Y como la dimensión mítica no agotó la potencia de su lírica, quiero despedirlo también en la deriva posterior a 2001: en esas canciones en las que la muerte se volvió íntima, el amor resistió herido y la fe quedó abierta; en las que aparecieron fantasmas y cobardes, pájaros y brujas, martinis y tafiroles, mientras el presente empezaba a mirarnos desde sus nuevas intemperies. Con el primer disco junto con Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado, El tesoro de los inocentes (2004), se abrían otros sentidos en una poética que ya era parte de la simbología común. La liturgia seguía reconocible y encendida, pero empezaban a asomar otras preguntas, otros fantasmas, nuevas marginalidades. La disolución de los Redondos había dejado un vacío, pero no era todavía el tiempo de la despedida. Emerg...
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