Despacito por la flora y fauna

Con el ingeniero agrimensor Oscar Blumetto.

Foto: Oscar Blumetto

Uruguay cuenta con 18 establecimientos rurales privados que practican conservación ambiental, y algunos comenzaron a ensayar restauración de fauna y flora extintas. Una serie de videos testimonia esta línea de trabajo de la organización Vida Silvestre, que está festejando 25 años de vida.

—¿Qué elementos explican que Vida Silvestre haya cumplido un cuarto de siglo de actividad?

—Para cualquier organización social sin fines de lucro uruguaya, 25 años es mucho tiempo. Como tantas organizaciones similares, Vida Silvestre nació como un grupo de jóvenes entusiastas de la fauna y la flora nativas, que querían trabajar directamente en la conservación de los ecosistemas. Comenzaron a pulmón, consiguieron algunas cosas, llegó el inevitable desgaste, la renovación generacional, y hace una década, refundación mediante, profesionalizamos nuestra gestión a un nivel reconocido por otras organizaciones y por el propio Estado. Trabajamos en todo el país, con profesionales de distintas disciplinas, y hacemos tareas de campo, gabinete, educación ambiental, comunicación y conservación en áreas protegidas públicas, y también en campos privados. En este último sector localizamos nuestro programa Refugios, que agrupa, promueve y asesora iniciativas de conservación privadas y es uno de los elementos que responden, a mi entender, a tu pregunta por la vigencia de nuestra organización.

—¿Qué otras líneas de trabajo identifican a Vida Silvestre?

—La que estuvo desde el principio y quizás sea la más duradera es la educación ambiental, a partir de la constatación de que todo el mundo sabe qué es un león o un tigre, pero muy poca población conoce y valora la rica biodiversidad uruguaya. A esta línea, que sigue siendo prioritaria, añadimos acciones orientadas a especies en peligro de extinción, como el programa de conservación del cardenal amarillo, en el que venimos participando hace años junto con la organización Aves Uruguay, la Asociación de Canaricultores Roller del Uruguay y la ex División Fauna del Ministerio de Ganadería, que pasó a la Dirección Nacional de Medio Ambiente. El objetivo de este programa es criar en cautiverio a esta especie para poder reintroducirla en la naturaleza. La columna vertebral del trabajo de Vida Silvestre, hoy, es la gestión ambiental que desarrollamos, por un lado, acompañando al Sistema Nacional de Áreas Protegidas en la planificación de la gestión de sus territorios y, por otro, promoviendo modelos de producción agropecuaria amigables con la conservación y apoyando a los productores y productoras que los asumen; Vida Silvestre integra, a estos efectos, la mesa directiva de la Alianza del Pastizal, iniciativa de conservación de pastizales del Cono Sur. Y aunque, obviamente, no todos los establecimientos agropecuarios están en nuestro programa Refugios, tenemos lista de espera para ingresar. En lo atinente a la legislación sobre estos temas somos coejecutores –junto con el Centro Interdisciplinario de Estudios sobre el Desarrollo-Uruguay, el Centro de Estudios, Análisis y Documentación del Uruguay, y el Ministerio de Vivienda, Ordenamiento Territorial y Medio Ambiente– de un proyecto financiado por el Fondo para el Medio Ambiente Mundial para aterrizar tres convenciones internacionales sobre biodiversidad, cambio climático y desertificación que Uruguay suscribió. Gestionamos, también, reservas naturales privadas como la de la Compañía Salus –su reserva integra el programa Refugios– y la de la empresa UPM.

—La instalación en nuestro país de la segunda fábrica de celulosa de la finlandesa UPM recibió fuertes y fundamentados cuestionamientos ambientalistas, ¿no rechina pasar a formar parte de su estructura?

—No formamos parte de su estructura, trabajamos mediante un convenio sujeto a evaluación del cumplimiento de los compromisos asumidos por la empresa. Aquí es fundamental distinguir entre el impacto de la actividad forestal e industrial de la planta, que es innegable, y la legislación que la regula y que esperemos que se aplique. El problema en el caso de la forestación, por ejemplo, es que también hay una legislación que la impulsa. Las reservas naturales son un capítulo aparte; la empresa las incluyó en su planificación y, puesto que de todos modos las abriría, nos interesaba que su gestión fuera lo más adecuada posible en términos de conservación. Una de las cosas que negociamos a futuro con UPM es que las áreas a preservar estén definidas antes de la forestación y no después; cuando hablamos de conservación, en cualquiera de sus aspectos, es esencial trabajar con quien toma las decisiones. Si nos limitamos a tirar piedras desde la vereda de enfrente, no ganamos nada.

—Vida Silvestre lanzó una serie de videos sobre su programa Refugios, ¿cuántos son y cómo trabajan?

—Actualmente son 18, repartidos en todo el país y localizados en establecimientos de distinta extensión pertenecientes a productores rurales o a propietarios de tierra privados interesados en la conservación de ecosistemas; felizmente, como te decía, tenemos lista de aspirantes a ingresar a esta red, la cual agrupa una variedad muy interesante de ecosistemas que van de serranías a quebradas y humedales, y algunos de sus establecimientos agregan, a la actividad agropecuaria, oferta ecoturística. Vida Silvestre les brinda asesoramiento sobre modelos de producción amigables con los recursos naturales y ha coordinado con Compañía Salus dos campañas de apoyo monetario a algunas de sus necesidades operativas, pero lo destacable es que ningún responsable recibe dinero por conservar. Su principal motivación es subjetiva. Y aquí tropezamos con un bache enorme, porque, al contrario de otros países, Uruguay carece de un marco legal que ampare a la reserva natural privada; concretarlo es un gran desafío que tenemos por delante.

—¿Qué tareas realiza quien decide conservar? Descuento que ahuyentar cazadores es una.

—[Ríe] Sí, impedir la caza de fauna y la tala de flora nativa es una de las tareas, y otra es conservar uno de los principales ecosistemas de Uruguay: el pastizal o el campo natural. Los productores ganaderos, por ejemplo, lo hacen absteniéndose de sustituirlo por pasturas o cultivos forrajeros, administrando el pastoreo para no sobrecargar el suelo y excluyendo de este varias hectáreas de campo.

—Pastizal y pastura parecen sinónimos.

—No lo son; el pastizal es una comunidad biológica que reúne entre 50 y 100 especies nativas y ha soportado tres siglos de ganadería; la pastura resulta de la siembra de a lo sumo tres especies no nativas destinadas, mayormente, al forraje. Hablando de actitudes, algunos refugios comenzaron un trabajo pionero en Uruguay, consistente en la restauración de ecosistemas desaparecidos por el uso humano, como el monte de parque en el litoral.

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