Hace ya 12 años –cuando José Mujica comenzaba su mandato, Luiz Inácio Lula da Silva terminaba el segundo y Cristina Kirchner, el primero–, tres economistas del equipo de la Cepal escribieron en Revista Cepal: «La caída en la desigualdad del ingreso entre los hogares, que la región experimenta desde hace una década, no ha implicado mejoras en términos de la apropiación de los frutos del crecimiento por parte de los trabajadores».1 La afirmación sonó paradojal. ¿Si la torta se repartía mejor, cómo era posible que la parte de los trabajadores no hubiese aumentado? Los autores explicaban que las cosas se veían distintas cuando, en lugar de limitarse a medir la desigualdad a través de encuestas de hogares –es decir, a partir de autodeclaraciones de ingresos–, se calculaba qué porcentaje del pro...
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