La cuadratura del círculo - Semanario Brecha
El multilateralismo tiene muchos lados, pero la Tierra es redonda

La cuadratura del círculo

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Cuando el 4 de diciembre la Casa Blanca hizo pública la Estrategia de Seguridad Nacional, dejó por escrito con claridad su proyecto de dominación de corte imperial. Así, abandonó una estrategia que tuvo sus altos y bajos, pero que funcionó desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Estados Unidos ya no es una potencia hegemónica, un poder que usa no solo la fuerza sino también sus políticas de alianzas, su cultura, su capacidad de convencimiento y negociación para hacer prosperar sus intereses: ahora se proclama potencia imperial y reivindica el Occidente como un campo a controlar en beneficio propio. Intenta no perder su influencia con acciones puntuales de carácter bélico-transaccional abandonando la diplomacia e ignorando las normas, las leyes y los tratados. Es la puesta en práctica directa y brutal de la fuerza.

Henry Kissinger afirmaba que los imperios no requieren organizaciones internacionales modernas porque su autoridad es cultural y jerárquica. Para él, el Estados Unidos posterior a la Guerra Fría debía liderar mediante alianzas selectivas (por ejemplo, la OTAN), sin ceder soberanía a la ONU. Su pensamiento realista vio los organismos internacionales como herramientas tácticas, no esenciales para un imperio como Estados Unidos. Ahora esta doctrina es el punto de partida de la actual administración estadounidense.

Rápidamente, en pocos meses, Estados Unidos abandonó decenas de organismos internacionales, de la ONU y de otras instituciones de alcance internacional, alejándose de la Organización Mundial de la Salud, de la Unesco, de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe, entre otras, y eliminó de su presupuesto agencias nacionales como la USAID, herramienta esencial de su soft power. El gobierno de Estados Unidos deja de tratar a otros países como aliados, o socios, y los trata y maltrata como súbditos. Usa medidas económicas para intentar forzar decisiones judiciales (el caso de Jair Bolsonaro) o electorales fuera de Estados Unidos. Simultáneamente desprecia el sistema judicial de su propio país, intenta acostumbrar a su pueblo a una represión cada vez más violenta y libera centenares de presos, debidamente condenados, para reforzar la base de sus seguidores fanáticos.

La aplicación de «la paz por la fuerza», America First y la lucha cultural antiwoke ejercen censura sobre el lenguaje en cualquier ámbito en que operen intereses estadounidenses, rechazando menciones al cambio climático, al desarrollo, la inclusión social o a la palabra género. Este conjunto de medidas ha determinado un enorme debilitamiento de lo que se ha dado en llamar el multilateralismo.

EL MULTILATERALISMO

Esta palabra se usa para definir la forma de organización y de funcionamiento regida por reglas, acuerdos y principios aceptados por Estados soberanos para resolver conflictos, encontrar soluciones para problemas que conciernen a varios o a todos los países y negociar su puesta en práctica en el seno de organizaciones internacionales. En principio cada país es una voz y un voto en igualdad de condiciones, con excepciones previstas que dan ciertos privilegios, como el veto que tienen cinco países vencedores de la Segunda Guerra Mundial en el Consejo de Seguridad de la ONU o el voto calificado según el aporte del país al presupuesto, como en el Fondo Monetario Internacional y otros organismos de corte financiero. La multilateralidad –del latín «que tiene muchos lados»– describe así el funcionamiento de los organismos internacionales, en particular el sistema de Naciones Unidas, las instituciones regionales y las agencias especializadas. Esa multilateralidad es lo que Estados Unidos da ahora de baja para implementar relaciones unilaterales en las que hace primar sus intereses amenazando militarmente, imponiendo sanciones y todo tipo de presiones.

Un fuerte debate apareció en la reciente reunión del Foro Económico Mundial en Davos, Suiza. La publicación del documento de Estrategia de Seguridad Nacional estadounidense, la insistencia de Donald Trump de controlar Groenlandia y sus declaraciones sobre anexar Canadá provocaron reacciones; la más destacada de ellas fue la del primer ministro de Canadá, Mark Carney. Pocos esperaban de este economista que dirigió el Banco de Inglaterra y el Banco Central canadiense una posición política tan clara y firme.

Carney no defendió el multilateralismo tal cual funcionaba hasta hace poco y que cubría ficciones e hipocresía, pero llamó a un orden nuevo en el que las potencias medias se junten para resolver desafíos comunes con un «realismo basado en valores». Dio el ejemplo de las acciones recientes de Canadá al firmar acuerdos con la Unión Europea, China, Qatar, al negociar con Filipinas, el Mercosur y al defender la soberanía de Groenlandia y de Dinamarca. Pocos días después, el presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva reafirmó la resistencia a la acción de tipo imperial estadounidense y promovió la idea de una integración permanente al Consejo de Seguridad de países importantes por su economía y población.

¿Y POR QUÉ MULTILATERALISMO?

Queda claro que, sin un orden internacional basado en reglas, el futuro se anuncia con más conflictos, pérdida de libertades, violencia y, sobre todo, incapaz de resolver problemas que conciernen a buena parte de la humanidad. La dominación por un país cuyo gobierno niega el cambio climático, desprecia la solidaridad, ignora las leyes (dentro y fuera de su territorio) y cuyo argumento principal es la amenaza y la violencia no augura un futuro mejor. Queda también claro que no se trata de volver atrás, vista la incapacidad del sistema actual para hacer frente a la multiplicidad de desafíos.

Es el momento de hacer un esfuerzo suplementario. Nuestros conceptos e ideas arraigados nos están impidiendo ver la realidad tal como es. Desde ya pido disculpas por lo que puede aparecer como un planteo demasiado heterodoxo. Sin embargo, afirmar que la Tierra era redonda también fue una herejía en su momento… y creo que hay que volver a afirmar que la Tierra es más o menos redonda (una papatoide, decía mi profesor de Informática).

Multilateralidad se usa de forma metafórica para describir la situación en la que muchos interlocutores legítimos discuten para escuchar propuestas y resolver problemas. Cada país es un lado. Tanto es así que, según Leo Gross (La guerra por la paz en Europa, 1950), cuando se negociaba el fin de la guerra de los Treinta Años, la sala de reuniones en Münster tenía múltiples puertas para que el representante del Sacro Imperio Romano Germánico no se cruzara con príncipes, reyes u otros enviados de fuerzas en conflicto. Cada cual entraba por su lado. De ese proceso salieron los Tratados de Westfalia, que terminaron con siglos de guerras europeas y dieron nacimiento al Estado moderno, a la idea de soberanía y de no intervención en los asuntos internos de otros países. Ese concepto nacido a mediados del siglo XVII sigue vigente. Y es obsoleto. No sirve más. No da soluciones eficaces para los problemas del siglo XXI. Además, no lo respeta Estados Unidos.

Los 193 países reconocidos por la ONU entran por la misma puerta, pero el alcance de sus propuestas difícilmente sobrepasa los puros intereses nacionales. Pero el cambio climático nos afecta a todos. Las fronteras no pueden parar inmigrantes desesperados ni virus contagiosos. Un solo Estado no puede controlar la acumulación faraminosa de riqueza en pocas manos ni las organizaciones criminales que operan en todos lados, ni el agotamiento de un sistema global que explota los recursos naturales y la gente sin reparar en los daños a mediano plazo. La realidad no es un cubo que tiene seis lados, es una pelota que no tiene bordes.

La salida para la actual crisis en el orden mundial no se alcanza agregando lados al cubo, sino encontrando la manera de organizarse en un mundo entendido como una unidad, un objeto múltiple, complejo y en continuo movimiento, poniendo en evidencia que todo está relacionado y que es con todo que se debe lidiar simultánea y solidariamente, reivindicando la valiosa herencia de la ONU y de la Declaración Universal de los Derechos Humanos y dando voz a los pueblos, en cuyo nombre se crearon. Importa que potencias intermedias se unan para resolver problemas concretos como propone Carney. Importa que se agreguen sillas alrededor de la mesa del Consejo de Seguridad, como pregona Lula. Importa que la población mundial, o al menos los que se preocupan por lo que pasa a su alrededor, sepa que hay fuerzas y formas capaces de decirle no al imperio, como dicen ambos. Pero el multilateralismo murió. Larga vida a la redondez de la Tierra.

¿Suena idealista? Claro. Pero una vez que aceptamos que la Tierra es redonda, fenómenos inexplicables cobraron sentido, la astronomía dio un salto gigante y el conocimiento de la naturaleza avanzó de forma exponencial. Eso sí, algunos terminaron en la hoguera: herejes o brujos, no idealistas. A ellos les dedico este pobre texto.

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