Hay algo profundamente inquietante en ver La virgen de la tosquera1 ahora, en un momento en el que Argentina atraviesa una violencia social creciente que, nuevamente, no se sabe dónde va a desembocar. La precisión cronológica de haber estrenado en este momento una película situada justo antes del estallido de 2001 suma mucho a la conciencia de esa crueldad constante, intangible, que se esconde en la desigualdad y en la tristeza de crecer en un país en el que el futuro no es más que sombra. La tosquera, ese gran pozo originado por la extracción de tosca, de suelo arcilloso para la construcción, al abandonarse se llena de agua de lluvia y ofrece, como cuenta uno de los personajes, un entorno fresco y superficialmente hermoso, pero también es una trampa mortal: sus grandes profundidades, sus ...
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