Fuera de marco - Semanario Brecha
Sobre el estreno de Naza

Fuera de marco

Tras recibir una ovación de 25 minutos y el Premio Especial del Jurado en el festival de Venecia, la película NAZA, de los directores israelíes Yuval Abraham y Rachel Szor, llega a Cinemateca, convirtiendo a Uruguay en uno de los tres países latinoamericanos en estrenarla hasta el momento. El filme, que recaba testimonios de agentes de las Fuerzas de Defensa de Israel, fractura el cerco informativo sobre el accionar del ejército agresor en Gaza.

Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo
Cesar Vallejo, «Masa»

Fotograma de Naza. Difusión.

La justicia no es una ecuación, nunca lo fue. Sin embargo, el cálculo militarizado que se revela en NAZA da cuenta de cómo se pretende imponer lo contrario: que la vida y la muerte pueden traducirse a un algoritmo, que el dolor humano cabe en una matriz de datos y que la destrucción se valora a partir de un coeficiente de riesgo aceptable. El documental de Yuval Abraham y Rachel Szor se centra en el lenguaje, militar y tecnológico, del marco de guerra. La palabra que le da título es el acrónimo hebreo con el que se designa el «daño colateral». Es decir, a las personas que mueren «incidentalmente» en el instante en que se ataca a un objetivo identificado como tal (véase en esta edición «Algoritmos para la guerra», de Daniel Gatti).

Filmada desde azoteas, con el horizonte nocturno iluminado de Tel Aviv de fondo, apenas a 60 quilómetros de la Franja de Gaza, la película reúne el testimonio anónimo de 24 integrantes del aparato militar y de inteligencia israelí. Fue producida por The Guardian y JW Films y profundiza en investigaciones periodísticas publicadas entre 2023 y 2025 por el diario británico, la revista +972 Magazine y Local Call. Los rostros permanecen en la penumbra y las voces están alteradas mediante inteligencia artificial (IA). La paradoja es que la misma tecnología que sirve para proteger el anonimato de los ejecutores ante la cámara es la que se utiliza para convertir a miles de personas en objetivos invisibles. Yuxtapuestas se ven, cada tanto, imágenes de archivo, los bocetos que los informantes dibujan a mano para explicar logística y código, y tomas de las ventanas de los departamentos israelíes con su vida habitual.

A través de los testimonios se devela el funcionamiento de la vigilancia telefónica masiva mediante los celulares de las víctimas y de los sistemas predictivos, como el llamado Lavender, que señala como objetivos de ataque a presuntos integrantes de Hamás. La decisión estratégica de la inteligencia militar estableció que el momento más eficaz para eliminar al objetivo es durante la noche y en sus casas, cuando los teléfonos están sobre las mesas de luz y las familias reunidas. La IA no busca rostros ni historias humanas: procesa señales, coordenadas, palabras clave, como papá, e indicadores de calor en verde. El sistema asume un margen de error e integra en su código una cuota predeterminada de víctimas inocentes aceptables que puede ir desde 80 civiles por edificio hasta centenares, a partir de un perfil identificado como de alta jerarquía.

La tecnología no es neutral. Ha sido concebida, desarrollada, financiada y programada por seres humanos atravesados por decisiones políticas, sesgos e ideologías. La arquitectura algorítmica encarna una visión del mundo y automatiza un marco ideológico que reduce comunidades e historias a variables de riesgo. Sin un rostro que los interpele, ejecutar el ataque se vive y se disfruta, dicen, como jugar un videojuego.

Al operar sin un diálogo moral interno, la interfaz mitiga la sensibilidad de los ejecutores y transforma el acto de matar en una rutina automatizada en la que la culpa se diluye en la cadena burocrática. La tecnología bélica (y no solo bélica) logra hoy sustituir la presencia humana por un indicador térmico visto a quilómetros de distancia. La pantalla suprime el encuentro cara a cara que, como apuntó Emmanuel Levinas, podría hacer emerger la exigencia ética.

Entre los testimonios, uno cuenta cómo mira por las pantallas a un perro devorar un cuerpo abandonado tras un ataque. El siguiente explica de qué manera atacan a la fila de gente que va rumbo a un punto de distribución de comida. Un tercero recuerda un viaje escolar a Polonia durante su juventud y la pregunta que lo obsesionaba sobre cómo los responsables de las atrocidades del Holocausto podían irse a dormir tranquilamente. Aquellos hombres encarnaban, para él, la figura misma del mal. Hoy, tras haber participado en la eliminación de cientos de personas en Gaza, se descubre preguntando: «¿Acaso esto significa que yo soy el mal?».

RECONSTRUCCIÓN

Los relatos permiten reconstruir los procedimientos de la violencia. Pero describirlos no implica que los perpetradores reconozcan la humanidad de quienes la padecen. Para Judith Butler, el marco de guerra constituye una operación epistemológica y ontológica que produce las condiciones de inteligibilidad y condiciona qué existencias pueden ser reconocidas como humanas, qué sufrimientos llegan a interpelarnos y qué pérdidas pueden ser objeto de duelo. En NAZA, esa operación adquiere una dimensión administrativa y tecnológica mediante la ciencia de datos y el machine learning. La reducción de una vida a un dato no queda solo en las pantallas operativas del Ejército, también se materializa en el territorio donde se establecen límites cuya transgresión desencadena la muerte. Uno de los entrevistados describe cómo, incluso después de los bombardeos, se destrozan las viviendas para forzar a que la población gazatí se desplace e impedir así su regreso. La tierra arrasada es una estrategia que se continúa en la dimensión simbólica. La afirmación de que «no hay inocentes en Gaza», extendida dentro del Ejército israelí tras los ataques del 7 de octubre, ofrece una justificación para la violencia que atraviesa la cadena de decisiones. Así, aunque esas vidas sean vigiladas y sus voces escuchadas, quedan fuera del marco que permite reconocerlas como humanas. La frontera militar no inaugura la deshumanización, sino que materializa una operación previa que ha clasificado a esas vidas como no llorables hasta convertir su exterminio en una pérdida que no cuenta.

El documental colocó al discurso oficial ante su propia contradicción cuando, después de Venecia, brotaron las acusaciones de que los testimonios eran falsos. Si lo que se revela no es cierto, ¿por qué prohibir el ingreso de la prensa internacional y de observadores independientes a Gaza? El bloqueo también revela la naturaleza del marco.

NAZA plantea una tensión estructural en su propio dispositivo enunciativo. Aunque desmantela la lógica de la ocupación, su arquitectura visual y sonora descansa de manera casi exclusiva en la palabra de los informantes israelíes. La penumbra y la anonimización otorgan la palabra a quienes operaron la maquinaria de muerte, mientras las víctimas palestinas aparecen como el reverso mudo del archivo entre las ruinas. La banalidad del mal toma forma contemporánea en la delegación del exterminio en sistemas de perfilamiento predictivo que diluyen la culpa individual bajo la premisa burocrática de la ejecución: «¿Es un genocidio?», pregunta el entrevistador. «Sí», responde uno de los entrevistados.

El documental se cierra en las ruinas de Gaza. Se escuchan los gritos de un hombre que busca a los suyos entre el hormigón destruido. En los escombros asoman los cuerpos de niñas y niños. No hay en ese registro consuelo ni promesa de reparación.

Susan Sontag recordaba que la fuerza de las imágenes del dolor no reside en ofrecer alivio, sino en perseguir la conciencia e impedir la comodidad del silencio. Que retumbe, entonces, la voz que nombra y reclama un rostro, una historia, algo de la humanidad perdida entre tanto marco, cálculo y muerte en gerundio.

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