Dios, el diablo y el pibe - Brecha digital
Un adiós a Diego Armando Maradona

Dios, el diablo y el pibe

Diego Maradona celebrando el triunfo en el campeonato mundial en México, en junio de 1986. AFP

Había olor a pasto recién cortado en el ambiente. Plena primavera. Se le trepaba la guinda por las piernas, se le subía a la cabeza por los hombros, hasta que imaginaba en el alma un firulete. Pintando escenas únicas, el niño artista sentía que la vida sería nada más que un cabezazo al ángulo, ahí donde anidan las arañas de la gloria. Ató los cordones de sus zapatos con moñas increíbles, arabescos indescifrables y veloces, inimaginables por vistosos, barrocos e inesperados.

Prendido a la pelota garabateó poesía entre los techos de lata de la Villa, preludio de los conciertos en el esmeralda. Como un surfista de níquel y cristal, viajaba por el cielo vegetal marrón y verde como viaja el eco por la cordillera de los Andes, así de inalcanzable.

Unos cientos de goles después, su talento lo haría sonreír con la picardía de un colibrí borracho, aburrido de libar anécdotas que nadie más que él conocía realmente. Sería confesor de mostrador trasnochado, trotando sólo en medio de la carretera, en la oscuridad de la incertidumbre, llevando como estandarte la dulce y cruel mirada de Guevara.

Pero esa primaveral mañana de noviembre sonó el timbre del vestuario llamando a la cita impostergable. De arriba bajó Dios a conocerlo, a ver qué tan divino era, a comprobar por sí mismo sus virtudes. Al mismo tiempo, de abajo subió el diablo, muy confiado, a averiguar si en verdad era diabólico, si su maldad alcanzaba para que fuese su principal discípulo, a verificar sus defectos uno a uno. Y lo que sintieron los maravilló. Inmediatamente lo quisieron comprar, hacerlo firmar contrato, cada cual para sus respectivas selecciones. Sabían que, con él, hacían la diferencia para siempre. Cuentan los que estuvieron en la negociación que las ofertas eran tentadoras. Tremendas, agobiantes, hermosas y terribles.

Ni siquiera lo pensó. Como era de esperar, el pibe se bajó las medias, se sacó las canilleras y, sonriendo de cotela, cazó de mondonguillo la redonda que andaba ahí en la vuelta y con la calidad del indomable espetó su última sentencia: «Gracias, muchachos. Prefiero quedarme en el picado del campito, el anhelado purgatorio de los genios».

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