Bullrich, peldaño a peldaño - Semanario Brecha
Con el periodista argentino Ricardo Ragendorfer

Bullrich, peldaño a peldaño

En 2019 Ragendorfer1 publicó una biografía de Patricia Bullrich, Patricia. De la lucha armada a la seguridad, que vuelve a ser de lectura obligada tras el triunfo de la expresidenta del PRO en la interna de la coalición opositora Juntos por el Cambio.

Patricia Bullrich, el 7 de agosto, en Buenos Aires. AFP, JUAN MABROMATA

—¿Cómo explicás la evolución de Bullrich de Montoneros, en los años setenta y primeros ochenta, al macrismo?

—No es raro que alguien pase, a lo largo del tiempo, de la derecha a la izquierda, o de la extrema izquierda a la extrema derecha, o viceversa. Hay multitud de ejemplos de tránsitos de ese tipo. Pero lo que es infrecuente es que esa travesía se haga a través de peldaños. Siempre defino lo de ella como una sustitución continua de lealtades. Cada uno de esos peldaños significaba el reemplazo de una lealtad anterior. Bullrich siempre apareció como ladera del ganador de turno: cuando se incorpora a Montoneros, es ladera de uno de los mayores referentes de la organización en los setenta, Rodolfo Galimberti; más tarde, tiempo después de regresar del exilio, se vincula con Antonio Cafiero, el líder del llamado «sector renovador» del Partido Justicialista, del peronismo; cuando Cafiero es derrotado en la interna por Carlos Menem, se hace menemista y es ladera del ministro de Economía, el ultraliberal Domingo Cavallo y, luego, de Ricardo López Murphy, ministro de Economía de la Alianza cuando Fernando de la Rúa asume la presidencia. Quiere volcarse hacia el kirchnerismo cuando cae la Alianza, pero Néstor Kirchner la ignora y ahí se relaciona brevemente con un bizarro personaje de la ultraderecha para luego hacerlo con una política que estaba de moda, Elisa Carrió, que venía de la Unión Cívica Radical y había creado la Coalición Cívica. Finalmente recala en el macrismo, primero como diputada y luego como ministra de Seguridad de Mauricio Macri cuando este asume la presidencia, en diciembre de 2015. Hay una constante en su carrera política: su alquimismo, su ambición de poder, su falta absoluta de escrúpulos, su condición de operadora, de ariete de sus jefes del momento, con la dureza propia de los conversos en cada ocasión. La novedad ahora es que por primera vez se lanza sola y se siente ella la ganadora de turno.

—Comencemos por el inicio de su actividad política en Montoneros.

—Primero se incorporó, en los setenta, a la Juventud Peronista [JP], el frente de masas juvenil de Montoneros, para después pasar al aparato militar, no precisamente por sus aptitudes para la tarea, sino porque tras la muerte del general Perón, en 1974, Montoneros había definido una política llamada de «doble encuadramiento», a partir de la cual los militantes empiezan a asumir tareas en el frente de masas y en el aparato militar al mismo tiempo, según su capacidad. Ella no fue un cuadro militar ni nada por el estilo, pero participó de una manera muy módica en algunos operativos.

A raíz de que era la hermana de la pareja de Rodolfo Galimberti, Julieta [que murió en 1983 en París, donde estaba exiliada, en un accidente], se decía entonces en joda en Montoneros que su grado era de «cuñada primera».

Cuento en el libro un hecho que se mantuvo oculto hasta ese momento, que tiene que ver con uno de los principales operativos de Montoneros, el secuestro de los hermanos Jorge y Juan Born, en 1975, ejecutado por Galimberti. Previo al operativo, a ella la mandan a monitorear la densidad del tránsito de la avenida Libertador, donde tenían que pasar el coche de los hermanos Born y el coche de la custodia. Como todo estaba compartimentado, ella probablemente no sabía la finalidad del encargo. Dos días después se produce el secuestro, tiroteo de por medio en el que mueren el chofer de los hermanos Born y el acompañante de Jorge, un hombre que luego fue identificado como Alberto Bosch, un gerente de Molinos del Río de la Plata que esa mañana tuvo la mala suerte de ir a desayunar con Jorge Born a la sede corporativa del grupo y que no debía estar allí. Cuando por la tarde Patricia ve la foto de ese empresario en el diario Crónica, queda azorada: «Mataron al tío Alberto», dijo.

—Es una mujer de prosapia.

—Para el libro trabajé con un árbol genealógico al lado. Patricia proviene de la oligarquía: los Luro, los Pueyrredón. El primer Bullrich en llegar a Argentina, August, fue un aventurero alemán, un buscavidas, alguien a quien hoy llamaríamos un emprendedor, cuyo hijo le da cierto linaje al apellido. Patricia tiene también parentesco con Julio Argentino Roca, el general que condujo la campaña del desierto de exterminio de los indígenas en la década de 1870. Es curioso que siglo y medio después de esa masacre ella aparezca vinculada a la represión a los mapuches en el sur del país y que los haya convertido en una suerte de enemigo interno, como su ilustre antepasado.

—Cuando el golpe de marzo de 1976, Bullrich se exilia en México y luego en España.

—Antes de irse de Argentina participó en un último operativo militar, dejando un artefacto explosivo en el domicilio del intendente de facto de San Isidro. Iba a participar también en una acción contra un empresario de la compañía Sudamtex [la textil ubicada en Uruguay que también tenía fábricas en la provincia de Buenos Aires]. El operativo estaba cantado por algún delator, y cuando ella baja del colectivo advierte un montón de Falcon verdes, los autos emblemáticos de los servicios en la época, y se retira. Los cuatro militantes de Montoneros que iban a intervenir en el operativo terminan acribillados.

Después revolotea en el exilio y al regreso se vincula a la Juventud Peronista Unificada, una versión muy moderada de la vieja JP que crea el sinuoso Galimberti, al que posteriormente secunda en su reconciliación con Jorge Born y en general con los represores de la dictadura. Ella juega un papel importante en todo ese espanto de pactos y entreveros entre antiguos enemigos, y se relaciona con grandes empresarios que habían apoyado a la dictadura y luego apoyarían al menemismo.

Hay otro episodio que la muestra de cuerpo entero: cuando era diputada menemista, estalla un escándalo de coimas en el que ella exagera su indignación y proclama en el Congreso que no había llegado a la cámara «para hacer negocios». Fue tal su sobreactuación que un compañero de bancada, Eduardo Varela Cid, le dice entonces: «Mirá, nena, tu negocio es la acumulación de poder». El propio Menem, hablando de ella, llega a afirmar en un momento: «Esta chica es de morderle la mano a quien le da de comer». Así es Patricia Bullrich.

—Sus primeros cargos de gobierno llegan con el gobierno de la Alianza.

—Como ministra de Trabajo de De la Rúa. De aquella época se la recuerda sobre todo por el ajuste de 13 por ciento que hizo sobre los ingresos de los pobres jubilados. Años después, en 2015, asume como ministra de Seguridad de Macri. Otro horror.

—Decís en tu libro que fue «el garrote del régimen».

—Sí, y la persona ideal para ocupar ese puesto: por su total incompetencia y por su absoluta falta de escrúpulos, puntos que calzan perfectamente con el macrismo. Yo me fijo mucho en las gestualidades y ella, ya desde entonces, en sus momentos de exposición pública aparece con los dientes apretados, los labios inmóviles, una mirada muy rara, esquiva. Es muy interesante su manera fálica de mover las manos.

Durante su gestión se producen los asesinatos de Santiago Maldonado, en 2017, luego de un corte de ruta en la provincia de Chubut, en el sur argentino, y de Rafael Nahuel, un joven mapuche, los dos en 2017. Y antes, en su debut, hay otro hecho notable: su respaldo a la represión que el gobernador de Jujuy, Gerardo Morales, desató contra el Movimiento Túpac Amaru, liderado por Milagro Sala, que estaba acampando frente a la casa de gobierno de la provincia. Morales le pidió a Bullrich que le mandara fuerzas de seguridad para reprimir a los indígenas, que al parecer le afeaban el paisaje. «Ya mismo me ocupo, señor gobernador», fue su respuesta. Y de inmediato despachó a Jujuy un contingente de gendarmes. Uno de los tres ómnibus en que iban desbarrancó en Salta y 43 gendarmes murieron. En el entierro, el jefe saliente de Gendarmería le dijo a su sucesor: «—Cuídese de esa señora, por favor. —¿Por qué? —Porque es yeta». Es otra de las características salientes de Patricia: ser yeta.

—¿Cuál es su relación con los servicios de inteligencia?

—Vidriosa. Desde los últimos tiempos de la gestión de Cristina Fernández los servicios han sido afines al macrismo, y durante el macrismo llevaban a cabo una operación tras otra. Hacían operaciones de prensa, políticas, amenazaban personas, pero su relación era con Macri, no con Bullrich. Simulaban una subordinación hacia ella, cuando en realidad no se subordinan a ninguna autoridad política, porque se autofinancian y por tanto se autogobiernan.

Una de las grandes deudas que el Estado de derecho tiene con su propia historia desde el fin de la dictadura es la democratización de las fuerzas de seguridad. Los servicios de inteligencia se fueron depurando por la biología, pero sus sucesivos directores han tenido la misma matriz. Hasta el macrismo, la política de los gobiernos consistió en tratar de aminorar la sensación térmica de la inseguridad. La del macrismo estuvo centrada, en cambio, en la represión política, en la criminalización de la protesta, en el punitivismo penal y en el control del espacio público. Y en eso han coincidido todos en Juntos por el Cambio. En 2017, el jefe de gobierno porteño, Horacio Rodríguez Larreta, crea en Buenos Aires la Policía Municipal, una fusión entre el aparato capitalino de la Policía Federal y la Policía Metropolitana, una pequeña milicia que había creado Macri cuando era intendente. Esta Policía de la ciudad, a diferencia de las otras del resto del país, es una Policía directamente partidaria, una mazorca macrista. La concepción de Bullrich no es muy distinta.

—Insistís en tu libro en su incapacidad, en su «supina ignorancia».

—Es tremenda, y la exhibe todo el tiempo. Recientemente lo hizo cuando dijo que al llegar a la presidencia iba a entrar al edificio del Banco Central para mostrar que las arcas estaban vacías. Y otras burradas así, que muestran que no sabe nada de economía a pesar de que hable y hable de esos temas en la televisión. Los señores de la Sociedad Rural la escucharon con espanto hablar hace un mes de asuntos económicos, y lo mismo les pasó a los Vargas Llosa, padre e hijo, cuando la invitaron a un encuentro en Argentina de la Fundación para la Libertad [uno de los think tanks de la Red Atlas (véase «Red Atlas en América Latina. La internacional ultracapitalista», Brecha, 18-VI-21)] y se miraban el uno al otro cuando la oyeron decir incoherencias y disparates.

Es inquietante que alguien tan bruta pueda ser presidenta. Ya hubo presidentes brutos en Argentina, pero esta es imbatible. Tiene un doctorado en Ciencias Políticas, que obtuvo vaya uno a saber en qué condiciones, tal vez en las mismas en que se habría recibido de ingeniero Juan Carlos Blumberg [un empresario defensor de la mano dura que dijo haberse recibido de ingeniero en una universidad alemana inexistente]. Habría que investigarlo.

Macri pudo ganar las elecciones con dos recursos bastante eficaces en su momento: el lawfare –la guerra judicial, una alianza entre los servicios de inteligencia, los medios hegemónicos y la Justicia– y el maquillaje que le puso Jaime Durán Barba, un asesor de imagen ecuatoriano que era un gran titiritero. Durán Barba tocó con su varita a Macri, pero a Bullrich esa magia no le llegó.

Hay otro tema enormemente preocupante: la derechización que estamos viviendo. La aparición en la escena política de Javier Milei volcó todos los discursos hacia la derecha, en un contexto global que favorece esa evolución. El mundo se ha convertido en una enorme República de Weimar. Hoy se está en un momento similar a aquel, previo al triunfo del nazismo, y en Argentina se está gestando una versión caricaturesca, desmejorada, de ese período. El corrimiento a la derecha es tremendo y lo ilustra el desparpajo con el que todos los representantes de ese campo hablan. Fijate vos que cuando Menem asumió debió ocultar sus verdaderos propósitos. En su campaña hablaba de «revolución productiva», de «salariazo». Hizo todo lo contrario. Tiempo después admitió que si hubiera hablado claramente de su programa, nadie lo hubiera votado. Hoy Milei, Macri, Bullrich no se esconden: dicen, sin pudor alguno, sin que se les mueva un solo músculo del rostro, las barbaridades que se proponen hacer y lo más sorprendente es que se las lanzan en la cara, pidiéndoles el voto, a quienes van a ser sus futuras víctimas.

—No es raro ver en Buenos Aires a los pibes de los delivery con calcomanías de Milei en sus motos o sus bicicletas.

—Deben creer que si este tipo es presidente, ellos van a empezar a ganar en dólares… Es una circunstancia que no solamente debe interpretarse desde la óptica de la política, sino de la psiquiatría. Tiene algo de síndrome de Estocolmo: los más pobres van a estar entre las primeras víctimas de esta gente, van a quedar totalmente al descubierto, sin protección de ningún tipo, pero es ahí que Milei o Bullrich captan buena parte de su voto con un discurso similar de orden, recortes, Estado mínimo.

—¿Compiten por el mismo electorado?

—En cierto punto, sí, aunque tengan otras propuestas que los diferencien, en lo económico, y Milei englobe en la «casta» también a buena parte de Juntos por el Cambio. De aquí a octubre va a haber una competencia entre los dos, como ya la hubo antes de las PASO, un período en el que se dijeron de todo y se hicieron zancadillas mutuas. Si Sergio Massa llegara a pasar al balotaje en octubre contra uno de ellos, habrá que ver cómo se posiciona el otro. No me animo a predecirlo. Si pudiera hacerlo, me dedicaría a la carrera de caballos en vez de al periodismo. Capaz que dentro de una semana a Milei le salta algún escándalo, alguna acusación de pedofilia, por ejemplo, o algo similar. Es muy posible.

—Además de a ese tercio del electorado que se abstuvo, todos, desde Massa hasta Milei, pasando por Bullrich, se van a disputar los votos que fueron a Rodríguez Larreta el domingo pasado.

—Están en eso, aunque en estos días Milei dijo en una entrevista en televisión que él no va a «tirar el anzuelo en esa pecera», porque cree que los votantes de Larreta tienen más afinidad con Massa que con él, cosa de la que yo dudo.

—En una nota reciente2 decías que en Juntos por el Cambio no hay «halcones» y «palomas», y que más que de un eufemismo avícola habría que hablar de hienas y serpientes para separar las tendencias. Recordabas que esa distinción se usó también para evocar la interna de la dictadura y que entre las palomas se ubicaba nada menos que a Jorge Rafael Videla.

—Es así. ¿Quiénes son hoy los halcones, quiénes las palomas, quiénes los «tibios», quiénes los «duros»? Gerardo Morales, el gobernador de Jujuy, una supuesta paloma, precandidato a vicepresidente en la interna de Juntos por el Cambio acompañando a Rodríguez Larreta, otra paloma, dijo que en cuanto a mano dura no le da la derecha a nadie. Bajo su mando, Jujuy ha sido el laboratorio del lawfare en Argentina. Rodríguez Larreta, supuesto principal referente de las palomas, está rodeado de gente presentada como halcones, al igual que en la lista de Bullrich iban también palomas. Son intercambiables, como lo demostraron Bullrich y Morales cuando coincidieron en la represión en Jujuy. Sobreactúan sus roles, pero comparten valores. Hablar de serpientes y hienas es más adecuado porque ambos son letales, aunque te maten de manera distinta. La serpiente es más sigilosa, más silenciosa que la hiena. Solo en eso se diferencian. Compiten por presentarse como el mejor candidato del orden. Igual que Milei.

1. Autor de varias investigaciones sobre las fuerzas represivas y los servicios de inteligencia argentinos, entre otros, La Bonaerense, La secta del gatillo, Los doblados, El otoño de los genocidas.

2. «Hienas y serpientes: génesis del autoritarismo que rige Jujuy», Tiempo Argentino, 18-VI-23.

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