Estados Unidos, Putin y la semana uno de la guerra en Ucrania - Brecha digital
Estados Unidos, Putin y la semana uno de la guerra en Ucrania

Error de cálculo

En solo una semana Vladimir Putin se las arregló para unificar a sus adversarios, empantanar las tropas rusas en Ucrania y perder su cinturón negro de taekwondo. En Washington hacen cuentas, comerciales y electorales.

En el discurso anual del martes ante el Congreso de Estados Unidos, el primero de su presidencia, Joe Biden dedicó tres de los 62 minutos de su alocución a explicar por qué y cómo, en su opinión, el presidente de Rusia, Vladimir Putin, «cometió un grave error de cálculo» con la invasión de Ucrania: «[Putin] creyó que podía pisotear a Ucrania y que el mundo lo aceptaría. En cambio, se topó con un muro de fortaleza que no anticipó ni imaginó: el pueblo ucraniano. Creyó que Occidente y la Organización del Tratado del Atlántico Norte [OTAN] no responderían. Pensó que podía dividirnos en nuestro país y en Europa también. Pero Putin se equivocó». Después de años de disonancias tanto en la OTAN como en la Unión Europea y en la política exterior de Washington, la invasión rusa de Ucrania –que no luce muy bien ejecutada hasta ahora– ha tenido el efecto de armonizar el coro de denuncias y acciones concretas para perjuicio de Moscú.

Durante su presidencia (2017-2021), Donald Trump orientó su política exterior bajo el principio de «America First» (‘Estados Unidos primero’), según el cual este país no debería preocuparse por –ni inmiscuirse en– los problemas de otros países y sí velar primordialmente por sus propios intereses, sin ataduras ideológicas ni políticas. Trump se movió entre los desaires y los insultos a los países que han sido aliados de Estados Unidos por décadas y aun siglos, y, por razones todavía ignotas, demostró una gran simpatía y admiración por Putin. Desde la inauguración de su presidencia, en enero de 2021, Biden retornó a una política internacional más tradicional, reparando los lazos estropeados por Trump y buscando el mecanismo históricamente validado para Estados Unidos: las alianzas amplias y multilaterales.

Rodeado por sanciones económicas y financieras, y con una fuerza militar que avanza rauda a paso de tortuga, una semana después de invadir Ucrania, Putin empieza a cambiar la táctica y, en lugar de la ocupación esperada, recurre a los bombardeos desde largas distancias en áreas civiles, una decisión que le granjeará pocos amigos en Ucrania y en cualquier otra parte.

COMPARACIONES

En el verano de 1967, Israel necesitó apenas seis días para apabullar a los ejércitos de Jordania, Siria y Egipto. En el verano de 1939, Alemania invadió Polonia con 1,3 millones de soldados en 62 divisiones, apoyados con más de 2.500 tanques y al amparo de más de 2 mil aviones. En el invierno de 2022, Rusia lanzó, con 120 mil soldados, su invasión a Ucrania, un país con aproximadamente 250 mil hombres y mujeres en servicio activo. La doctrina militar básica recomienda que la fuerza atacante tenga diez soldados por cada uno en la defensa. Una semana después de haber irrumpido por el norte, el este y el sur, Rusia tiene un convoy atascado a lo largo de 20 quilómetros en una ruta hacia Kiev, y su intento de prevalecer en todas partes ha resultado en el control de casi ninguna.

A miles de quilómetros de distancia, océano de por medio, los expertos militares estadounidenses que observan el asunto sugieren que las tropas rusas no cuentan con una buena estructura de mandos y que les falta coordinación. «El Ejército ruso está sobreextendido y en una posición precaria si la de Ucrania se convierte en una guerra prolongada. Si calculamos que hay 150 mil soldados rusos en Ucrania y una población de 44 millones, eso da una relación de 3,4 soldados por cada 1.000 habitantes. No se puede controlar el territorio con esas cifras», dijo Seth Jones, vicepresidente del Centro para Estudios Estratégicos e Internacionales.

La eficacia de la superioridad aérea y la artillería de largo alcance de los invasores mermará si las tropas rusas se dispersan para controlar el territorio, puesto que nadie quiere bombardear a sus propias tropas. Y cuanto más penetren los invasores, más largas y vulnerables serán sus líneas de abastecimiento en un país hostil. A diferencia de Polonia en 1939, atacada desde el este por la Unión Soviética y sin ayuda militar inmediata, Ucrania tiene fronteras con cinco miembros de la OTAN (Polonia, Eslovaquia, Hungría y Rumania), que ahora reciben cientos de miles de refugiados ucranianos y podrían sustentar con vituallas, armas y munición una resistencia ucraniana armada. La doctrina militar enseña también que es casi imposible derrotar una insurgencia que reciba amparo y apoyo del otro lado de la frontera. Los rusos y los estadounidenses lo han constatado en Afganistán.

LOS NEGOCIOS QUE NO CESAN

Las acciones de las empresas en el negocio aeroespacial y militar, como Raytheon, Northrop Grumman y Lockheed Martin, están al alza, como respuesta a las tensiones geopolíticas y el gasto en la industria de la guerra. Un ejemplo es el anuncio de Alemania de que incrementará su gasto militar a más del 2 por ciento de su producto bruto interno. El canciller de Alemania, Olaf Scholz, dijo que su gobierno suministrará a Ucrania 1.000 armas antitanques y 500 misiles tierra-aire Stinger, y destinará 500 millones de dólares a «armas letales y suministros no letales» para ayudar a Ucrania: un cambio de la política de décadas, por la cual Alemania se abstenía de enviar armas a zonas de guerra (véase en este número «Alemania cambia el rumbo»).

El gobierno de Estados Unidos ha advertido a los consumidores que el conflicto en Ucrania afectará el precio del petróleo y la gasolina, que, en realidad, han estado subiendo durante meses antes de la invasión rusa. Pero Estados Unidos es un exportador neto de petróleo y gas natural, de modo que si los precios suben, de nada se quejarán las grandes empresas petroleras estadounidenses. Estados Unidos alterna con Canadá en el segundo puesto entre los mayores exportadores de trigo del mundo. Los agricultores estadounidenses, que pagarán más por los combustibles y los fertilizantes, obtendrán mejores precios en el mercado internacional. En ambos casos, el perdedor es Rusia –primer exportador mundial de trigo y tercero de petróleo–, afectado por las sanciones económicas internacionales. En las sombras medra, también, el negocio perenne de los mercenarios empleados por ambos bandos.

SANCIONES QUE DUELEN

Los gobernadores de New Hampshire, Utah, Pensilvania y Ohio han ordenado o pedido formalmente que los expendios estatales de licores cesen la venta de vodka ruso. La agencia que monopoliza la venta de licores en Virginia informó que quitará de las estanterías siete marcas de productos rusos. El año pasado Estados Unidos importó vodka por un valor de 1.400 millones de dólares, pero solo el 18,5 por ciento del licor provino de Rusia. El gobernador republicano de Virginia, Glenn Younkin, pidió a Norfolk y Roanoke que pongan fin a su enlace de «ciudades hermanas» con Kaliningrado y Pskov e instó al sistema de pensiones de los empleados del Estado a que retiren sus inversiones en compañías rusas. El fondo de retiro de los empleados públicos de Colorado comunicó que venderá una inversión de 7,2 millones de dólares en el Sberbank, un banco estatal de Rusia sancionado por Estados Unidos. Los gobernadores de los estados de Nueva York y Carolina del Norte pusieron fin a los contratos con empresas rusas. La Ópera Metropolitana de Nueva York anunció que no trabajará con artistas ni instituciones que hayan expresado simpatía por Putin y la Liga Nacional de Hockey avisó que ha suspendido el vínculo con sus socios de negocios en Rusia. La lista de empresas y organizaciones que castigan a Rusia incluye a la petrolera Shell, la naviera Maersk, las empresas de crédito Visa y Mastercard, Warner Media,  Netflix, Disney, Youtube, Facebook, Twitter, la Federación Internacional de Fútbol Asociación​ y la Unión de Federaciones Europeas de Fútbol, y la Federación Internacional de Judo. La organización World Taekwondo, con sede en Corea del Sur, argumentó que «la paz es más valiosa que el triunfo» y le retiró a Putin el muy preciado cinturón negro Noveno Dan, que le fue conferido de forma honoraria en noviembre de 2013.

AFINIDADES A CONTRAMANO

Trump dijo que Putin es «un individuo muy inteligente» y calificó la declaración unilateral rusa de la independencia de dos provincias ucranianas como «una movida genial». «El problema no es que Putin sea listo e inteligente –que lo es–: el problema es que nuestros gobernantes son tontos. Tontos. Tontos», añadió Trump, que sigue cultivando su caudillismo en la derecha cerril del electorado estadounidense. La cadena de televisión Fox, que opera como una máquina de propaganda para el trumpismo, dedica un buen esfuerzo a justificar las acciones de Putin y minimiza el impacto de la invasión de Ucrania.

En la Conferencia de Acción Política America First, una organización de la alt-right (la derecha alternativa) organizada por el prominente nacionalista blanco Nick Fuentes, los oradores ovacionaron a Putin y elogiaron a Adolf Hitler. No obstante, los postulados racistas, antisemitas y xenófobos de los nacionalistas blancos de Estados Unidos son similares a los de la ideología de las milicias y los batallones de voluntarios que el gobierno, el Ejército y las fuerzas de seguridad de Ucrania han institucionalizado (véase «Qué difícil decidirse », Brecha, 3-I-22).

La revista Soldier of Fortune, que se ocupa de los armamentos y los mercenarios, opinó que el presidente de Ucrania, Volodímir Zelensky, «es valiente, lucha por su pueblo, moviliza a sus aliados y, al mismo tiempo, reza por la cesación del fuego». La única diferencia visible es la opción entre la rusofilia y la rusofobia. Y si el conflicto armado en Ucrania se prolonga, puede preverse que concurrirán voluntarios y mercenarios ultranacionalistas a combatir en ambos bandos.

DE ENTRE CASA

Las encuestas de opinión muestran que, aunque simpatiza más con Ucrania que con Rusia, la mayoría de los estadounidenses se opone a que su gobierno se inmiscuya demasiado en otro de los tantos conflictos que echan chispas en Europa cada tres o cuatro décadas. Aunque apenas el 41 por ciento de los estadounidenses encuestados aprueba, en general, la gestión presidencial de Biden, más del 52 por ciento aprueba la forma en que el presidente ha ido manejando la crisis. Después de la política de «America First», de Trump, y sus repetidos desaires a los aliados europeos de Washington, la política de concertación y acción colectiva de Biden luce mucho mejor.

Pero este es un año de elecciones legislativas en Estados Unidos y, aunque los asuntos internacionales rara vez afectan los votos municipales o estatales, el empujón ruso y la respuesta dada pueden tener un impacto doméstico. Los demócratas cuentan en el Senado con 50 curules, la misma dotación que los republicanos, y han de recurrir al voto de desempate de la vicepresidenta del país, Kamala Harris. En la Cámara de Representantes, los demócratas tienen una ventaja de pocos votos y muy probablemente la perderán en los comicios de noviembre. En algunos de los estados más críticos para el balance electoral se encuentran fuertes comunidades de inmigrantes de Europa oriental, otro factor para los candidatos locales. Con un ojo en las elecciones de noviembre, por ejemplo, algunos candidatos republicanos de Ohio han denostado la forma en que Biden maneja la crisis y demandan represalias económicas más duras contra Rusia. El punto no es tanto la represalia en sí, sino cómo el candidato posa ante los votantes.

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