Celulosa, educación y colonialismo

La apuesta de Finlandia a instalar papeleras en Uruguay, la mercantilización de la educación –desde la mirada de un académico proveniente de un país situado como modelo en la materia– y las políticas del gobierno de derecha finlandés, además del poder político de las trasnacionales, son algunos de los temas que emergieron en la entrevista que Brecha le realizó a Teivo Teivainen durante su visita a Uruguay.

Fotos: Manuela Aldabe

—El gobierno uruguayo anunció la futura firma de un acuerdo de inversión con la empresa finlandesa Upm, para instalar una nueva planta procesadora de celulosa. Siendo finlandés, ¿cómo ves esto?

—La inauguración de la primera papelera finlandesa en Uruguay coincidió con una relocalización de parte de la producción de Finlandia en medio de protestas, por la pérdida de empleos. Al contrario, durante el conflicto entre Argentina y Uruguay por Botnia, la gente en Argentina protestó en contra de la llegada de la papelera. Con esta nueva inversión, parece que Finlandia es casi como una potencia en Uruguay, y para un país chico como el nuestro es llamativo. Los medios en Finlandia me llaman para saber qué va a pasar con esta nueva fábrica. Finlandia ha crecido como país papelero y antes de que hubiera conciencia sobre la contaminación y sus peligros se bromeaba, porque las fábricas de papel huelen mal, diciendo que ese era el olor del dinero, porque daba trabajo. También es cierto que hoy en día la contaminación es menor que entonces.

—¿Qué motivos se dieron, en Finlandia, para deslocalizar esas fábricas?

—El motivo siempre son las ganancias. Pero la mano de obra –y su precio– no juega un rol muy importante en ese tipo de producción. Un factor fundamental es el crecimiento mucho más rápido de los árboles, por las condiciones climáticas. Eso incide mucho en las ganancias. Fui a visitar empresas con capital finlandés al sur de Bahía, en Brasil, donde dicen que crecen todavía más rápido que en Uruguay. Pero además llega un momento en que los viejos lazos que existen entre una empresa y una ciudad, donde ha estado 150 años, patrocinan actividades, y todo el pueblo mantiene algún tipo de vínculo con la empresa. Creo que ese rol sentimental fue otro motivo, menor. Las empresas dependen cada vez más del mercado, entonces, aunque el director de la fábrica piense “somos de aquí y no nos vamos”, los inversores quieren poder decir “aunque se esté ganando bien, ganaremos más allá”.

—¿Por qué Uruguay en particular?

—A la empresa le conviene enfatizar en que el clima es el factor. Yo diría que es un factor. Luego viene el resultado de las negociaciones con el gobierno respecto a las zonas francas, los impuestos y todo eso.

—¿Interviene el gobierno finlandés en eso?

—Estuve con el embajador de Finlandia en Uruguay y lo primero que me dijo fue “nosotros no estamos negociando”. Lo que sí se negoció entre gobiernos fue un acuerdo marco de protección de inversiones. Lo de construir un ferrocarril y todo eso, es entre Uruguay y la empresa. Hasta qué punto, a puerta cerrada, el gobierno finlandés manda señales, eso no se sabe. Además –no hablo en nombre del gobierno de Finlandia– creo que piensan que han descubierto un país latinoamericano (Uruguay) con el que hay cierta cercanía (like-minded country, en inglés), como con Suecia, Islandia, Noruega, Dinamarca, Holanda, países en los que se hace énfasis en la igualdad. Ven a Uruguay como cercano, también por ser un país relativamente pequeño. Entonces los dos gobiernos dicen que tenemos intereses y valores en común, sin mencionar que Finlandia tiene un gobierno de derecha de lo peor.

Por decir fútbol

—¿Qué características tiene ese gobierno?

—Es la derecha tradicional aliada con la derecha racista. Los partidos de gobierno son tres: el partido de derecha tradicional, el partido agrario (que se llama partido de centro), y el partido Finlandeses Verdaderos (que tiene un componente racista y populista fuerte). Pero igual dicen que “tenemos valores en común”.

—Da la impresión de que Finlandia es bueno comunicando y que sabe mantener una buena imagen-país.

—Al parecer nadie sabe que es el único país en Europa donde la derecha racista está en el gobierno. Ese dato no se imprime, la gente cree que es un país socialdemócrata con igualdad. La imagen de país se mantiene similar a la de Suecia, o Noruega. Es cierto que Finlandia tiene buenos resultados en educación, buenos índices en transparencia y baja corrupción, libertad de prensa, lugar de la mujer. En esos ámbitos sí es innegable que hay logros.

—Los sociólogos Fred Block y Peter Evans escribieron en 2007 que América Latina sí logra desarrollo, pero que ese desarrollo es dependiente y basado en una triangulación de poder entre burocracia estatal, empresas trasnacionales y burguesía nacional. ¿Las negociaciones entre Upm y el Estado uruguayo entran en ese marco?

—Sí. Justamente, puse a uno de mis ex alumnos de doctorado, que trabajó sobre Uruguay, en contacto con Peter. Obviamente hay elementos de eso. No sé cómo hubiese sido la situación si la izquierda no hubiese llegado al gobierno en Uruguay justo cuando estaba por lanzarse el proyecto de papelera. Porque para un gobierno que viene de la izquierda es más fácil ejecutar proyectos capitalistas.

—¿Por qué es más fácil?

—Porque el sindicato no molesta, y si es un proyecto capitalista, la burguesía tampoco. Cuando fue Tabaré a Finlandia, que lo acompañara el presidente del Pit-Cnt (Fernando Pereira) fue muy importante. Si en Finlandia alguien cuestiona lo que se está haciendo en Uruguay, le responden que el sindicato está de acuerdo con las inversiones. Dicen que hace falta ver las condiciones, pero la solidaridad sindical, que normalmente vigila las cosas feas que hacen empresas finlandesas en el mundo, ve que su contraparte en Uruguay dice: “bienvenida la inversión”. Es una afirmación contrafactual, que hago sin saber qué hubiera pasado con un gobierno de derecha, pero uno puede imaginar que el movimiento sindical hubiera sido mucho más crítico.

—¿Hay una organización que vigila lo que hacen las empresas finlandesas en el exterior?

—Finlandia es un país muy sindicalizado y hay una organización, el Centro de Solidaridad Sindical, y otra muy importante que se llama FinnWatch, que se ocupan de vigilar a las empresas finlandesas. Con este gobierno, esta última organización no gubernamental perdió casi todo el financiamiento estatal que recibía, porque no quiere que se siga con la vigilancia.

—Uruguay estaba plantado con eucaliptos desde los años noventa. ¿Era posible para el gobierno uruguayo oponerse a una papelera?

—Desde fuera, aunque no conozco tan bien la política nacional como los lectores de Brecha, es notorio que desde los años noventa se hizo una apuesta nacional a nivel legislativo a favor de lo forestal. Si yo comparo con la situación en Brasil, parece que el gobierno uruguayo está más necesitado. El proyecto de desarrollo se basa en esto, no hay mucha alternativa. Creo que para la empresa es más fácil negociar en el contexto uruguayo, porque el gobierno no tiene tantas alternativas como para imponer muchas condiciones. Además en Brasil hay más resistencia local fuerte, en particular del Movimiento de los Trabajadores Sin Tierra (Mst) y otros movimientos rurales.

—¿Dónde está el equilibrio de responsabilidades entre un gobierno y una trasnacional? ¿Quién tiene más poder?

—En la negociación son las dos partes, pero una vez hecha la inversión o el acuerdo de inversión, hay factores como el campo de inversiones. Algunos abogados hablan del “regulatory chill” (enfriamiento reglamentario), que fue lo que intentó aplicar la empresa Philip Morris. Si el Parlamento quiere modificar la legislación que cambia las condiciones de negocio, la empresa amenaza con llevar al país a un proceso judicial trasnacional (ante un tribunal arbitral) muy costoso y eso puede hacer que el Parlamento postergue la reforma. Oficialmente es una decisión soberana de los legisladores, pero limitada por el acuerdo (de protección de las inversiones).

—¿La menor resistencia social respecto a Brasil puede vincularse con el conflicto inicial con Argentina?

—Sí. El colonialismo pintado por los argentinos, con elementos un poco exagerados, según los cuales iban a instalar plantas viejas con la tecnología que en Finlandia no se podía utilizar y que iban a contaminar todo y se iban a morir los niños, es de papel, en ese sentido (véase recuadro). Una de mis hipótesis es que la reacción nacionalista que generó la postura argentina fortaleció la postura de la empresa en Uruguay.

—Se firmó un acuerdo entre Upm y la Universidad Tecnológica (Utec) para la construcción del Instituto Tecnológico Regional (Itr) Suroeste en el predio del ex frigorífico Anglo en Fray Bentos. Upm apoyó la construcción, pero también está previsto que facilite pasantías y profesores. ¿Cómo ves esas mezclas de público y privado, enseñanza y negocios?

—En Fray Bentos también inauguraron la semana pasada la Escuela Finlandia. Es responsabilidad empresarial. Todo esto es entendible sabiendo lo que pasa en Finlandia, va por el lado de la responsabilidad empresarial, la necesidad de mano de obra más calificada, y por el deseo de exportar el modelo de educación finlandés. Esto último es una cosa nueva en Finlandia. Ahí hay una paradoja, porque lo que se conoce como el “milagro finlandés” en educación, no está basado en una educación estandarizada, sino en la creatividad de los profesores como principio fuerte. Pero un producto, para venderlo, tienes que mercantilizarlo (“comodificarlo”, convertirlo en commodity, en bien exportable y vendible), adaptarlo. Ahí sí entra el gobierno que tiene un interés grande en difundir y exportar la educación. Con ese objetivo de rentabilizar y proteger el modelo, las maestrías van a ser pagas a partir de setiembre para los estudiantes que van a Finlandia de fuera de la Unión Europea, aunque los doctorados siguen siendo gratis. Hasta ahora, todo era gratuito para todos. Otra cosa que hacen es instalar colegios. Lo vi en Abu Dhabi, la capital de Emiratos Árabes. Pensando que en 30 años se le termina el petróleo, ese país se propuso armar un buen sistema de educación. Como Finlandia es número uno en los ranking de educación, nos pidieron que lo armáramos. Y eso se hace en varios países.

—En trabajos recientes hablás del impacto de las empresas trasnacionales en países pequeños. ¿Incidir en la educación es un factor?

—Claro. Eso se da tanto en Finlandia, donde el poder empresarial tiene cada vez más impacto sobre la educación, como en la exportación de la educación finlandesa. Es un tema muy polémico, porque buena parte de los universitarios, de los gremios estudiantiles, de la izquierda y los verdes en general, están en contra, mientras que la derecha intenta convertir la educación en producto de exportación y crear intereses empresariales para eso.

—¿Se justifica la admiración que le tenemos a la educación finlandesa?

—Hay elementos que yo destaco del sistema finlandés: los profesores tienen bastante libertad, hay menos exámenes y pruebas, menos tareas domiciliarias. Comienzan más tarde la educación obligatoria, a los 7 años. Los años preescolares son muy relajados, casi no hay tareas, los días son cortos.

—Entonces existe toda una infraestructura de cuidados destinada a la educación inicial.

—Sí. Se están debatiendo reformas para ver si se establece el cuidado gratuito para todos, o no. El gobierno de derecha considera que no, porque cree que es la familia, y la madre, la que debe cuidar a los niños. De momento el sistema de cuidados no es de gratuidad universal, como los colegios, pero sí funcionan sistemas diferenciados de cuidado a bebés y niños de preescolar. Hay un debate también sobre si la madre que se queda mucho en casa se expone a ser marginada en el mercado laboral, sobre si el padre debería estar obligado a asumir una parte de la licencia parental. El padre siempre ha podido pedirla, pero ahora la idea principal es que haya una parte obligatoria y que si el padre no la usa, se pierda y no se pueda transferir. Todos estos temas se están replanteando, porque en el actual gobierno los valores de la familia tradicional tienen más presencia.

—Volviendo a la educación formal: ¿qué reconocimiento tiene el docente finlandés?

—El sueldo es un factor, pero no es excepcionalmente alto. El reconocimiento viene por la libertad y la autonomía del docente a la hora de enseñar. En la mayoría de los casos es un factor de satisfacción, y el profesor es muy reconocido. Los mejores alumnos suelen querer ser profesores, entonces es muy difícil entrar a la carrera. Es meritocrática en ese sentido, porque hay una fuerte y gran competencia.

—¿Qué ocurre en las universidades?

—La derecha racista considera a los académicos como unos hippies a los que hay que dejar de financiar, los del centro están particularmente en contra de la Universidad de Helsinki, porque tienen base agraria y es un partido que en Helsinki sólo saca el 3 por ciento. Después, el partido de derecha tradicional siempre se llamó el “partido de la educación” pero en realidad están bastante a favor de la privatización. No es sólo un deseo de ajustes financieros, sino la voluntad de tener una universidad más receptiva a intereses comerciales.

—El internacionalista argentino Gastón Fulquet escribió en 2015 que desde los años dos mil se ve una redistribución de las capacidades económicas y políticas entre estados que integran el sistema internacional y que eso tiene que ver con un nuevo conjunto de jugadores con “capacidades para afectar directa o indirectamente la naturaleza y el alcance de las interacciones globales”, en particular los Brics (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica). ¿Con el cambio de gobierno en Brasil esa alianza sigue válida o está en suspenso?

—Después de que se hiciera público el escándalo que involucra al presidente de Brasil, Michel Temer, te diría “mientras”. (Se ríe). Sí es obvio que los Brics eran una expresión de cambio en el orden internacional. Lo demuestra el hecho de que empezaron a operar empresas trasnacionales desde Brasil, desde India, desde China. Los Brics simbolizan un pequeño cambio en las relaciones Norte-Sur. Pero ¿qué pasa en el orden internacional en instituciones como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial? Son instituciones basadas en el poder del dinero, y el discurso de Brasil es que ahora que son más ricos deberían tener más poder de decisión.

—Eso no cambia el sistema.

—No. Naturaliza la idea capitalista de más dinero-más poder. Cambia un poco la relación Norte-Sur, pero no el sistema capitalista. Los cambios de gobierno en Argentina y Brasil son muy importantes porque el tono militante a favor de un cambio bajó, y en India, con el actual gobierno de derecha nacionalista, también.

—¿Las empresas cumplen un rol político en el cambio de relación Norte-Sur?

—Todas las instancias donde el poder se basa en el principio de un dólar-un voto deberían ser vistas como instancias de poder político. Pero existe ese economicismo, esas ilusiones y ese fetichismo que hacen que sea difícil ver al poder económico como poder político. Al respecto, le digo a (el economista estadounidense liberal) Milton Friedman, el camarada Milton Friedman, porque me encanta y defiendo su teoría política sobre responsabilidad empresarial. Hace 40 años él decía que los empresarios no debían practicar la responsabilidad empresarial porque, según él, respondía a una doctrina “subversiva”. Dijo que si un empresario asume la redistribución de la riqueza que gana, se convierte en actor público, como un recaudador de impuestos. En una sociedad pública, los actores públicos –dice Milton– deben rendir cuentas políticas y eso, dice, es subversivo, porque es socialismo. En una sociedad libre, la función pública es política. Entonces yo, con el apoyo de mi camarada Milton, digo que si las empresas están practicando la responsabilidad empresarial, corresponde una reforma democrática de su gobernanza. Eso dice Milton, eso digo yo. La única diferencia entre Milton y yo es que a él le parecía malo, a mí me parece bien. Las empresas que asumen una responsabilidad ya dieron por lo menos medio paso fuera de su zona de confort capitalista, hacia una autopolitización.

—¿Esto puede servir de base para un cambio?

—Se puede buscar la inspiración en el ejemplo de las organizaciones feministas. Hace décadas esos movimientos politizaron espacios de poder privado que quedaban fuera del alcance de los poderes democráticos: la familia patriarcal, la violencia intrafamiliar, el cuidado de niños. El método feminista es: primero politizas y luego penalizas. Lo privado también es político. El sistema capitalista también es político, al igual que la esfera privada patriarcal lo es para las feministas. Creo que se puede aprender mucho en base a eso.

Señas

Teivo Teivainen es profesor de políticas mundiales del Departamento de Ciencias Políticas y Económicas de la Universidad de Helsinki, en Finlandia. Vivió diez años en Perú y dos en Brasil y sus principales centros de interés son el colonialismo y el imperialismo. Actualmente trabaja sobre teoría democrática, movimientos sociales y sistema mundial. Vino a Uruguay en el marco de una gira por América Latina y dio una charla este martes llamada “¿Colonialismo de papel?”, organizada por Cotidiano Mujer, la Fundación Friedrich Ebert (Fesur) y el Núcleo Interdisciplinario de Pensamiento Crítico en América Latina y Sujetos Colectivos de la Udelar, en la Biblioteca Nacional.

De colonizadores y colonizados

“En Finlandia nos vemos como los buenos”

 —¿A qué le llamás “colonialismo de papel”?

—Es un juego de palabras respecto a si es un colonialismo de verdad o no y a que una parte del poder viene de los acuerdos que se firman. También es llamativo que en Argentina se acusaba a Finlandia de colonialismo, cuando Finlandia no es un país vikingo. Fuimos esclavos de los vikingos. Tampoco fuimos colonialistas, fuimos colonizados por Suecia, por Rusia. Iban a una embajada finlandesa a gritar “colonialistas de mierda” y a hacer escraches en la casa del embajador, como si fuera un represor de la dictadura. Desde Finlandia no se entiende que nos acusen de colonialismo, porque fuimos colonizados y nos vemos como los buenos. A mí me interesa también ver cómo en Finlandia se parte de una lucha anticolonial contra Rusia en particular, hasta que llegan desde Europa elementos nazis y se desemboca en el imperialismo empresarial.

—¿Se contagiaron de algunos de sus vecinos europeos?

—Los finlandeses sentían inferioridad racial en la época del nazismo, porque los alemanes los clasificaban como “amarillos”, por tener un toque asiático, también lingüísticamente. Como queríamos ser “europeos blancos”, caímos en el racismo contra los rusos, contra los negros. (Finlandia fue atacada por los rusos al inicio de la Segunda Guerra Mundial y luego hizo un pacto con los nazis, que los protegieron de Moscú antes de tomar distancias nuevamente en 1944.) Es una historia compleja, vinculada a la formación de la nación finlandesa. Respecto a la expansión de las empresas papeleras en Finlandia un hecho importante ocurrió cuando Finlandia atacó a la Unión Soviética junto con los nazis y ocupó territorios, con la idea de conquistar bosques para la industria maderera. Fue un paso importante de cara a la futura expansión de las papeleras en el mundo. Estoy escribiendo un libro sobre hasta dónde eso puso las bases de lo que hoy ocurre en Brasil y Uruguay.

Cambios en el eje Norte-Sur

“Hay tres dimensiones en las que Europa puede aprender de América Latina”

—Tengo un concepto que he estado usando desde los años noventa, que es la latinoamericanización de Europa.

—Con una connotación negativa, alguien podría pensar que la idea es que Europa se está subdesarrollando…

—Es un concepto que ayuda a desarmar la pedagogía del poder global. Hace 20 años, en Perú, hablé para la Asociación de Periodistas de peruanización de Finlandia y me dijeron que eso sonaba como “libanización” o “balcanización”. Pero la idea es abrir ventanas de posibilidad. La realidad es así: hay encuentros de culturas, hay migraciones, mestizaje, hay violencia, hay creatividad. Todo esto que ahora está pasando en Europa, si es bueno o malo, depende.

—En ese contexto, ¿qué puede aprender Europa de América Latina?

—Hay tres dimensiones en las que Europa puede aprender de América Latina. Primero, las migraciones. América Latina tiene más de 500 años de experiencia en eso y muchos debates de los que se puede aprender sobre asimilación y mestizaje de culturas. Después, podemos aprender respecto a la precarización laboral y los sindicatos. Antes existía una forma de paternalismo, los sindicatos europeos pensaban que estaban en el futuro hacia el cual iban los trabajadores latinoamericanos: un mercado laboral estable. Ahora, a ellos también les toca la precarización, el crecimiento del mercado informal y la heterogeneidad de las formas de trabajo. América Latina también nos puede dar lecciones respecto al manejo de la deuda externa y el condicionamiento de políticas económicas por el Fondo Monetario Internacional y las agencias calificadoras de riesgo que ha llegado a Europa de una forma muy clara y novedosa, a Finlandia como a Grecia, y eso es fundamental. América Latina ya desarrolló teorías, como la teoría de la dependencia y tiene mucha experiencia. El imaginario según el cual el Norte es el futuro del Sur se rompe. Hay algunas ventanas en las relaciones Norte-Sur que dan cierta esperanza de un cambio.

—¿Puede darse un cambio de mentalidades que modifique las políticas del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional? Hoy en día la redistribución de la riqueza y la reducción de la pobreza son conceptos bastante más aceptados, incluso en los organismos internacionales.

—Sin un cambio de mentalidades, eso no va a ocurrir. Y es cierto que, de alguna manera, en los organismos internacionales ha cambiado un poco el discurso. Me parece muy bien. La tiranía ilustrada es muchísimo mejor que la tiranía no ilustrada. Entonces, que sigan haciendo sus proyectos de reducción de la pobreza, la vigilancia sobre el impacto ecológico de sus proyectos, haciendo ciclovías en sus ciudades. Es lindo. Pero espero que los movimientos no se olviden de que sigue siendo una tiranía, mientras el poder siga siendo el del dinero, el de un dólar, un voto.

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