Considerada como una de las bandas más emblemáticas de la escena brasileña de los ochenta, Paralamas da muestras de una excelente salud, así como de una indudable capacidad para reinventarse. Canciones como “Melô do marinheiro”, “Lanterna dos afogados”, “Uma brasileira” y “Dos margaritas” supieron mostrar la pujanza de un rock mestizo que dialogaba con el pop global. El próximo 11 de setiembre, en el Auditorio del Sodre, darán un concierto llamado “Casi acústico” y recorrerán un repertorio tan vasto como novedoso. Brecha conversó al respecto con Bi Ribeiro, bajista de la banda desde sus comienzos.
—¿De dónde surgió la idea de este espectáculo?
—Nosotros hemos tenido una vivencia algo visceral con la música y el público de América del Sur, especialmente con el Río de la Plata. Ya desde nuestros comienzos, el vínculo con Uruguay y Argentina fue siempre de gran apertura e intercambio. Ahora surgió la posibilidad de tocar en el auditorio del Sodre, y quisimos retomar la experiencia de lo que fue el acústico de 2011 en el Solís, aunque explorando una sonoridad que esté a medio camino entre el acústico en sí y arreglos más eléctricos, con presencia de los vientos, que antes no figuraban.
—Bueno, ese era un detalle sobre el que quería preguntarte. He observado, por ejemplo, que en “Brasil afora” (2008) y “Sinais do sim” (2017) hay un progresivo despojarse de la instrumentación –como si se buscara una sonoridad más cruda– y resaltar la condición de Paralamas como power trío. ¿Eso responde a alguna búsqueda particular?
—Es cierto que nuestra sonoridad ha ido mutando –como quien regresa a los orígenes “garageros”–, pero no fue algo tramado. De hecho, no solemos discutir mucho sobre cómo tienen que ser nuestros discos: más bien dejamos que salgan según vaya pintando anímicamente. Si las composiciones suenan convincentes y muestran cierta unidad, es suficiente. A veces recurrimos a algún productor de afuera para que haga algún aporte, pero tratamos de que nada ajeno a nuestra dinámica nos genere interferencia.
—¿Y en relación con el repertorio elegido para esta ocasión? Si mal no recuerdo, ustedes tienen alrededor de doscientas canciones registradas. Hay muchos estilos, muchos registros.
—(Se ríe.) Sin duda. Pero si bien es cierto que en nuestra lista podemos colocar algunas de nuestras canciones más sonadas, nos interesa, sobre todo, intercalar las que hemos lanzado en estos años, así como algunas versiones de artistas y grupos que supieron marcarnos. A nosotros nos ha interesado mucho la obra de Gustavo Cerati, así como el legado de Soda Stereo. En el disco Sinais do sim (2017), por ejemplo, aparece en castellano la canción “Cuando pase el temblor”. En Nove luas (1996) habíamos interpretado en portugués “De música ligera”.
— El rock uruguayo de los sesenta y setenta supo hibridar el sonido sucio de las guitarras de la época con la raíz regional. Así como ustedes tenían a Raul Seixas, Secos & Molhados o Los Mutantes, por acá teníamos a Mateo, Ruben Rada, Dino, etcétera. Sin embargo, eso se cortó, quedó en el limbo. Cuando ustedes aparecieron en escena con las canciones de los discos Selvagem? (1986) o Bora Bora (1988), fueron un shock: esas bases rítmicas de fusión y esas letras ácidas e irónicas que reflejaban la sociedad brasileña nos llevaron, a muchos, a recapacitar sobre el lugar desde donde se cantaba y se componía, y a revisar los viejos vinilos.
—Nunca se me había ocurrido pensar lo que pudo haber significado nuestra música desde ese contexto y agradezco que me lo hayas hecho ver. Y sí, ahora que lo dices, me resulta algo lógico. Quizá, para nuestro público, fuimos como una especie de rememoración de lo que se podía hacer a partir de lo que teníamos a mano; de que, aun siendo colonizados, podíamos llevar a cabo un acto de canibalización. Nosotros escuchábamos las bandas de Argentina y veíamos que existía una predominancia del formato clásico del rock o, por lo menos, de los formatos radiales importados. Nos llamaba la atención que teniendo una raíz folclórica tan rica y tan vasta casi no se la explorara, salvo algunos casos muy aislados. Entonces, cuando caímos por estos lares, nos dimos cuenta de que no sólo éramos una banda brasileña, sino una banda brasileña con cara de Brasil.
—Exacto: una banda brasileña con cara de Brasil. Pero de un Brasil latinoamericanizado.
—Y eso se ha reflejado en nuestros tours, en el trabajo conjunto con otros músicos, en participaciones en discos y conciertos. También fuimos incorporando elementos de la música africana, de la música del Caribe. Eso respondía a que los intereses de aquella época fermental se dirigían a un redescubrimiento del alma sonora, del alma rítmica de un país que se encontraba, como el de ustedes, disociado de su historia y de su identidad. En torno a este tema, quizás el punto máximo de nuestra carrera se ha dado con Severino (1994), un disco en el que lo político está fuertemente entrelazado con la propuesta estética a partir de la influencia de la música nordestina. Ahora esa búsqueda ya no es búsqueda, quedó como un enclave naturalizado en nuestra forma de componer, en nuestra forma de escuchar.
—Hace poco murió Claudio Taddei, un músico que también hizo del mestizaje una forma de hacer, una forma de oír. Era capaz de hacer suya una actitud pendular entre la integración transnacional y multicultural y el bagaje de una tradición –o, mejor, de una lectura de la tradición– que se encontraba registrada en Los Olimareños, Viglietti o Alfredo Zitarrosa.
—Y nosotros la veíamos registrada en Luiz Gonzaga, Tom Zé, Gilberto Gil, Zé Ramalho, por citar algunos nombres. La Mpb y sus precursores han sido, para nosotros, como un mar de fondo para varios de nuestros arreglos. Incluso, en un determinado momento, por el año 95, tuvimos un problema de censura por la canción “Luís Inácio”, ya que esa letra apuntaba no sólo a la reivindicación del accionar de Lula, sino a la denuncia específica de un grupo de congresistas que hicieron una estafa gigante en los fondos públicos. Eso sucedió durante el período de Fernando Henrique Cardoso.
—Desde el punto de vista de las letras, ¿ese posicionamiento continúa en pie?
—No tanto en el disco Sinais do sim, aunque en el anterior, Brasil afora (2009), sí denunciábamos de modo un poco más explícito ciertos aspectos endémicos de nuestro país. Pero volvemos aquí sobre lo que hablábamos al inicio: raras veces marcamos una dirección temática a la hora de hacer un disco. En esta vuelta, pese al clima reinante de allá, no salió un disco politizado, lo que llevó a cierto reclamo por parte de los que nos vienen escuchando. Incluso fue tema de conversaciones largas dentro del grupo: “Todo ese caos, esa atmósfera de destrucción institucional, y nosotros que nos mandamos un disco como por otra vía…”. Aun así, ahí está la canción “O medo do medo”, que pinta de alguna manera cierta tendencia paranoica del comportamiento social, que ha ido creciendo y que nos está transformando en algo más que en el lobo del hombre. Claro, nadie está obligado a ser portavoz de nada ni de nadie, pero no desconocemos la incidencia que tenemos en nuestro público. Entonces, sí, tenemos que dejar en claro de qué lado estamos. Pero bueno, es más que probable que en el próximo disco la mano venga desde un costado más duro.
—Para alguien que no los conoce, que todavía no exploró del todo su discografía, ¿cómo describirías la propuesta que pondrán en escena este 11 de setiembre?
—Como una celebración, como el estallido de un partido de fútbol, como una fiesta. Pero también como el acto de tender nuevos puentes. Estamos en una época de grandes cambios, y el diálogo entre los pueblos, entre sus respectivas raíces musicales, se ha vuelto urgente y necesario. Al fin y al cabo, Montevideo –esta ciudad bellísima que cada tanto nos hace fantasear con la idea de quedarnos a vivir aquí– es parte, incluso, de nuestras historias personales.








