Mi amigo robot y Duna: parte 2: Fulgores en las salas - Semanario Brecha
Mi amigo robot y Duna: parte 2

Fulgores en las salas

En las carteleras comerciales coexisten actualmente dos películas sobresalientes, cada una en las antípodas de la otra. Mi amigo robot es una animación artesanal, independiente, entrañable y sencilla. Duna: parte 2 , un grandilocuente blockbuster de autor, una película grave, ostentosa: el tipo de cine que no pasa ni quiere pasar desapercibido.

Fotograma de Duna 2

DE HUMANOS Y ANIMALES

En Maus, la genial novela gráfica en la que el historietista sueco Art Spiegelman recreó el Holocausto, los personajes estaban representados como animales antropomórficos, lo cual permitía una identificación universal. Este curioso rasgo llevaba a que los lectores pudieran proyectar sus propias experiencias y emociones en los personajes, independientemente de su raza o etnia, lo que también ayudaba a crear empatía y una conexión emocional con ellos. En Mi amigo robot, sensible largometraje animado hispano-francés nominado al Oscar a mejor película animada, el director Pablo Berger utiliza el mismo recurso: la historia está ambientada en la ciudad de Nueva York en la década del 80, y el protagonista es un perro llamado Perro, que vive solo en un apartamento. Cuando su soledad comienza a pesarle, decide hacer una compra singular: un robot que comenzará a convivir con él y a hacerle compañía. De a poco, desarrollan un vínculo emocional creciente y profundo.

La primera particularidad de este filme es la ausencia absoluta de diálogos. Los personajes se expresan mediante sus acciones y reacciones, sus miradas y sus gestos, y en este sentido es sobresaliente la forma en la que se desarrollan su psicología y sus vínculos, a través de una interacción en la que, progresivamente, van descubriendo su entorno y el florecimiento de sus emociones. La sencilla animación en 2D sigue un estilo de «líneas claras» –forma de dibujo popularizada por el belga Hergé en Las aventuras de Tintín– en el que tanto los personajes como los fondos se ven con igual nitidez. Esta claridad se condice con personajes aniñados e inocentes, lo que lleva a pensar en una historia infantil, quizás en una simpática fábula nostálgica y amable.

Pero es tan solo una ilusión: elementos inesperadamente trágicos irrumpen como gruesos nubarrones y se instalan sobre la anécdota, dándole un giro de 180 grados a la historia y convirtiendo el dulce idilio introductorio en un drama recargado y estremecedor. Quizá por esto, en diferentes países, la película fue calificada como no adecuada para menores de 10 años. Es que, a partir de determinada escena en una playa, la película cambia el tono y lleva a que los personajes padezcan hostilidades hasta ahora ausentes en el planteo: la represión, la burocracia, la crueldad más cruda e indolente.

Otra peculiaridad es que la película evita referencias a lo sexual, lo cual provee a los vínculos de un curioso atributo: pueden ser interpretados como amistades o como vínculos de pareja sin que se establezca su naturaleza con claridad. Y esto trae consigo otra extrañeza: no existen géneros definidos en los personajes principales, lo que puede hacer pensar de forma indistinta en vínculos que contienen cualquier tipo de orientación sexual.

Es probable que todas estas características ya se encontraran presentes en la novela gráfica homónima de Sara Varon, pero cabe destacar el poder emotivo de esta adaptación cinematográfica, debut de Berger en la animación. Ayudado con una banda sonora portentosa, el abordaje sabe cómo tocar fibras sensibles y lo hace también gracias a su riqueza de detalles y al sobrecogedor realismo de alguna de sus situaciones: no se ahorra las referencias a los más profundos dolores ocasionados por el abandono, la depresión, la injusticia, los vínculos tóxicos o la añoranza. Por fortuna, luego de tanta congoja, la película se destapa como un poderoso canto a la resiliencia. Mi amigo robot ya se destaca como uno de los estrenos importantes del año, porque se trata de un cine sentido, honesto y original como pocos.

CERCANO A DIOS

Muchos esperaban con ansias la segunda entrega de Duna, quizá el blockbuster de autor de la década, uno que recibe elogios exultantes por parte de la cinefilia y la crítica especializada, y que supone un descomunal despliegue épico orquestado por Denis Villeneuve, uno de los más importantes talentos del cine actual. Ya después de Incendies (2010), Prisoners (2013), Sicario (2015) y La llegada (2016), el director canadiense se merecía un podio entre los mejores del mundo, y desde entonces solo ha avanzado en cuanto a cifras millonarias invertidas en la producción de un audiovisual fantástico, ampuloso y grandilocuente. Es que no menos puede decirse de lo que vino después: Blade Runner 2049 (2017) y Duna (2021), un cine que no deja a nadie indiferente. Esta característica es un gran atributo; ante tanto cine irrelevante, lavado e híperreciclado, siempre viene bien una superproducción a contracorriente, que pretende llevar la ciencia ficción a otra escala y que desborda talento a todo nivel: su montaje, su fotografía, sus efectos sonoros y especiales, su diseño de producción, su música, vestuario y maquillaje, todo juega su papel en una experiencia portentosa que, al menos de a ratos, se percibe como algo único e irreplicable.

Hay escenas que son grandiosas: al inicio, el protagonista sufre una emboscada junto a las tropas de los Fremen, en una secuencia magistral en la que el silencio cumple una función fundamental mientras oscuras figuras levitan sobre las dunas del vasto desierto. Más adelante, el ataque a un colosal aparato recolector de especias supone una escena de acción alucinante, con varios vehículos de todo porte y tamaño participando en el juego y acorralando una y otra vez a los protagonistas. Pero quienes no hayan gustado del despropósito de solemnidad grandilocuente que fue la primera entrega de esta saga, posiblemente no puedan tolerar ni un fragmento de esta secuela, que multiplica las apuestas en ese sentido. Duna: parte 2 tiene mucho de espectáculo religioso y parecería buscar el mismo tipo de fascinación que las grandes catedrales y sus ornamentos inaccesibles: la idea de algo extraterrenal, monumental, casi celestial. No es de extrañar que, para representar la formación de los ejércitos de los malvados Harkonnen, Villeneuve se haya inspirado en El triunfo de la voluntad, película de propaganda del nacionalsocialismo perpetrada en 1935 por la cineasta alemana Leni Riefenstahl.

Pero tanta devoción no parecería justificarse, al menos no desde lo dramático. Al igual que su precedente, Duna: parte 2 es demasiado fría en la exposición de los personajes y sus vínculos, lo que impide un verdadero involucramiento. Por otro lado, sobre el final de la película el ritmo decae y la trama se boicotea a sí misma al introducir algunos personajes nuevos. Así, la aparición de las actrices Léa Seydoux y Anya Taylor-Joy es abrupta, y es dificilísimo descifrar qué pito tocan en la historia, aunque tal vez lo mejor sería dejarse llevar, caer en la hipnosis de la fascinación, aceptar la pequeñez, la grandeza de Villeneuve, y asimismo recordar que una entrada al cine es mucho más accesible que el diezmo.

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