Los gigantes tecnológicos y el auge del control social y la vigilancia de masas

Los grandes ganadores

El éxito del combate chino al coronavirus ha estrechado en el mundo el vínculo entre las corporaciones tecnológicas y los Estados. A la par de la pandemia, crecen la vigilancia y el monitoreo masivo de la población. Todavía hay tiempo para crear un modelo alternativo.

Google en el Centro de Convenciones de Las Vegas, durante un evento de tecnología en 2019 / Foto: Afp, Robyn Beck

Cuando el covid-19 apareció por primera vez en la ciudad china de Wuhan, el gobierno de Xi Jinping, ya equipado con una infraestructura avanzada para vigilar a la población, respondió de una manera muy poco sorprendente: con más vigilancia. Las autoridades chinas echaron mano del big data para instaurar sistemas de reconocimiento facial que detectan altas temperaturas entre las multitudes, rastrear el movimiento de la población gracias a los celulares y crear nuevos modelos de inteligencia artificial que identifican a las personas incluso cuando están usando una máscara. El gobierno chino, además, alentó a los ciudadanos a monitorear a sus vecinos y denunciar a los sospechosos de portar el virus.

También fue muy poco sorprendente la respuesta de los gobiernos occidentales y sus aliados, que, rápidos para resucitar los conflictos de la Guerra Fría, aprovecharon la agresivas medidas de Beijing para sumar puntos en su campaña contra el Estado chino. Algunos expertos en privacidad digital denunciaron que Xi usaba la pandemia para reforzar su aparato de espionaje. “Los actuales sistemas de vigilancia chinos tienen dos propósitos: el primero es monitorear la salud pública y el segundo, mantener el control político”, dijo a la revista Fortune (2-III-20) el profesor Francis Lee, de la Universidad China de Hong Kong. Se llegó incluso a acusar al gobierno chino de llevar a la práctica nada menos que un Estado distópico dedicado a la vigilancia masiva.

A decir verdad, si se tienen en cuenta la represión del gobierno de la población uigur de Xinjiang, el incansable programa de censura en la Internet china y el “sistema de crédito social” recientemente impuesto por el Estado a toda la población, muchas de esas críticas están más que justificadas. Pero sucede que al mismo tiempo, al menos por ahora, las medidas de vigilancia aplicadas por China contra el coronavirus parecen haber funcionado. El brote en Wuhan luce en gran medida bajo control, y las autoridades han informado que ya no hay nuevos casos locales. Aunque en el mundo el gobierno chino ha sido condenado rotundamente por perseguir a los primeros informantes que advirtieron de la aparición del covid-19, ahora que la pandemia se ha extendido por el mundo y los Estados luchan –con éxito dispar– por controlarla, el uso de Beijing del big data para localizar y poner en cuarentena a las personas infectadas es elogiado como modelo a seguir.

Mientras tanto, Estados Unidos se ha convertido en el nuevo epicentro de la pandemia, con más de 600 mil casos y sin un final a la vista. Si bien la mayoría de sus estados han declarado la cuarentena obligatoria, las autoridades no tienen forma de asegurarse de que sus exhortaciones sean atendidas si no recurren a medios para monitorear a la población. En ese contexto, las elites estadounidenses temen que el modelo chino demuestre ser superior, lo que pone sobre la mesa un dilema preocupante: adoptar las draconianas medidas de vigilancia de Beijing o dejar que el virus se salga de control.

Lo cierto es que la creencia de que los sistemas avanzados de vigilancia de masas son exclusivamente chinos es, en el mejor de los casos, ingenua y, en el peor, sinofóbica. Si bien el término “vigilancia masiva” evoca imágenes de sociedades distópicas muy alejadas de las democracias liberales occidentales, los gobiernos de todo el mundo ya demostraron estar dispuestos a asociarse con empresas privadas para incrementar el monitoreo de sus ciudadanos. Las patronales, por su parte, no esconden su apetito por controlar los movimientos de sus trabajadores.

INFRAESTRUCTURA PARA LA VIGILANCIA. A mediados de marzo, The Washington Post informó que el gobierno de Estados Unidos estaba conversando con Facebook, Google y otras compañías de Silicon Valley para explorar cómo los datos de geolocalización brindados por los celulares podrían usarse para mapear la propagación de la covid-19 y determinar si la gente practica o no el autoaislamiento.

Esta dependencia de las grandes corporaciones tecnológicas podría sentar un complicado precedente en materia de erosión de la privacidad. Al posicionarse a sí mismas como servidoras públicas en medio de la pandemia, las compañías de Silicon Valley pueden usar la crisis para expandir su control y su jurisdicción sobre los recursos digitales de toda la población. Una vez terminada la emergencia, es probable que nos recuerden los servicios prestados cada vez que se quiera imponer controles públicos a sus actividades: “Si nos regulan, no podremos volver a proteger a los ciudadanos del mundo”.

El resultado de todo esto podría ser una nueva expansión de la infraestructura de vigilancia masiva construida tras el 11 de setiembre de 2001. Esa infraestructura le dio a Estados Unidos un control casi completo de los datos de medio mundo bajo el pretexto de prevenir el terrorismo y posibilitó un insidioso matrimonio entre las grandes compañías tecnológicas y el Estado. Como reveló Edward Snowden en 2013, los programas estadounidenses de monitoreo basados en datos recopilados por empresas privadas son fácilmente abusados ​​por el complejo militar y de inteligencia y, a menudo, completamente ineficaces para lograr sus pretendidos objetivos antiterroristas, tal como demostró The New York Times respecto del programa de espionaje telefónico masivo de la Nsa (25-II-20).

EL CAPATAZ ELECTRÓNICO. Mientras tanto, a medida que el contagio de la covid-19 se extiende en todo el planeta, el mundo empresarial aprovecha al máximo los aparatos de vigilancia en el lugar de trabajo. Amazon continúa monitoreando milimétricamente a sus trabajadores, a los que explota en condiciones brutales para aprovechar la demanda masiva de los servicios de entrega de la compañía.En tanto, Bloomberg (27-III-20) informó en las últimas semanas que las empresas estadounidenses están comprando de forma frenética todos los programas informáticos que les permiten monitorear casi minuto a minuto lo que hacen durante su horario de trabajo sus empleados, quienes ahora trabajan desde casa.

Entre los sucesos quizás más inquietantes está el hecho de que Palantir, una empresa que trabaja con recursos de Amazon, sigue suministrando al tristemente célebre Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos (Ice, por sus siglas en inglés) tecnología para el seguimiento de personas. Los agentes del Ice, sin siquiera inmutarse por la pandemia, continúan arrestando a inmigrantes y reteniéndolos en espacios cerrados con malas condiciones sanitarias.

Las empresas tecnológicas chinas no se comportan de forma muy diferente. Cuando el brote de coronavirus llevó a la cuarentena general en el gigante asiático, las grandes compañías les exigieron a sus empleados, que ya trabajaban durante largas jornadas, que hicieran un esfuerzo extra desde sus hogares. Al igual que sus contrapartes estadounidenses, los patrones chinos utilizaron todas las herramientas de tracking a su alcance para controlar a los trabajadores y evitar que “aflojaran”. Ya sin separación alguna entre el trabajo y la vida, el infame horario “996” de China (de 9 AM a 9 PM, seis días a la semana) ha pasado a ser un servicio 24/7.

A pesar de las invectivas lanzadas por los nostálgicos de la Guerra Fría en los últimos tiempos, las empresas privadas de tecnología en China y Estados Unidos no se han hecho ningún problema a la hora de colaborar con los sistemas de vigilancia en manos de los gobiernos o aumentar el monitoreo de los trabajadores por sus jefes. De hecho, muchas aprovechan la oportunidad de ampliar la vigilancia en nombre de la salud pública.

UN FUTURO ALTERNATIVO. Dada la gravedad de la pandemia de coronavirus, podría argumentarse que es razonable implementar medidas extremas, aunque impliquen perder cierta privacidad individual. Tal vez también sea cierto que, con la mayor parte de nuestra infraestructura tecnológica en manos de empresas privadas, firmas como Google pueden ayudar a “achatar la curva”. Pero, antes de seguir adelante por el camino de la vigilancia masiva, deberíamos recordar que, al hacerlo, seguimos inclinando la balanza en favor de los más poderosos. En esencia, los sistemas de control y vigilancia masiva consisten en dar a quienes tienen el poder la capacidad de rastrear (e incluso disciplinar) a quienes no lo tienen. Google y Alibaba, con una visión panóptica de sus miles de millones de usuarios, están en la posición perfecta para asumir esa tarea.

¿Es posible una alternativa para frenar al virus sin afectar los valores democráticos? Si bien son innumerables los reportes sobre la efectividad de los sistemas chinos de vigilancia “de arriba abajo”, durante el pico de la epidemia en Wuhan la periodista y socióloga Tricia Wang esquivó los canales oficiales chinos para investigar cómo lidiaban con el coronavirus los residentes de esa ciudad. Descubrió que “redes altamente sofisticadas de cooperación localizada” eran allí tan cruciales como cualquiera de las medidas ordenadas por el Estado. “No fueron sólo las medidas de arriba abajo las que ralentizaron con éxito las infecciones en Wuhan, sino también la organización dinámica de abajo arriba en grupos emergentes hiperlocales” (Buzzfeed, 24-III-20). Fenómenos similares también han comenzado a aparecer en Estados Unidos, como los grupos de base barrial formados en Boston y otras ciudades, donde los usuarios han creado sus propias redes digitales de ayuda mutua.

En estas redes descentralizadas, los datos juegan un papel crítico. Pero, a diferencia de las modelos panópticos de vigilancia, los datos de los usuarios se distribuyen de forma horizontal y se fomenta la transparencia. Los participantes inventan nuevos sistemas en hojas de cálculo y otras herramientas online, lo que permite que las personas verifiquen mutuamente y de forma segura cómo la está pasando su vecino mientras deciden de forma colectiva cómo se manejan sus datos. El ethos aquí es la seguridad comunitaria, no el espionaje punitivo. Es posible que estas iniciativas facilitadas por la tecnología sobrevivan luego de este momento de crisis y se conviertan en un apoyo mutuo duradero, un sitio que no sólo nos ayude a superar la alienación que todos los días experimentamos como trabajadores, sino que también nos sirva de base para tener un enfoque radicalmente nuevo a la hora de diseñar nuevas tecnologías.

En un mundo diferente, donde los datos se posean individualmente y se gobiernen democráticamente, la tecnología podría proporcionar una gran ayuda en momentos de crisis. No con el fin de vigilar y disciplinar, sino con el de impulsar los instintos de apoyo mutuo más básicos. Ese es el futuro que amenaza a los autócratas de todas partes, sea en Beijing, Washington o Silicon Valley.

(Publicado originalmente en Jacobin bajo el título “We can’t let tech companies use this crisis to expand their power”. Traducción y titulación en español de Brecha.)

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