El cuerpo como centro y limitante - Semanario Brecha
Libros. Cuentos de Natalia García Freire

El cuerpo como centro y limitante

La máquina de hacer pájaros, de Natalia García Freire. Páginas de Espuma, Madrid, 2024. 112 págs.

La intensa llamarada devenida persistente chamusquina del realismo mágico insiste en no apagarse, iluminando y en ocasiones abrasando la obra y la estética de un sinnúmero de autores. Se trata de un fuego otrora sagrado que, con el paso de las modas, las corrientes, las siempre viejas vanguardias y el siempre ecléctico gusto lector, ilumina tramas, paisajes y ambientaciones sobre las que puede pegarse el consabido rótulo. Y aunque las etiquetas solo conducen al ámbito de las generalidades, pueden rastrearse marcas del realismo mágico en muchos autores que no necesariamente adscriben de forma programática al movimiento. Si bien hay críticos que han celebrado la incorporación de elementos mágicos en las obras de escritores tan variados como Salman Rushdie, Haruki Murakami u Olga Tokarczuk, es interesante ver cómo operan los rastros del movimiento en la obra de autores latinoamericanos, hermanados por lengua, geografía y clima con aquellos nombres canónicos del realismo mágico.

Algo de eso puede atisbarse en la lectura de los cuentos que conforman el libro La máquina de hacer pájaros, primer volumen de relatos de la ecuatoriana Natalia García Freire (1991), luego de la edición de sus novelas Nuestra piel muerta (traducida a varios idiomas) y Trajiste contigo el viento.

Las 11 piezas tienen como elemento común de tensión y disparador de la acción al cuerpo. Miembros cercenados, tejidos rejuvenecidos, corazones animales latiendo en pechos humanos y la conversión de una criatura terráquea en un ser alienígena son algunas de las circunstancias que ubican al cuerpo como centro y limitante del devenir de los personajes y, en ocasiones, de los propios cuentos.

García Freire no se anda con firuletes y va derecho a lo que quiere contar («Me enamoré de Romina un domingo de tarde. Almorzábamos juntas un pescado de caucho en el pabellón C.», se lee al principio de «Formas de reparar lo que no está roto»; «Todo comenzó cuando mi marido me dejó donde la Ruthie, como si hubiera abandonado a una niña en la guardería y pudiera irse aliviado, al fin, ¡alabado sea Dios!, a fumar un cigarro en paz o a mear con la puerta abierta» es el arranque de «Hasta que desearas dejar tu corazón sin sangre»), recurso que en ocasiones funciona muy bien y en otras reduce el prodigio narrativo a una suerte de viñeta (como en el cuento «La persona de la que te enamoraste»).

La inclusión del elemento mágico o, si se quiere, fantástico (en el entendido de que el trajinar de ambas categorías por el ámbito de la ficción se ha vuelto un asunto de extrema laxitud), que le otorga a Natalia García Freire un sitial destacado entre los herederos de aquel movimiento que alumbró tan buenos libros (y también de los otros), queda especialmente evidenciado en los cuentos «La máscara de oso» y «La balada del vaquero espacial». El primero, un largo párrafo de escritura condensada, desmonta el transcurrir existencial que va de la cuna a la tumba; el segundo se vale de una ambientación doméstica, familiar, para llevar al paroxismo las posibilidades de la piel como una cáscara. En definitiva, hay cierto virtuosismo en la creación de ambientes y en la explotación de las variantes narrativas del cuerpo, pero la suma de las partes no redunda en un todo contundente.

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