El cielo puede esperar

“Celeste lado A”, de Dante Inferno

Débil Records, 2019

Dante Inferno es una banda integrada por Francisco Coelho (guitarra y voz), Martín Recto (batería y otras percusiones) y Javier Gerfauo (bajo). Fundada a principios del milenio, en su primera década grabó dos discos, Devil y Estar en el cielo. Después, sus integrantes se tomaron unas vacaciones; el año pasado se volvieron a juntar y rápidamente compusieron material para un disco nuevo, que grabaron en una chacra en Flores y se llama Celeste lado A.1 Cortando grueso, diría que es un trío roquero, pero eso no aporta mucho. Trataré de definir un poco más lo que presentan en este disco: canciones cortas, con melodías de muy pocas notas, cantadas y mezcladas de una manera que dificulta su comprensión (de hecho, en su página de Bandcamp pusieron las letras, de lo contrario me habría costado mucho saber de qué hablaban). En algún caso no llega a notarse, en una escucha distraída, en qué idioma están; podría ser en alemán o en suajili. Sin embargo, son textos que –más allá de su brevedad y, a veces, repetitividad– son sutiles y hasta elaborados. Y por algún curioso fenómeno psicológico, cuando uno se da cuenta de que la dificultad para entenderlos no es por un defecto, sino que se debe a una interpretación y un sonido específicos y buscados, el asunto deja de molestar; simplemente las escuchás como si no estuvieran en español.

Como cosa interesante, le huyen al clásico esquema “armonía con una melodía arriba”, lo que no es estrictamente novedoso, pero sí poco corriente. Al menos requiere un esfuerzo extra, y la palabra “esfuerzo” no es algo que suela asociarse con la creación de canciones.

Además, hay en el disco dos temas instrumentales: el primero, “Fantasma”, me pareció el más interesante y tiene dos partes: una ocupada por una especie de pedal eléctrico grave y una melodía con timbre de mangangá e inflexiones que recuerdan un poco a un insecto de vuelo nervioso, como un mosquito en la oreja, cuyas notas poco definidas parecen hechas con una perilla más que con un teclado. Por la mitad, todo se va diluyendo, dando paso a una guitarra y un tarareo en falsete que se resuelven en una bossa nova de pocos acordes que termina en cualquier lugar y sin mayor aviso.

La última canción, “No vale vichar”, es la única con texto ajeno (un poema de Martín Batallés) y tiene un tratamiento distinto: una guitarra de cuerdas de acero y una voz (salvo unos ruidos al final), pero el tratamiento interpretativo, como despreocupado, la une bastante al resto.

Son siete temas de, promedialmente, apenas algo más de dos minutos y medio, lo que resulta en un disco extremadamente corto. Aunque no es tan así si lo consideramos –como el nombre lo indica y como parece que será, efectivamente, en poco tiempo– la primera parte de una obra más extensa.

La repetición y la indefinición melódica, armónica, e incluso rítmica, son los materiales con que se trabaja. Repeticiones que, sin embargo, no generan ansiedad, sino todo lo contrario. La parte gráfica –que, como la foto de portada, fue hecha por Sofía Peluda– colabora con la sensación de cosa totalmente descontracturada.

En general, todo remite al balbuceo propio del momento de creación musical o literaria. Yo diría que es un homenaje a ese momento, aunque seguramente ellos no lo concibieron así. Lo importante es que no da la sensación de “trabajo sin terminar”, para nada; y creo que salir airosos de ese difícil juego es su mayor mérito. Lo peor, sin duda, es su costumbre de ponerles nombres dantescos a las bandas y a los discos.Celeste lado A será presentado en vivo este sábado 25 de mayo en la Sala Camacuá (ahí en Aebu), el viejo Estudio 1 de Cinemateca. Un bello lugar para escuchar música.

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