La vida es un yingle

La ausencia de las políticas culturales en el debate electoral.

Ilustración: Dani Scharf

La cultura no es sólo el arte. Tampoco una industria de la que extraer réditos. No consiste en completar la cartelera de las salas estatales dejando contento a todo el mundo, ni en gastar un montón de plata en una megasala digna de Londres o de Chicago. Tampoco es sólo entretenimiento. Incluye todo eso, sí, pero es mucho más.

¿Y qué es? Ensayemos una definición: es el conjunto de las distintas maneras de pensar de la gente de un lugar, y sus actos y hábitos derivados (los no derivados son instintivos, o sea, no culturales). Con “pensamiento” no me refiero a “opinión”, sino al nivel de libertad y rigor con que se piensa; a la capacidad de discriminar, hasta cierto punto, entre información falsa y verdadera, o de escuchar tu música favorita sin que un prejuicio o un manijazo marquetinero te hayan convencido de que tus gustos son estos y no aquellos. Me refiero a lo que significa tener conciencia de que ir a los tambores, al teatro, a una exposición o a bailar plena son actividades que requieren formación e información para ser entendidas y disfrutadas lo mejor posible; o a la importancia de tener claro que la televisión e Internet son medios con un alto poder modificador de la forma en que se concibe el mundo, y de que ese cambio no es aleatorio, sino direccionado, y que se da a partir de lo que les conviene a los mercados y a sus beneficiarios habituales.

Por decir fútbol

CULTURA EN EL SENTIDO USUAL. Hablaré aquí de las actividades artísticas (lo que habitualmente se considera “la cultura”). Ya he planteado en Brecha mi discrepancia con la idea de que lo importante es lo que tiene glamour y “nivel internacional”, lo que es masivo y “entretiene”, así como lo que genera turismo o agite mediático. Esa es la visión oficial, de facto y sin discusión. También, bajando un poco a tierra, me gustaría escuchar a algunos candidatos respondiendo cosas como: ¿qué pasa con la intocabilidad de ciertas instituciones privadas como Daecpu1 o Tenfield (el fútbol también es cultura, ¿no?)? ¿Hasta dónde y por qué el poder es cómplice de estructuras y modos de acción cuya legitimidad ha sido públicamente cuestionada? Otra: ¿por qué se pierden o se van al extranjero archivos privados, bibliotecas y colecciones de interés público, que al desaparecer sus creadores y propietarios quedan a la bartola porque el Estado “no tiene lugar”, “no hay rubros”, en fin, no hay interés en conservar y poner a disposición de los interesados? ¿Por qué no hay una mejor coordinación entre oficinas estatales, que en unos casos supuestamente promueven la cultura y en otros clausuran espacios y actividades por ruidos molestos, incumplimiento de inviables normas de seguridad (que el propio Estado no respeta) o por cuestiones burocráticas? Finalmente: ¿no se abusa del sistema de concursos, basados en un supuesto criterio de calidad (algo muy subjetivo) para financiar proyectos artísticos y otorgar premios? ¿No es tiempo de buscar formas de apoyo alternativas pero de mayor alcance? Por poner un ejemplo, en el caso de la música: favorecer (no necesariamente con dinero) que haya más sitios donde se pueda tocar.

MEDIOS MASIVOS. Otro aspecto abarcado por la definición de cultura escrita arriba es la influencia de los medios de comunicación e Internet en nuestra forma de ver el mundo, de analizarlo y de aceptarlo como viene. Como todos estamos en contra de la censura, lo que queda es, una vez más, ver cómo fomentar la capacidad de un juicio propio y de una oferta realmente variada (anotación: nunca se supo por qué se volvieron a otorgar, incondicionalmente y a las mismas empresas, las ondas de TV abierta). Sé que hay quien opina que el Estado no debe ocuparse de esas cosas. Pero justamente debe hacerlo para contrarrestar la acción constante de intereses variopintos cuyo fin es el lucro. Y sabemos que cuando el interés es el lucro, los escrúpulos no siempre hacen acto de presencia. Claro que hay que garantizar que cada quien pueda consumir lo que le dé la gana; el matiz está en si lo hace crítica o pasivamente, con herramientas de análisis o sin ellas. No digo que encarar ese tema sea algo sencillo, pero no hacerlo es, siendo generosos, una irresponsabilidad.

En otros temas se cuida a la gente hasta de más; en la dieta, por ejemplo. Pero ¿qué pasa con los excesos de sal, de azúcar o de grasa que tienen las ideas que se nos embuten por los ojos, por los oídos y la piel, querámoslo o no, desde que nos despertamos hasta que nos acostamos? ¿Qué hay de los millones de estímulos publicitarios que recibimos por día? ¿Qué hacemos con la uniformización e ideologización absoluta que se implanta subliminalmente en nuestras mentes acerca de cómo tenemos que vivir? ¿Nos quejamos de que los jóvenes no leen? ¿Creemos de verdad que diciéndoles que lean y regalándoles libros los vamos a cambiar? La adicción de mirar las redes sociales todo el tiempo, aunque estemos en el cine, en un partido de fútbol, en clase, durmiendo a un bebé, trabajando en un laboratorio o manejando un auto, ¿no es algo que merezca ser discutido? Para empezar: ¿es algo malo, o no? Si lo es, ¿en todos los casos? Ni siquiera eso se cuestiona. Se acepta el mundo que nos dicen que se viene como un hecho consumado y se prepara a los jóvenes para vivir en él. ¿Para vivir o para ser seres funcionales?

Antes, la educación se repartía, básicamente, entre el aula y el hogar. Los medios masivos trastocaron esa relación; Internet hizo pedazos lo que quedaba. No escuché en la campaña argumentos a favor o en contra de esto. Y, con todo respeto, me resulta tierno escuchar a gente preocupada por lo que sus hijos puedan aprender en el liceo mientras esos mismos hijos pasan horas por día sumergidos en las redes con los megacelulares que sus propios padres les regalan.

Ignoro en qué momento se decidió aceptar que el mundo es como es, que no podemos cambiarlo ni oponernos a sus requerimientos, y que lo mejor es convertirse a su causa. Pero veo que si se nos avisa que “la cosa viene por acá”, allá invertimos millones en adaptar infraestructuras y programas educativos, confiando en que ese “acá” tendrá una duración razonable. La estrategia parece ser “miremos para otro lado, que ya se van a cansar de quejarse” (que en las redes se convierte en el simpático y ocurrente “ladran, Sancho…”). Y ha funcionado notablemente. Un ejemplo: un día el presidente salió a pasear y volvió con el Plan Ceibal. Se aplicó con una velocidad sorprendente; algunos se quejaron, pero sin eco. Hoy, cada vez que un liceo del Interior gana un premio en un concurso internacional de robótica, se argumenta: “¿Vieron? Para los que hablaban mal del Ceibal”. Nunca fui anti-Ceibal, al contrario; pero tantos premios me resultan curiosos. ¿Cómo sabemos que no son parte de la misma idea marquetinera para vender computadoras? Podrían serlo o no, e incluso podríamos llegar a decidir que eso no importa, pero no se discute; sólo se agrega una perla al collar de los maracanazos. ¿Qué pasa con los cientos de miles que no llegan a ser Ghiggia?

El silencio en la campaña electoral es sólo parte del silencio general. La cultura define nuestro presente y nuestro futuro, pero se nos bombardea con que es un bien superfluo, un lujo para trasnochados sesentistas, conservadores y románticos. Es cierto: los candidatos, ahora, tienen que juntar votos y (¡vean qué paradoja!) haber perdido por goleada la batalla cultural implica que la cultura no sea un llamador. Lo que importa es sonreír y disfrutar: vivir el hoy en 5G.

Por decir fútbol

1.   Directores Asociados de Espectáculos Carnavalescos Populares del Uruguay

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