Cincuenta años de FUCVAM.

Ladrillo y corazón

Desde hace medio siglo, las casitas de ladrillo de Fucvam se alzan contra el viento, creando porciones de ciudad alternativa y vidas más comunitarias. Las tensiones en el interior del movimiento denotan que continúa latiendo, y las amenazas de este tiempo sacan a relucir los viejos valores del cooperativismo que, para algunos, se habían olvidado.

Fucvam cumple 50 años de existencia / Foto: Redes sociales, Fucvam Desarrollo

Quizás las cooperativas de vivienda hayan sido inspiradas por los pájaros. Escribió Eduardo Galeano que los pájaros se unen desde siempre para construir su refugio: “Empiezan creando un gran techo de paja y, bajo ese techo, cada pareja teje su nido, que une a los demás en un gran bloque de apartamentos que suben hacia las más altas ramas de los árboles”.

Si el dueño de la pluma tenía razón, en estos lares las cooperativas de vivienda son hijas de los pájaros y de la gauchada.

—La famosa gauchada uruguaya: un aspecto cultural de nuestro pueblo, en donde era muy común que alguien que se estaba haciendo la casita invitara el domingo a los familiares o compañeros de trabajo a ayudar en la planchada –dice el secretario general de la Federación Uruguaya de Cooperativas de Vivienda por Ayuda Mutua (Fucvam) y uno de sus fundadores, Gustavo González.

Las cooperativas en Uruguay comenzaron a gestarse en los convulsionados años sesenta, en el seno del movimiento obrero, en las fábricas y en los sindicatos. En su promoción, tuvo un rol protagónico el Centro Cooperativista Uruguayo y sus intelectuales, que tomaron de la experiencia sueca el planteo de la propiedad colectiva y del uso y goce de la vivienda.

Curiosamente, en una primera instancia, la izquierda tradicional y parte del sindicalismo no apoyaron esta forma de organizarse, en la que veían un instrumento “impulsado por el Departamento de Estado norteamericano en el continente” para “frenar el descontento popular” de entonces.1 Fueron los cristianos progresistas, los anarquistas y algunos independientes de izquierda quienes defendieron el cooperativismo.

—En ese período, los dirigentes sindicales tenían otras inquietudes: las huelgas, los conflictos, las ocupaciones. La polarización de la lucha de clases era infernal, pero a partir de la ley de vivienda la gente se motivó a luchar por los préstamos.

La aprobación de la ley nacional de vivienda en 1968, que estableció el marco jurídico de las cooperativas, algunas experiencias en el interior del país (de trabajadores ferroviarios en Salto, de municipales en Río Negro y de peones tamberos en Florida) y un debate en la interna del movimiento sindical que terminó por saldarse a favor de la vía cooperativa redundaron en el nacimiento de Fucvam, erigida sobre los pilares de la propiedad colectiva, la ayuda mutua, la democracia directa y la autogestión. Era el otoño de una democracia dudosa, bajo el gobierno de Jorge Pacheco Areco, 24 de mayo de 1970.

En el devenir de este medio siglo, Fucvam, que hoy comprende más de 500 cooperativas y cerca de 20 mil familias, ha sido ejemplo en diversos puntos del globo. Y, sobre todo, ha trascendido el plano de la vivienda, transformándose en uno de los movimientos sociales más importantes de la historia del país.

AÑOS DE RESISTENCIA. El complejo Mesa 2 en el barrio Peñarol está formado por cinco cooperativas fundadas a comienzos de la década de 1970, cuatro de ellas por trabajadores metalúrgicos, gráficos, textiles y ferroviarios (la restante no se organizó en torno a un sindicato, sino a una parroquia). Juan Ángel Llopart integró la directiva de la entonces naciente cooperativa de los metalúrgicos. Es cooperativista desde 1972.

Después de aquel año, el terrorismo de Estado se coló entre los ladrillos.

—Teníamos los cuarteles a pocas cuadras –sostiene–. En la huelga general, en un procedimiento importante, las Fuerzas Conjuntas quisieron desalojarnos y no lo lograron. Se infiltraban en las reuniones y hacían allanamientos en las viviendas. Pero fue entonces cuando se ejerció la solidaridad más activamente en las cooperativas. Cada vez que montaban una ratonera en una casa (los militares copaban la vivienda a la espera de sus presas, conviviendo con la familia, que debía actuar normalmente para no levantar sospechas), nosotros hacíamos guardia para que no cayera ninguno. Si se llevaban preso a alguien o una familia se exiliaba, tratábamos de resolverles el tema económico.

A diferencia de los sindicatos y otras organizaciones sociales, Fucvam no fue ilegalizada durante la dictadura porque, teóricamente, sus tareas sólo concernían a la problemática de la vivienda: los vecinos debían reunirse para resolver temas nada subversivos como el color de una fachada. Sin embargo, la Federación jugó un importante papel en la resistencia contra el régimen militar (organizó cacerolazos en los barrios, la huelga de pagos y la recolección de firmas contra la ley de propiedad horizontal), así como en la transición hacia la democracia, y fue parte fundamental de la Intersocial.2

Entre sus hitos en democracia se cuentan la ocupación de tierras en el gobierno de Julio María Sanguinetti, la pelea contra los Núcleos Básicos Evolutivos bajo el gobierno de Luis Alberto Lacalle, la organización frente a la crisis económica de 2002 (con sus canastas y ollas populares, que hoy reaparecen como en un déjà vu) y la lucha por la reducción de los intereses de los préstamos en varias administraciones, incluida la última de Tabaré Vázquez. Sus vigilias, concentraciones o marchas a pie (la de Montevideo a Punta del Este en 2003 fue la más grande) no descansaron en ningún gobierno.

—Si bien es cierto –dice su secretario general– que con el progresismo todas las organizaciones tuvieron, de alguna forma, un quietismo, Fucvam, quizá por sus reminiscencias anarquistas, horizontales y defensoras de la independencia política, le hizo importantes movilizaciones al Frente Amplio, aun cuando se suponía que la mayoría de los cooperativistas lo habían votado.

LA CASA FUE SÓLO EL PRINCIPIO. Cuenta Juan Ángel que las paredes de las cooperativas de Mesa 2 se levantaron allí donde no había nada. En una chacra sin calles, luz eléctrica ni agua.

—La experiencia que adquirimos en la construcción de la vivienda nos llevó a darnos cuenta de que a través de la autogestión podíamos resolver muchas cosas. Nos hizo encarar temas de salud y de locomoción. En el momento que nos mudamos al barrio había una sola línea de ómnibus, y si se enfermaba alguien de noche, era un problema. Hoy tenemos una policlínica autogestionada, un complejo deportivo con actividades culturales, una biblioteca muy importante. Todo se formó a través de las comisiones barriales, con gente de las cooperativas, pero para toda la comunidad.

Daniela Fernández, que pronto cumplirá los 42, vive en Jucovi Postal, un complejo en Flor de Maroñas que integra junto con otros 16 el barrio cooperativo Alfredo Zitarrosa. Los trámites para la conformación de la cooperativa comenzaron en 1998, pero esta no se inauguró hasta 2011. Allí conoció a su expareja, allí nacieron y crecen sus hijos, allí viven, también, su madre, hermana y compañeros que conoce desde hace décadas. Allí vio cómo al barrio le crecían árboles, semáforos y una escuela. Allí, dice, se salvó la vida.

—Pasábamos todo el día metidos en la obra. Salía muy temprano en la mañana con mi hijo para la escuela, lo dejaba, iba a la obra, cortaba al mediodía, lo iba a buscar y volvía con él. Trabajaba como empleada doméstica en Carrasco tres días a la semana e iba arreglando los horarios. Los fines de semana teníamos planchada obligatoria, mi expareja sereneaba de noche y yo iba a acumular horas. Además, participaba de una comisión y de las asambleas… Pero lo volvería a hacer. Vivir acá es lo mejor que me podría haber pasado.

Mientras Daniela conversa, un pequeño llega a la casa preguntando por su hijo. La madre responde que el niño no está, que lo busque en la casa de otro vecino.

—Es lo que tiene, los niños vienen a toda hora –explica–. Se apropiaron del lugar. Durante la obra estaban en la guardería y se acostumbraron a recorrer la cooperativa de arriba a abajo. Cuando inauguramos, tuvimos un problema: se metían en las casas sin pedir permiso, para ellos eran las casas de todos.

Si de niños se habla, Juan Ángel piensa que la cooperativa tiene una característica que puede ser buena o mala:

—Los muchachos se crían como en una isla. En un barrio común, por ejemplo, un gurí no juega en la calle, en la cooperativa, sí, porque está cuidado por todos los vecinos. Eso lleva a que a veces después les cueste insertarse en el resto de la sociedad.

OTROS TIEMPOS. Él era violento y el titular de la casa. Ella se arrimó a la Comisión de Género de la Federación,3 de la que después formaría parte y donde acompañaría a otras mujeres.

—A mí me salvó el sistema cooperativo –asegura Daniela–. Si no hubiera vivido acá y la situación de violencia hubiera continuado, yo podría haber sido un feminicidio.

La incorporación de la perspectiva de género, propiciada por el impulso de los feminismos, ha sido uno de los cambios más importantes en los últimos cinco años de Fucvam. Sus propios dirigentes reconocen que el patriarcado también existe en las cooperativas y permea la política y el funcionamiento del movimiento.

—La obra es un lugar masculinizado por excelencia. Nosotras embromamos con la calza, porque el hecho de que las mujeres vayan a trabajar de calza llega a ser un punto del orden del día de una asamblea. Hay compañeras que nos cuentan que en las cooperativas viejas las horas de trabajo de las mujeres valían la mitad que las de los varones. Además, la mujer es la que limpia los baños, la que lleva el agua a los obreros contratados o la que pasa más horas en la guardería. Eso está cambiando mucho –ilustra.

Otras cosas también cambian. La cooperativista cree que el concepto de propiedad colectiva de antaño se ha ido desdibujando (ejemplifica que los socios ya no son tan propensos a intercambiar su vivienda despoblada con la de una familia con más integrantes y menos habitaciones) y que los ajustes en la reglamentación han ido quitando, con el tiempo, autonomía a las cooperativas.

—Las casas cada vez son más chicas, se construyen en alto, no tienen espacio para juegos, el estacionamiento para el auto pasó a tener un lugar primordial. Los salones comunales se piensan sólo para reuniones o asambleas, no para fiestas más grandes, como los aniversarios de la cooperativa. Ya no se trata del acceso a una vivienda digna, sino de lo mínimo que podés tener.

VIEJOS VALORES Y NUEVOS SOCIOS. Con ojos que han visto pasar 80 años, Juan Ángel no duda de que los valores del cooperativismo (solidaridad, autogestión, compañerismo) se han visto alterados en el transcurso del tiempo. Naturalmente, por razones personales, biológicas o económicas, la gente abandona las cooperativas y sus lugares son ocupados por socios que no participaron del proceso fundacional y que tienen que integrar un capital.

—Esas personas entran con una cabeza distinta a la que tenemos nosotros, que nos sentimos constructores del barrio: se sienten compradores. Entonces es más difícil que se integren a las actividades sociales, que participen, que compartan con nosotros la idea de que vivimos en una sociedad que tiene que ser distinta. Otro tema es la sociedad de consumo, que nos llegó a todos; la gente hoy está preocupada por tener un televisor más grande o un celular más moderno.

El secretario general de la Federación tiene una mirada optimista:

—A los uruguayos nos gusta el tango, y el tango es amigo de la angustia. Los militantes de Fucvam dicen que la gente no participa, pero cuando convocamos una movilización, salen 5 mil personas a la calle. Varios miles se organizan semanalmente en comisiones y consejos. Es lógico que los viejos tengamos una mayor pertenencia, pero hay que tener en cuenta que nuestros barrios se sostienen a militancia pura desde hace 50 años.

El dirigente matiza que la realidad cooperativa hay que verla en un contexto de reflujo del movimiento obrero, que tampoco cuenta, a su entender, con los cuadros sindicales del pasado. Y hay que atender, además, a la dirección del viento.

—Fucvam es un movimiento contrahegemónico, nunca tuvimos mucho viento a favor, ni siquiera en el período progresista. Esta es una posición personal: a ningún político le gusta que en una inauguración de vivienda la cinta la corte la gente. Que hayamos soportado 50 años la propiedad colectiva en el sistema capitalista es heroico.

SOPLAR LAS BRASAS. El Cerro. Las 12 del mediodía. Pablo Kachas, de 35 años, y Juan Andrés Permuy, de 29, cocinan para la olla popular en el salón comunal de la cooperativa Covinfu. El primero de los muchachos vivió allí casi toda su vida, junto a su familia; el segundo llegó al complejo hace cinco meses con su pareja, cansado de pagar alquiler.

—El cooperativismo es el único recurso que tiene el obrero para tener su casa –dice Pablo–. Pero hay que cumplir reglas, ir a las asambleas, meter jornadas de trabajo. Hay gente de mi edad que se ha ido, para mí los cansó la convivencia. Si rompés un vidrio jugando a la pelota, te citan; si se te atrasa una cuota, te lo marcan, independientemente de que siempre se ha ayudado a compañeros que han pasado situaciones críticas. Por ejemplo, nosotros tenemos portones eléctricos que se cierran a las siete de la tarde, capaz que vos llegás y no cerrás porque no te das cuenta de la hora, y se da un conflicto. El otro día un vecino me golpeó la puerta y me dijo “mirá que es la una de la mañana”. En otros lados nadie te va a decir “bajá la música” o “no cerraste el portón”.

Las rejas son motivo de discordia en muchos complejos de vivienda; mientras que la mayoría de los complejos opta por algún tipo de barrera para desalentar la entrada de ajenos, en otros se defiende la idea de no aislarse del resto de la comunidad.

—Tengo amigos del barrio que no son de la cooperativa y nos categorizan como chetos. Nos ven como clase alta. Dicen “ustedes, que tienen portero eléctrico, casitas lindas, iguales”. Yo acá insistí en que teníamos que demostrar que no somos chetos, que somos gente solidaria y obrera, que tenemos la cooperativa abierta al barrio, y eso lo estamos mostrando con la olla.

Hacía una década que el complejo del Cerro no tenía actividad más allá de sus muros, pero la emergencia sanitaria del coronavirus aunó a los viejos cooperativistas y a los más jóvenes en la entrega diaria de 300 platos.

—Muchas de las ollas de la zona surgieron en cooperativas –asegura Juan Andrés–. Es más difícil que se reúnan los vecinos de una cuadra, que la única unión que tienen es estar viviendo ahí y punto, a veces ni se conocen.

—Hubo una batalla –cuenta su compadre–: tuvimos que hablar con la directiva, que temía por el contagio del covid-19. Después entendió las precauciones que íbamos a tener y ahora nos felicitó por el trabajo social y por la higiene. La gente joven tiene más impulso, una persona que fue fundadora capaz que no entiende algunas cosas, pero, para mí, una discusión, un conflicto significan que la cooperativa está viva.

De las 40 familias que fundaron Covinfu, a mediados de los años ochenta, permanecen alrededor de las tres cuartas partes. Pablo afirma que si bien, a veces, los nuevos socios ingresan a las cooperativas en busca de una solución habitacional sin tener conciencia de lo que implica, no es eso lo que sucede en la suya.

—La cooperativa nuestra está en un plan recambio, apostando a que la juventud integre el consejo directivo, las comisiones. Para uno es un orgullo, porque en esos espacios capaz que estuvieron tus padres.

—Acá hay gurises de 18 años pelando papas –dice su colega–. Yo creo que los jóvenes estamos comprometidos con la filosofía que sustenta el cooperativismo. La prueba es esta olla.

1.   Gustavo González en Una historia de Fucvam,Montevideo, 2013.

2.   En los años finales de la dictadura el Plenario Intersindical de Trabajadores (Pit), la Asociación Social y Cultural de Estudiantes de la Enseñanza Pública (Asceep) y la Federación de Cooperativas constituyeron un organismo de coordinación llamado Intersocial, al que luego se agregó el Servicio de Paz y Justicia. La Intersocial resultó un espacio de organización de la movilización contra la dictadura e intervino con voz propia en los debates sobre la transición, disputando la primacía pretendida, y finalmente alcanzada, por los partidos políticos.

3.   La Comisión de Género se creó en 2015 y fue impulsora de la norma que habilita la cotitularidad de la vivienda.

Presagio de tormenta

Aunque será el presupuesto el que defina qué sucederá con la inversión destinada al cooperativismo de vivienda, las señales del gobierno indican que habrá recortes. El Ministerio de Vivienda, Ordenamiento Territorial y Medio Ambiente amagó con no convocar uno de los dos sorteos para cooperativas previstos para este año, medida que finalmente reconsideró.

Sigue en pie el ahorro económico del 15 por ciento establecido por el Poder Ejecutivo para esta y todas las carteras, y no hay ninguna referencia al cooperativismo de vivienda en el proyecto de ley de urgente consideración que analiza el Parlamento. En cambio, el borrador establece la creación de un Mevir a nivel urbano, que, para Fucvam, procura desconocer y desalentar el cooperativismo de vivienda.

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