Las pandemias de nuestro siglo

La declaración de pandemia de marzo del año pasado estuvo precedida por otras dos: la gripe aviar, en 2005, y la gripe porcina, en 2009. Ambas causaron un pánico sostenido, resultaron mucho menos peligrosas de lo anunciado y facilitaron la transferencia de miles de millones de dólares del bolsillo del contribuyente al de la industria farmacéutica. Estas experiencias recientes deberían servirnos para hacer un examen sereno y desprejuiciado del actual estado de emergencia en que está sumido el mundo hace ya 16 meses. Es el propósito de esta nota.

En 2005, la Organización Mundial de la Salud (OMS) anunció una pandemia de gripe altamente contagiosa y letal. Tanto la OMS como la Agencia Europea de Medicamentos recomendaron el oseltamivir para hacerle frente. Roche fabricaba esta droga basándose en estudios clínicos que se negó a compartir, aduciendo imperativos de «secreto comercial». La recomendación de las autoridades sanitarias internacionales reposó, por tanto, sobre la confianza en estudios que desconocían. Pronto se oyeron voces de alarma. La más sonada provino de Japón, gran consumidor de Tamiflu –nombre comercial del oseltamivir fabricado por Roche–, cuando se produjeron numerosas muertes de adolescentes y niños, y se constataron efectos neuropsiquiátricos que incluían la depresión aguda, el suicidio y episodios de alteración de la conciencia, todo ello atribuible al consumo del fármaco. La gripe aviar fue, ante todo, una pandemia de pánico: pronto se hizo evidente que el virus era altamente letal pero muy poco contagioso. La OMS había anunciado que causaría 150 millones de muertes, cifra que corrigió de inmediato: los muertos serían «solo 7 millones». Finalmente, los desenlaces mortales de la enfermedad fueron 262 en el mundo entero.

En mayo de 2009 la OMS eliminó la exigencia de que hubiera una mortandad considerable para declarar una situación de emergencia y al mes siguiente anunció una nueva pandemia: el virus H1N1, llamado gripe porcina. Aseguró que un tercio de la población mundial sería alcanzada y que morirían muchos millones de personas.1 El afamado epidemiólogo Roy Anderson, asesor de la OMS y el gobierno británico, advirtió que solo podía evitarse una catástrofe comparable a la de la gripe española, de 1918, tomando oseltamivir. Luego se supo que Anderson cobraba 116 mil libras anuales de Glaxo Smith Kline, una farmacéutica que fabricaba zanamivir –símil del oseltamivir– bajo el nombre comercial Relenza.2 El Banco Mundial, por su parte, alertó que el costo de la pandemia podía llegar al 4,8 por ciento del producto bruto interno mundial.3 Nada de esto sucedió. El balance final de víctimas fatales fue de medio millón en todo el mundo, cifra inferior a las 650 mil muertes anuales que se cobra la gripe estacional. En diciembre de ese año, una exhaustiva revisión de investigaciones sobre el oseltamivir a cargo de la Colaboración Cochrane fue publicada en el prestigioso British Medical Journal.4 Esta concluía que los beneficios clínicos del Tamiflu no se aplicaban a condiciones de epidemia ni a pacientes con problemas de salud y que su uso no disminuía la transmisión del virus.5

En junio de 2010, la Asamblea del Parlamento Europeo se declaró alarmada por la forma en que se había manejado la pandemia de influenza H1N1» y calificó de alarmistas a la OMS, los gobiernos europeos y la industria farmacéutica. En su informe lamenta «el desperdicio de grandes sumas de dinero público y los temores injustificados sobre los riesgos para la salud», denuncia «graves deficiencias en la transparencia de los procesos de toma de decisiones», expresa «preocupación por la posible influencia de la industria farmacéutica en algunas de las principales decisiones relacionadas con la pandemia» y deplora que «la OMS no se haya movido rápidamente para revisar o reevaluar su posición sobre la pandemia y los riesgos reales para la salud que entraña, a pesar de las pruebas abrumadoras de que sobrestimó enormemente la gravedad de la pandemia desde el principio». Asimismo, lamenta «la postura sumamente defensiva adoptada por la OMS», con graves consecuencias para la credibilidad de las instituciones.6 Ese mismo año, el British Medical Journal publicó una investigación que concluye: «Los científicos clave que asesoraron a la OMS sobre la planificación para una pandemia de influenza habían hecho un trabajo remunerado para empresas farmacéuticas que se beneficiarían de la orientación que estaban preparando. La OMS nunca ha revelado públicamente estos conflictos de intereses».7 En 2011 salió a luz pública que durante los diez años que precedieron a la gripe porcina numerosos científicos de la OMS asociados a los fabricantes de oseltamivir y zanamivir estuvieron implicados en todos los pasos del proceso que culminó con la declaración de pandemia de 2009.

Ante tales cuestionamientos, la OMS financió una revisión sistemática de 74 estudios, cuyos resultados fueron publicados en 2012. Esta concluyó que el oseltamivir podía reducir la mortalidad, la hospitalización y la duración de los síntomas.8 Pero la calidad de la evidencia mostrada por tales estudios era muy pobre, confusa y sesgada, según concluyó una revisión Cochrane posterior. En 2009 la OMS incluyó el Tamiflu entre los medicamentos esenciales. Hubo que esperar a 2017 para que lo bajara a la categoría de medicamento complementario.9 Una nueva revisión sistemática de Cochrane, que insumió cuatro años de investigación, fue publicada en el British Medical Journal en abril de 2014. El artículo señala que los estudios de Roche –a los que finalmente se pudo acceder luego de años de reclamos– no mencionaban los efectos adversos asociados al uso del oseltamivir. Luego de la comercialización del Tamiflu, continúa el informe, numerosos seguimientos médicos registraron un aumento de las enzimas hepáticas, hepatitis, eventos neuropsiquiátricos, arritmia cardíaca, reacciones de hipersensibilidad cutánea con necrólisis epidérmica tóxica, síndrome de Stevens-Johnson y eritema multiforme, efectos secundarios metabólicos y eventos renales, estado de ánimo depresivo, alteración del comportamiento, ataque de pánico, impulsos suicidas, delirio, convulsiones y encefalitis. Estos episodios se registraron con más frecuencia en niños que en adultos y, por lo general, ocurrieron dentro de las 48 horas posteriores a la ingesta del fármaco. Se concluye que los riesgos acumulativos prevalecen sobre los pequeños beneficios de la droga. Todo esto se sabía antes de 2009, por lo que los investigadores plantean dudas acerca de los modos en que las grandes instituciones mundiales de la salud recuperan y procesan los datos, en obvia alusión a la OMS y a la estadounidense Food and Drug Administration.10

También en 2014, un equipo de investigadores de renombre denunció: «Un cóctel de pánico pandémico, propaganda publicitaria y mala conducta científica convirtió un nuevo medicamento con una eficacia modesta en un éxito de taquilla. Parece que los múltiples controles y equilibrios regulatorios cedieron cuando la ciencia perdió su primacía y la empresa farmacéutica no perdió tiempo en aprovecharla al máximo». Y confirmó que se habían exagerado los beneficios del oseltamivir y minimizado u ocultado los daños arriba consignados.11 Tras esta retícula de manipulaciones, secretos y engaños, había montañas de dinero en danza. Entre 1999 y 2014, el Tamiflu le reportó a Roche más de 18.000 millones de dólares. En 2013, Reino Unido almacenó el medicamento por un valor de 710 millones de dólares para 40 millones de tratamientos y Estados Unidos gastó 1.300 millones de dólares en almacenar oseltamivir para 65 millones de dosis.12

Los conflictos de intereses entre la OMS y las grandes farmacéuticas han sido reiteradamente denunciados. Valga como botón de muestra este párrafo de una investigación publicada en el British Medical Journal: «¿Es apropiado que la OMS siga el consejo de expertos que tienen vínculos económicos y de investigación declarables con empresas farmacéuticas que producen antivirales y vacunas contra la influenza? ¿Por qué la guía clave de la OMS fue escrita por un experto en influenza que había recibido pagos por otros trabajos de Roche, fabricantes de oseltamivir y Glaxo Smith Kline? ¿Y por qué la composición del comité de emergencia al que Chan [Margaret Chan, directora general de la OMS hasta 2017] solicitó orientación sigue siendo un secreto que solo conocen los miembros de la OMS? Nos preguntamos si las principales organizaciones de salud pública son capaces de gestionar de forma eficaz los conflictos de intereses inherentes a la ciencia médica».13

Una vez determinado el carácter superfluo y aun contraproducente del Tamiflu, nadie demandó a Roche por los enormes dividendos embolsados con sus ventas en todos esos años gracias a ocultamientos claramente comprobados. La OMS ha contribuido al estado de pánico sostenido que propició la monumental estafa mundial perpetrada en ocasión de las pandemias de 2005 y 2009. A la vista de engaños tan sólidamente documentados, podía esperarse una retractación de la autoridad mundial para la salud humana. Pero no hubo nada de eso. El informe de la OMS sobre la gripe porcina exhibe un tono más bien autocomplaciente: «Durante la pandemia, la OMS respondió bien en muchos sentidos, se enfrentó a dificultades sistémicas y tuvo algunos fallos. El comité no encontró pruebas de mala práctica».14

Hoy transitamos la tercera pandemia declarada en lo que va del siglo, y nadie parece recordar lo sucedido en las anteriores. ¿Tal vez la industria farmacéutica ha enmendado sus errores y ya no oculta, ni manipula, ni engaña? ¿Finalmente la OMS volvió a sus generosos principios fundacionales y evita todo conflicto de intereses con la industria del medicamento? No deberíamos perder las esperanzas. Pero si la respuesta a estas preguntas fuera negativa, los humanos podríamos estar en riesgo sanitario.

*Doctor en Ciencias Sociales.

1. Gérvas, Juan (2014): «El asunto Tamiflu/Relenza, la salud pública y algunas lecciones para la decisión y la ética», Revista Cubana de Salud Pública, vol. 40, n.o 4, Ciudad de La Habana, octubre-diciembre.

2. Gotzsche, Peter (2020): Vacunas. Verdades, mentiras y controversia, Madrid: Capitán Swing Libros, pág. 123.

3. Epstein, Helen: «Flu warning: beware the drug companies!», The New York Review, 12-V-11, disponible en https://www.nybooks.com/articles/2011/05/12/flu-warning-beware-drug-companies/.

4. La Colaboración Cochrane es una organización sin ánimo de lucro ni patrocinios comerciales que reúne a más de 30 mil investigadores independientes y voluntarios en ciencias de la salud de más de 100 países.

5. Bachelet, Vivienne (2013): «A tale of harm, waste and deception: how big pharma has undermined public faith in trial data disclosure and what we can do about it», Medwave, disponible en https://www.medwave.cl/link.cgi/Medwave/Revisiones/Analisis/5671.

6. Disponible en https://assembly.coe.int/nw/xml/XRef/Xref-XML2HTML-en.asp?fileid=17889&lang=english.

7. Cohen, Deborah; Carter, Philip (2010): «WHO and the pandemic flu “conspiracies”», British Medical Journal, 2010, 340: c2912.

8. Disponible en https://www.acpjournals.org/doi/10.7326/0003-4819-156-7-201204030-00411?url_ver=Z39.88-.

9. Disponible en https://www.fundacionfemeba.org.ar/blog/farmacologia-7/post/para-la-oms-el-oseltamivir-es-un-medicamento-complementario-.

10. Gérvas, op. cit.

11. Gupta, Yogendra; Meenu, Meenashki, y Mohan, Prafull (2015): «El fiasco de Tamiflu, lecciones aprendidas», Educational Forum, vol. 47, págs. 11-16, disponible en: aquí.

12. Idem.

13. Cohen y Carter, op. cit.

14. Gérvas, op. cit.

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