“La vida es linda, hermano”1

Pedro Giudice (1950-2019)

Ilustraciòn Alberto Lastreto

Pedro se fue sin ser, al menos, una de las cosas que no quería ser: esos viejos que se juntan a hablar sólo del pasado. Confiaba en los jóvenes, en la potencia de esa edad en la que él y tantos otros dieron la pelea. “Debo confesar que siempre me tiró más la juventud y, por lo tanto, prefiero vérmelas con los que fui y no con los que seré”, escribió. Quizás por esa confianza parecía siempre tan lleno de energía. Hizo poemas, dibujos y dos novelas. Si hubiese escrito algunas más de la calidad de “El fractal de Julia”, todos los medios hablarían de su muerte.

Publicó tarde para llevarse la fama superflua de flashes y periodistas, pero temprano para dejarnos una obra de tamaña calidad y amor. A tiempo para que pudiéramos aplaudirlo más alto que a los otros aplaudidos cuando fue galardonado como mejor ópera prima en la categoría narrativa por el premio nacional de letras. Porque tuvo el corazón grande para que cupieran todos los amigos que ese día lo acompañaron. Que el Pedro niño de ojos pícaros nos haya perdonado ese adiós en vida; que el escritor maduro haya tomado esa caricia como el mayor reconocimiento.

En El fractal de Julia estaban todos los Pedros: el gurí, el estudiante, el muchacho de los principios –el comunista–, el preso que cayó con 27 y quedó siete años adentro, el valicero, el viejo. Todos interpelándose entre sí. El de los principios, para quien Así se templó el acero, Un hombre de verdad, Días y noches de Stalingrado y Las venas abiertas de América Latina eran como la Biblia para los devotos, no podía comprender que el adulto valorase a Borges: “¿Y no te importa que sea un burgués reaccionario? ¿Para vos la forma es más importante que el contenido?”.

En su sonrisa y su mirada se podía ver incluso al niño de El fractal de Julia. El muchacho quedaba en ese “bo” que usaba a menudo. No siempre escribir implica ser valiente, pero Pedro se dejó, puede que sin saberlo, en esas páginas. El Pedro inocente y aferrado a la vida creería que ese libro es responsable de su ausencia. El más escéptico, quizás, lo negaría. El inocente podría creer que por algo vino a morir el mismo día que Miguel Hernández (“Si me muero, que me muera con la cabeza muy alta. Muerto y veinte veces muerto, la boca contra la grama, tendré apretados los dientes y decidida la barba”). El escéptico, quizás, lo negaría.

Hubiese preferido una coincidencia con Theo Angelopoulos, porque su estilo era coincidente con el suyo. El llamado del abuelo en el fractal: “Pietro, vedi qui”, es como el de la madre al hijo enLa eternidad y un día: “Aléxandros… Aléxandros, a comer”.Pietro y Aléxandros son grandes y son niños, protagonistas y narradores. Dice uno de los Pedros: “Yo sobreviví, y el Pichi, y el Siete Once, también, cuando no era fácil”. Sobrevivieron a la tortura, al penal, a los 45 minutos de visita de los hijos.

Pasaron años, prisión y lágrimas en los que aprendió que había otras luchas además de la de clase. Existía el feminismo, los ecologistas. Cuando salió de la cárcel, esas causas le parecían lejanas. “… la ternura te puede hacer llorar, como las penas de amor o la impotencia, o tantas cosas que no son mariconadas”,dice el Pedro veterano de la ficción que entendió que los hombres también lloran. Tipo gracioso, Pedro, bo.

No es fácil escribir sobre alguien que escribió sobre sí. En su premiada novela, uno de los tantos tú le pregunta a sus otros yo, más jóvenes y más viejos: “¿Cuál es el recuerdo primero?”. Uno de ellos responde: “La ocupación del liceo”. Pero otras imágenes se repiten: el barco de Sandokán, Tres novelas, de Iván
 Turguéniev, El talón de hierro, de Jack London, cuando mataron a Líber Arce, los médanos de Valizas, la celda, los amores. Pedro escribió lo que fue.

“Todo se puede. Todo pasa, todo llega. Llegó la libertad, llega la muerte. (…) ¡Arriba, compañeros! ¡Hasta la victoria, siempre!”. Partiste en la novela. Se fue Angelopoulos, pero aún quedaban Bruno Ganz y Giudice. Se fue Ganz y quedó Giudice. Te despediste, Pietro, pero aquí quedan otros gurises y otros muchachos de los principios. “Qué bueno que estén. Llegan personajes de revista siguiendo a la Legión de los Súper Héroes. Sancho Panza montado en Platero. La maestra Berta, de primer año. (…) Está el propio Borges. Y Marx con Engels; Hegel diciéndome con su dedo índice para que yo recuerde el valor impresionante de la negación. Veo a Lao Tse, a los capitanes de la arena y a la hermosa Asia. Vienen también el barón rampante, la mujer del ciego junto al perro Constante. No falta Saint-Exupéry ni Hans Castrop.” Así fue, no faltaron. Todos estuvieron. Tus hijos te despidieron con rosas rojas y se fundieron en un abrazo con la mejor de las compañeras. Tus amigos intentaron sostenerlos en un segundo aplauso.

1.   Obra de Nazim Hikmet, poeta y dramaturgo turco.

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