El dentista y la pluma

Con Joaquín Doldán.

Joaquín Doldán, escritor, actor, dramaturgo / Foto: Héctor Piastri

Es narrador, dramaturgo, actor, director, dentista especializado en pacientes con discapacidad, docente universitario y letrista de Carnaval. Joaquín Doldán estrenó una obra de teatro virtual de su autoría¹ y augura larga vida a ese género.

¿Cómo fueron ordenándose en el tiempo tus elecciones artísticas y profesionales?

—Más que un orden siguieron una superposición: me recibí muy joven de odontólogo y también muy joven comencé a escribir narrativa y teatro, a militar en el gremio de la Facultad de Odontología de la UDELAR, a formarme como docente universitario, a participar y a escribir para Carnaval. Recién ahora, a los 50 años, decidí dedicarme de lleno a la escritura, sin abandonar la docencia universitaria, que es la que me proporciona un salario. Y más allá de que son dos actividades muy demandantes, me hago tiempo para estar con mi segundo hijo, Felipe, que tiene cuatro meses. Todas las pasiones de mi vida partieron de la literatura. Arranqué a leer a los 8, 10 años, y a los 12 leí mi primera novela.

¿Comenzaste a leer instintivamente o estimulado por el entorno?

—Me encantaba que mi abuela me contara historias en gallego y yo contarlas, pletóricas de adornos, a mis amigos, pero las que me volvieron lector fueron mis hermanas, que me regalaron aquella primera novela, Mi planta de naranja lima, y El principito, y una versión abreviada de Don Quijote de la Mancha que tuvo tanto éxito que, después, me obsequiaron la original. Más tarde mi hermana menor se casó y junto con mi cuñado tenían la colección completa de libros de Ray Bradbury, que devoré uno por uno. También me gustaban las lecturas “pop”, tenía una colección de cuentos titulada Mis Cuentos de Hadas, que eran espectaculares; de hecho inspiraron la primera obra teatral que escribí. Y consumía cómics a discreción.

¿Cómo se llaman tus hermanas?

—La menor, Flora, la mayor, Elvira.

En España, donde viviste 20 años, publicaste cuatro de tus seis novelas y siete libros de literatura infantil y juvenil. Escribiste, además, 20 obras teatrales. ¿Qué fue primero, el narrador o el dramaturgo?

—La primera vez que dije que quería ser algo, la palabra fue “escritor”. De chico escribía cuentitos en hojas sueltas que engrapaba para regalar. En cuarto de escuela tuve un maestro, Fredy, que me cambió un trompo por un cuento, y sentí que era la primera vez que me pagaban por un trabajo literario. Yo era un gurí del Cerro, hijo de albañil y de ama de casa, no podía costearme cursos de teatro, talleres literarios ni libros, así que todo lo hice salvando obstáculos; en ese sentido, siempre agradeceré al Carnaval el haber sido mi escuela de teatro. Incorporarme al Carnaval como componente y letrista me dio el privilegio de trabajar con maestros como Hugo Blandamuro, María Azambuya, Luis Trochón. Mucho antes, mis hermanas me habían recordado que vivíamos en Uruguay, que me convenía buscarme un quehacer idóneo para solventar mi vida, y, como me gustaba el área de la salud, terminé inclinándome por odontología.

Gracias a tu currículum me entero de que esa carrera incluye un posgrado dedicado a pacientes con discapacidad, ¿por qué lo cursaste?

—A cinco años de recibirme y de ejercicio de la profesión, me pregunté si había sido buena la decisión de anteponer el consejo de mis hermanas a mi amor por la escritura. Fue la primera de varias crisis vocacionales; la penúltima llegó a los 30 años, dos antes de irme a España, y ahí decidí que hacía una especialización o abandonaba la odontología. Me volqué a lo primero y tuve la suerte, otra vez, de encontrarme con un docente excepcional, Rubens Demicheri, de los pocos que en ese momento impartían esa disciplina, y lo más importante que me transmitió fue la dimensión humana de la tarea. Creo que ni la odontología ni la salud, en general, han sabido abordar la discapacidad desde una perspectiva de derechos humanos; las situaciones “discapacitantes”, a mi criterio, están más vinculadas a condicionamientos y prejuicios sociales que a supuestas limitaciones de las personas. Lo que Demicheri despertó mayestáticamente en mí derivó en dos textos teatrales, Castigo del cielo y La cueva de los monstruos, en cuyas puestas en escena resaltó el trabajo de mi amiga y reconocida actriz Natalia Lambach [entrevistada en este espacio por su trabajo en la obra Estigma]. Ella también actúa en la obra de teatro virtual La gallina degollada, que estrenamos el mes pasado. Versioné el cuento de Horacio Quiroga invirtiendo los términos de la macabra demonización que vierte, en ese relato, sobre la discapacidad, y dirigí este montaje concebido para la web. Por otro lado, en el taller de escritura colectiva que coordino en el centro Candi, de atención a niños, niñas y jóvenes con discapacidad, conocí a Nicolás Falcón, el joven que inspiró mi novela No me escribas corriendo [Rumbo, Montevideo, 2019]. Nicolás es un caso paradigmático de lo que venía exponiendo; era un muchacho nacido en condiciones de absoluta dependencia, que no lee ni escribe, y que estaba destinado a vivir encerrado en su casa, al cuidado de su madre. Terminó recibiéndose de periodista deportivo, conduciendo conmigo un programa de radio y lanzándose a vivir solo hace poco, en plena pandemia.

Afirmás que el teatro virtual llegó para quedarse, ¿por qué?

—No es teatro grabado, es teatro pensado y escrito para un formato digital, actuado al instante de acuerdo a un texto, no a improvisaciones, con actores y actrices que ensayaron su papel y que sucede por única vez en un horario determinado, en una sala virtual. Replicando a las funciones reales, a esta tampoco podés entrar una vez que comenzó, ni detenerla, retrocederla o adelantarla como a un video convencional. Es un género que, al exigirte estar ahí, comprometido y atento, recupera buena parte del ritual comunitario y colectivizador del teatro.

1. La gallina degollada. Obra de teatro virtual basada en el cuento homónimo de Horacio Quiroga, escrita y dirigida por Joaquín Doldán, con actuaciones de Natalia Lambach, Javier Almeda, Leandro Ureta, Marcel Martínez y Rafael Núñez; fue declarada de interés cultural por la Intendencia de Montevideo y podrá verse el sábado 20 de junio, a la hora 18, en sala virtual disponible en Facebook/Lagallinadegollada-Teatro. Joaquín Alfredo Doldán Lema, a quien la editorial Rumbo le publicará el mes próximo su última novela, Depredación, nació el 25 de agosto de 1969 en el Cerro de Montevideo.

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