I
Quince minutos atrás, mi profesora de Filosofía comenzó a explicar cómo Martin Heidegger fue crucial en la conformación del pensamiento existencialista, pero yo ya dejé de prestarle atención. Miro hacia afuera, a través de una ventana que da a la calle Antonio Machado. Veo cómo todos corren. Cuando corren así, y sales del aula e intentas avanzar para llegar a la puerta del liceo mientras te lo impiden decenas de estudiantes conversando en voz baja, y la atmósfera contiene iguales cantidades de intranquilidad y morbo, uno puede imaginar que el circo horroroso de la violencia ha llegado de nuevo y está a punto de empezar su función. Minutos después, los gritos, los golpes, los nervios.
Una profesora trata de apartar a dos que se pelean, con poco éxito. La portera me mira, agotada, y me dice: «Uno de esos no es de aquí». Los de aquí se limitan a observar una escena que se torna cada vez más cotidiana, un acto sine qua non en el desarrollo de las mañanas y las tardes de gran parte de las instituciones educativas del Uruguay. Un gurí, de unos 15 o 16 años, entra al liceo con toda la cara ensangrentada. Todos lo miran y él se limita a bajar la cabeza mientras masculla algunas palabras a la directora. Al cabo de unos minutos las puertas del liceo se cierran por completo y todos, hijos de Foucault, quedamos encerrados allí hasta que la hora de irnos a casa llegue.
II
Pienso que ese gurí querrá llegar a su casa. Pienso que la profesora que se tuvo que meter en la pelea también querrá llegar a su casa. Pienso en Lula, mi perra, que está en mi casa y no podrá entender jamás las complejidades de la violencia humana. Dejo de pensar mientras camino hacia el gremio, donde va a comenzar un plenario extraordinario que tiene como fin buscar alguna solución, por rústica que esta sea, para intentar frenar la espiral de violencia en la que desde hace semanas estamos sumergidos, una solución con la que soportar el peso de toda una comunidad educativa que empieza a resquebrajarse desde que tenemos que lidiar, día tras día, con la imprevisibilidad de las piñas. Nos miramos, los unos a los otros, y percibimos el extravío de un grupo de estudiantes que, aunque anhelan transitar por el liceo con un mínimo de seguridad, no fue educado jamás para enfrentar conflictos de tal magnitud. «¿Quién es el culpable de la violencia?», se pregunta una. No lo son, desde luego, los estudiantes que, repletos de rabia –por el mundo que habitan, la pobreza que padecen, la inseguridad de sus barrios, la incertidumbre de vivir sin vislumbrar un futuro posible–, encuentran en ella una salida inmediata para satisfacer sus impulsos. Tampoco lo es la comunidad docente, que busca contener y apaciguar, que, con los pocos recursos con los que cuenta, apunta al diálogo, a la convivencia y al respeto entre estudiantes. Sabemos que la dirección le ha solicitado a ANEP (Administración Nacional de Educación Pública) en varias ocasiones más horas de portería, ya que tenemos portera durante solo cuatro horas. Esto permitiría, al menos, impedir el ingreso de personas ajenas al liceo, que muchas veces se encuentran involucradas en las habituales peleas. Ante este reclamo, ANEP se ha escudado en la ya por todos conocida falta de presupuesto. Vuelvo a pensar: no se trata de buscar un culpable entre nosotros, porque capaz no está aquí.
III
Acordamos convocar a un paro estudiantil y a una concentración en las puertas del liceo el martes 16 de junio, en horas de la mañana. No convocamos a esta concentración porque poseamos una respuesta para acabar con la violencia. No tenemos los recursos económicos o el conocimiento necesario para hallar una salida ante las peleas infinitas, pero tenemos voz, y los estudiantes hemos sabido siempre cómo hacer ruido. Tanto ruido habrá que aquellos que sí son capaces de plantear una solución terminarán escuchándonos, y, si no nos escuchan, gritaremos el doble de alto. No es una opción la de permanecer en silencio y aceptar una realidad que a todos nos perjudica. Porque sabemos que hay otros y otras que vienen detrás que merecen el humano derecho de la educación y que, para que este no sea vulnerado por la violencia, la inseguridad y el hostigamiento, hay mucha lucha que dar todavía.
IV
Algún día todo esto pasará y ningún estudiante va a perder el hilo de una clase sobre Heidegger cuando, al ver hacia afuera, observa cómo todos corren.
(Claudio Acebo es estudiante de educación secundaria. Integrante del gremio del Liceo 26 Líber Falco, de Montevideo).







