Vivir sin pertenecer – Brecha digital
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Vivir sin pertenecer

DIFUSIÓN

Es obscena la cantidad de galardones que obtuvo esta película. Cierto es que su doble condición de documental y animación le proporcionó, en festivales y otras ceremonias, mayores posibilidades de competencia en determinadas categorías –de hecho, esta es la primera película de la historia que fue nominada al Oscar a mejor producción extranjera, a mejor largometraje documental y a mejor largometraje animado–. Pero, además, obtuvo un consenso crítico positivo prácticamente unánime, con índices de aprobación de más del 91 por ciento en sitios especializados como Rotten Tomatoes y Metacritic. Una razón de peso para ello es la cantidad de problemáticas sociales en las que profundiza –la homosexualidad, la guerra, la inmigración– y otra, seguramente, su aproximación histórica, en la que los occidentales pueden confirmar, no sin cierto sentimiento de superioridad moral, los horrores cometidos por los gobiernos de Afganistán –estado satélite de la Unión Soviética– y, más adelante, los de Rusia luego de la caída de la URSS. La denuncia es atinada y pertinente, pero claro está que se trata de una película que se acomoda con facilidad a cierto sentir general imperante.

Cabe señalar, de cualquier modo, que la aproximación es sobresaliente y que, a priori, lo más destacable del material es la cercanía humana. El director danés Jonas Poher Rasmussen decidió entrevistar a un amigo de la adolescencia –aquí con el seudónimo de Amin–, un refugiado afgano que ya de adulto, en un testimonio sentido y con mucho de terapéutico, evoca su ardua vida, desde su infancia hasta la actualidad. Los pormenores del protagonista son reconstruidos con una animación llena de saltos temporales que permiten una mayor empatía con el narrador y sus desventuras. La notable selección de fragmentos vitales no solo reconstruye una sucesión de horrores históricos, sino que esboza con habilidad un personaje imperfecto y, en algunos casos, equivocado. Cuando entendemos que sus mentiras encuentran su justificación en infortunios pasados; cuando en su adolescencia pide a una asistente social medicinas para curar su homosexualidad, es posible dimensionar el choque cultural y ciertos dolores enquistados en el personaje. Esta cercanía, esta peculiar amistad entre el cineasta y el entrevistado, habilita una honestidad y una apertura que en otro tipo de acercamiento habrían sido difíciles y hasta improbables.

Ya ha corrido bastante agua bajo el puente desde la inaugural Persépolis (2007), película que significó un importante puntapié inicial para una gran seguidilla de recreaciones históricas animadas (Vals con Bashir, The Breadwinner, Un día más con vida, Josep y un largo etcétera) y sirvió como paradigma de representación de determinadas realidades que, de otro modo, serían irreproducibles. Pero en este caso lo realmente novedoso es que se utiliza la animación para salvaguardar la identidad de Amin. Otros documentales recurrirían al rostro pixelado y el audio alterado, pero aquí el personaje simplemente es dibujado en un registro natural y fluido. El título refiere a una huida permanente, terrible, a la que el protagonista se aboca desde pequeño y que supone huir sin parar, de la verdad, de ser gay en una familia afgana, de la Policía rusa, de la vergüenza, de sentirse un desclasado, de traumas terribles que incluso hoy deben permanecer enterrados en lo más recóndito de su persona. Lo cierto es que pocas películas han sabido reproducir un sentimiento tan peculiar: el suplicio de vivir huyendo, de vivir sin pertenecer.

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