios niños la sombra turbia y pesada que Damián ese día logró empezar a enterrar junto a un ciclo que lleva más de 20 años, desde que dejó Salto para irse a Barcelona.

Brecha consultó al monseñor Arturo Fajardo, presidente de la Conferencia Episcopal del Uruguay (CEU), para saber cuántos sacerdotes, religiosos y religiosas de la Iglesia católica cursaron la formación en prevención de abuso sexual y violencias a las infancias, anunciada a mediados de diciembre de 2021 por el cardenal Daniel Sturla. Fajardo estimó que unas 500 personas interesadas participaron en tres instancias de entre 40 minutos y dos horas cada una (según el nivel), vía Zoom o en forma presencial, y obtuvieron el certificado en 2021. Según informó a Brecha el equipo organizador del curso dependiente de la CEU, de mayo a noviembre de 2021, 279 sacerdotes, religiosas y religiosos obtuvieron el certificado, pero no se decantan de esta cifra cuántas iglesias y parroquias estuvieron representadas, su localización geográfica o qué porcentaje de los formados está activo. Según la web de mapeo de la sociedad civil, funcionan 300 iglesias y parroquias de la Iglesia en todo el Uruguay. Si bien la certificación es obligatoria, se desconoce si la Iglesia prevé sanción para quien carezca del certificado. Por su parte, la oficina de prensa de la CEU estima una duración total de tres años para esta instrucción, que podría contemplar a 450 sacerdotes, religiosas y religiosos en Uruguay.

Julio César Boffano renunció a los hábitos de sacerdote jesuita dentro de la Iglesia católica. Es licenciado en comunicación y experto en comunicación organizacional, egresado de la Universidad Católica del Uruguay. Ser parte de la Compañía de Jesús en Roma lo llevó a un viaje del que solo saldría luego de asumirse como sobreviviente de diversos episodios de abuso durante su período de formación en el corazón del Vaticano, en 2004. Luego de publicar un libro en setiembre de 2021 en el que relata su experiencia en este sentido (Conocerme me hizo libre),2 gestiona una fundación creada para captar todo tipo de abusos, incluyendo abusos espirituales, dentro de instituciones eclesiásticas. La organización no gubernamental se llama Resurgemus y está abierta a la comunidad de sobrevivientes de abusos en cualquier circunstancia o ámbito, dentro o fuera de Uruguay.

1. https://elpatiodeariadna.wordpress.com/

2. Véase «Si dios quiere», Brecha, 5-II-21, y «No dejo que mis hijos entren a una iglesia», de la misma fecha.

Artículos relacionados

La diócesis de Salto y el caso denunciado

Treinta años después

Sociedad Suscriptores
Las falencias periodísticas a la hora de informar

En el ojo de la tormenta

Sobre las contradicciones entre los derechos de las mujeres y la libertad de prensa

Se presume inocente

Sociedad Suscriptores
Reacción de la Iglesia a la condena de un cura por abuso sexual

El discurso obligado