Es extraño ver un frenesí colectivo desde afuera. Hay gente que canta, sigue la letra que aparece en las pantallas. Otra que levanta las manos y habla «en lenguas» por lo bajo. También quienes se abrazan con quien tienen al lado y lloran. Gente con las manos en el pecho, los labios apretados en una línea fina y los ojos cerrados. Hay lágrimas que surcan caras. No es tristeza. Es alegría. Es emoción. Están recibiendo al Espíritu Santo. Las dos horas y media que duró el Encuentro de las Familias fueron un espectáculo. No en el sentido de «fue algo maravilloso», sino en términos de show. Julio Freitas –con una gomina que podría haber usado Ritchie Valens o alguno de esos músicos de los años cincuenta en Estados Unidos– dio un show. Instalado en un escenario cuadrado en el medio de lo que habr...
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