No es que Brasil esté ausente de la ceremonia del hombrecito dorado. Pero la gloria suele ignorarnos. El portugués sufre de una rara ausencia, como si fuera una gran isla, a la que evitamos decir continente: un idioma hablado por más de 260 millones de personas, pero con menor circulación en el mercado cultural global. En premios en los que la lengua también pesa como raíz profunda de una cultura, los lusófonos solemos quedar en el lugar de los perdedores honorables.
Aunque Elizabeth Bishop nos afirme que «el arte de perder nos es difícil de dominar», hay cierta grandeza en el fracaso. Incluso es más interesante estéticamente. El éxito, si se filmara con honestidad, duraría cinco minutos antes de comenzar a aburrirnos. El placer suele ser veloz. Ostra feliz no produce perla, dice el dicho y, si no dice, lo decimos ahora juntos. El fracaso, en cambio, tiene argumento. La austeridad del abismo seduce más que la diafanidad de un cielo azul. El cine prefiere las tormentas, los hundimientos, las invasiones alienígenas. Los cielos azules son gratis o, por lo menos, deberían serlo. Eso es lo que uno puede pensar para justificar las derrotas, molido lector. En Brasil, donde todo se mide por su escala continental, cualquier cachetada se vuelve paliza callejera.
Pero dejemos los puños cerrados y abramos los ojos, que es ventana más ventajosa. Brasil tiene una larga historia con la estatuilla. Estrenamos en 1945, cuando la película estadounidense Brazil llevó la canción «Rio de Janeiro», de Ary Barroso, a competir por mejor canción original. Perdimos.
La historia siguió así: larga, ignorada y campeona en derrotas. O Pagador de Promessas (1963), O Quatrilho (1996), O Que É Isso, Companheiro? (1998) y Central do Brasil (1999) llegaron a Hollywood como mejor película extranjera. Ninguna ganó.
También hubo señales. En 2001, Cidade de Deus fue nominada en cuatro categorías. Perdimos todas. Después llegaron los documentales: O Sal da Terra (2015), sobre el fotógrafo Sebastião Salgado, y Democracia em Vertigem (2020), retrato del reverso político del país de la alegría. Perdimos también.
Luego apareció una especie de acto fallido de la Academia: Ainda Estou Aqui (2025), de Walter Salles, película sobre las ausencias violentas de la dictadura, nos trajo la presencia de la primera victoria.
Este año volvimos con varias nominaciones y una campaña digital que convirtió partes del océano virtual en pleno verano carioca. Pero el bicampeonato no llega tan fácil. Volvimos. La estatuilla no.
Aunque, para ser justos, hubo una vez que sí ganamos y aun así perdimos. Orfeo Negro (1960), basada en la obra de Vinícius de Moraes, protagonizada por actores brasileños y ambientada en Brasil, ganó el Oscar a mejor película extranjera. Pero quien se llevó la estatuilla fue Francia, una de las productoras del filme.
Nos quedó poco. Un poco más de luz y éramos Tom Hanks o Alejandro González Iñárritu. Fue casi.
No pasa nada. Si ganáramos, con todo lo que viene sucediendo en el mundo, sospecharíamos que el apocalipsis está más cerca que nunca. Marcelo Camelo diría en su canción «O vencedor» algo que podría ser un mantra de la resignación: «Quem sempre quer vitória perde a glória de chorar». No lloramos. Porque ahí estuvimos y seguimos acá. La gloria es un detalle.
O casi.








