Fuera del gobierno, Pablo Iglesias apunta a la capital

La batalla de Madrid

Con una apuesta a los barrios obreros y a sus muchos votos ausentes en las últimas regionales, el líder de Podemos lanzó una campaña que conjuga defensa de lo público y polarización con la ultraderecha. Ya ha logrado complicar las chances de reelección del PP.

Pablo Iglesias junto a su equipo de asesores en Madrid, el 11 de abril RRSS

Si Pablo Iglesias fuera uruguayo, probablemente sería Óscar Andrade. El profesor de Ciencias Políticas de la Universidad Complutense de Madrid y líder de Podemos, y el antiguo panadero y obrero de la construcción montevideano comparten el origen comunista, la idea de que sus respectivos partidos deben ser tanto fuerzas de gobierno como de movimiento y hasta ciertos rasgos de estilo: por lo pronto, su capacidad de agitar las aguas y salirse de la norma. De ser como aguijones. También de autolimitarse por disciplina.

En marzo, el que todavía era vicepresidente segundo del gobierno español ideó otra de sus maniobras de impacto: anunció su salida del Ejecutivo nacional y su vuelta al ruedo en un espacio más reducido, el de la Comunidad de Madrid, para disputarles la capital y sus alrededores a «la derecha y el fascismo» en las elecciones anticipadas del 4 de mayo. Su primer objetivo lo logró: hacer que lo que parecía imposible hasta hacía algunas semanas hoy ya no lo fuera tanto, es decir, que el poder de Isabel Díaz Ayuso, presidenta de esa comunidad autónoma y figura ascendente del ultraconservador Partido Popular (PP), pudiera verse cuestionado.

Si las encuestas de opinión fueran ciertas, Díaz Ayuso seguiría ubicándose primera y lejos, pero estaría mucho más distante de lo que estaba de su meta de conseguir una mayoría absoluta y necesitaría, sí o sí, de los ultraderechistas de Vox para alcanzar el mismo nivel de votos que la suma del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), Más Madrid –la escisión por derecha de Podemos creada por el exnúmero dos de esa formación, Íñigo Errejón– y Unidas Podemos (UP), la alianza entre Podemos e Izquierda Unida. El «efecto Iglesias» pasó por allí.

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Manolo Monereo es un histórico referente comunista, considerado el padre político de Iglesias, que en los últimos tiempos se distanció de él al pensar que Podemos había perdido la radicalidad de los inicios. Sin embargo, le reconoce a su antiguo pupilo una muy inhabitual capacidad de  «mover fichas» y patear el tablero. «La decisión de Pablo Iglesias de abandonar el gobierno y presentarse como candidato a las elecciones autonómicas de Madrid es una noticia importante», escribió este exdiputado (Cuarto Poder, 16-III-21). Con ese gesto, piensa Monereo, Iglesias mandó «un mensaje de esperanza, de aliento y de movilización en momentos nada fáciles»: «Hacer política es decidir, y si algo caracteriza a Pablo Iglesias es crecerse en las dificultades y no aceptar pasivamente el decurso de los acontecimientos», apuntó.

Las cosas se le habían vuelto difíciles a UP en general y a Iglesias en especial en el Ejecutivo dirigido por el socialista Pedro Sánchez. A UP le costaba –le cuesta–, incluso, hacer respetar los acuerdos suscritos negro sobre blanco con los socialistas. No pudo hasta ahora UP, por ejemplo, eliminar la reforma laboral del PP ni la llamada ley mordaza, que penaliza con cárcel a quien ose criticar a la monarquía (véase «El rap de la cárcel», Brecha, 19-II-21). Tampoco logró que el PSOE acepte frenar los alquileres abusivos ni elaborar una ley de vivienda distinta a la que rige, que favorece a propietarios, bancos, empresas constructoras e inmobiliarias (véase «Desahucios y escraches», Brecha, 22-V-14). «Sánchez no se puede permitir mentir a sus votantes. El derecho a la vivienda es un derecho humano esencial que no puede ser regido por la ley del mercado. Eso fue lo que acordamos. Sería una vergüenza que el PSOE terminara haciendo una ley con el PP y los grandes propietarios», dijo Iglesias poco antes de abandonar la vicepresidencia.

Otras medidas que formaban parte del programa conjunto sí pudieron ser adoptadas en estos 15 meses de gobierno de coalición, en buena medida tras disputas a veces ásperas e in extremis, luego de que UP se plantara y amenazara con dejar a los socialistas sin margen para formar una nueva mayoría. Visto desde la izquierda, dice Monereo, UP ha sido más útil por lo que pudo evitar (un franco corrimiento hacia la derecha del PSOE) que por lo que ha conseguido arrancar a sus socios. En la disputa constante que mantenía con los socialistas, gran parte de los cuales veían y ven a los cuatro ministros de UP sobre todo como «activistas y agitadores, y no tanto como gobernantes» (La Vanguardia, 21-III-21), Iglesias se había desgastado. Necesitaba bajar a la calle, no sólo para enfrentar una batalla electoral que, en principio, parece más perdible que ganable, sino también para dar un nuevo aire a una UP que ha ido perdiendo peso en los territorios, incluida su cuna madrileña.

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UP plantea: en sus 25 años de gestión continua de la Comunidad de Madrid, el PP ya ha ampliamente neoliberalizado el territorio, bajando los impuestos a los más ricos, privatizando la sanidad y los espacios públicos, entregando la vivienda al mercado y la educación a los privados (principalmente católicos), gentrificando a pasos acelerados la capital con la expulsión de los sectores populares de las zonas centrales y la tugurización de los barrios pobres, etcétera, etcétera. Pero ahora Madrid y su periferia pueden ser, además, «la puerta de entrada al trumpismo en Europa occidental» de la mano de la alianza entre los populares y Vox. Un laboratorio.

UP ha elegido dar la lucha con el PP y Vox en el plano ideológico y cultural: una confrontación directa sobre dos proyectos totalmente distintos, no sólo de ciudad, de territorio, sino también de sociedad. Ayuso recogió el guante y respondió en el mismo plano: «Si nos llaman fascistas es que vamos por el buen camino», dijo en un programa de televisión. Y agregó que la alternativa en Madrid es «entre libertad y comunismo», entre «los defensores de la libertad y los aliados de la ETA, de los independentistas catalanes, de los bolivarianos, esos que quieren expropiar las casas de los madrileños». Entrado Iglesias en la disputa, con él eligieron confrontar a derechistas y ultraderechistas. A ambas partes les conviene. En el medio quedan los otros partidos: en la centroderecha, Ciudadanos, que va camino a una desaparición lisa y llana, absorbido por el PP, Vox y, en menor medida, los socialistas; en el progresismo, el PSOE, cuyo candidato, Ángel Gabilondo (un oscuro apparátchik sin mayor carisma), apunta a no hacer demasiadas olas y permanecer como segunda fuerza en la Comunidad de Madrid, y Más Madrid, que pugna por resistir al huracán Iglesias.

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La estrategia explícita de UP es no polemizar con el PSOE y Más Madrid, y concentrar el fuego en la derecha y la ultraderecha. Su candidato no ha salido ni siquiera a responder a las críticas de Gabilondo, que lo tachó de demasiado radical y dijo que prefería gobernar con Ciudadanos que con «este Iglesias confrontativo». El exvicepresidente sólo recordó que algo similar había declarado Sánchez («Si Pablo Iglesias entra al gobierno, no podré dormir tranquilo») poco antes de verse obligado a pactar con UP y aceptar la molesta presencia del dirigente de Podemos en su gabinete. «Estamos condenados a entendernos si queremos sacar a la derecha a los fascistas del gobierno madrileño», dijo Iglesias. Y afirmó que lo mejor que le puede pasar a la izquierda y al progresismo es no confrontar entre sí, para luego confluir en una alianza.

A lo que apuesta UP es a movilizar al electorado popular. Parte de la base de que el alto abstencionismo en los barrios pobres y de capas medias es lo que le ha permitido al PP anclar su dominio en Madrid durante este último cuarto de siglo. Algunos estudios demográficos lo confirman: en las últimas elecciones, en 2019, en las zonas más acomodadas de la capital la abstención fue del 22 por ciento, mientras que en las más pobres superó el 50. «En los últimos lustros se ha instalado la idea de que Madrid es de derechas, cuando lo que pasa es que en Madrid vota sobre todo la derecha», señala una nota publicada por eldiario.es el sábado 10. «Si en el barrio de Vallecas hubiera la misma participación que en Salamanca, la izquierda ganaría las elecciones», asegura un spot difundido en la plataforma de público.es. (Vallecas es un barrio popular por antonomasia; Salamanca, uno de los de mayor renta.) El spot señala que el PP, Vox y Ciudadanos consiguen su mayoría ganando únicamente en los distritos más ricos, que representan el 30 por ciento del total de la población.

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Podemos pretende movilizar a ese electorado popular dormido. «Que hable la mayoría» es su lema de campaña. Y a los integrantes de su lista los definió a partir de un eje territorial y de clase: un inmigrante de origen senegalés que llegó a España 15 años atrás en patera, al que Vox pretende expulsar del país; un taxista; una integrante de la plataforma contra los desalojos; un médico intensivista de un hospital público desbordado por los casos de covid-19…

«La defensa de lo público, de un territorio para todos, va a ser el centro de nuestra campaña en Madrid. Es un eje claro de confrontación directa con la derecha y que va al corazón de los intereses populares», dijo uno de los colaboradores más cercanos de Iglesias, el diputado por UP Rafael Mayoral. En el programa de UP figuran el aumento del presupuesto y el personal de la salud; el cese de las privatizaciones y las tercerizaciones de servicios hospitalarios; el reforzamiento de la educación estatal y la prohibición de subvencionar a escuelas y liceos que segreguen por sexo; mayores impuestos a las rentas más altas; la prohibición de desalojos en pandemia; gravámenes a las viviendas vacías; el cese de las carreras de toros. Aunque Iglesias no lo dice, su programa no sólo se diferencia del programa del PP: también del de los socialistas, que no hablan de gravar a los más ricos ni la vivienda vacía, ni se meten con la educación privada ni con la tauromaquia.

Con un PSOE centrista y un Más Madrid que se busca, «UP tiene todo el carril izquierdo libre», apunta eldiario.es. El solo anuncio de la candidatura de Iglesias hizo que UP —que venía en desbandada y es hoy el sexto partido en número de representantes en la Comunidad de Madrid— duplicara su intención de voto. Gracias a ese impulso, la posibilidad de un gobierno de confluencia UP-PSOE-Más Madrid en el espacio capitalino ya no es disparatada: las últimas encuestas hablan de un empate entre el bloque progre y el PP-Vox. UP apuesta todo a que la movilización del electorado popular no sólo desbanque a la derecha, sino que le dé a un eventual gobierno alternativo toques más rojillos.

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