Maneco, Uniform y la política dócil

En estos días, se viralizaron (hasta cumplir con su función psicopática de taladro) el jingle de Maneco y el video publicitario de Uniform. Si el primero coloca en clave tecno-retro la referencia de un candidato a alcalde por el Partido Colorado en la ciudad de Tranqueras, el segundo es una especie de lavandina ideológica en la que se opone un conjunto de plataformas y proyectos políticos a una serie de consignas que responden a cierta buena onda tan mecánicamente actitudinal como narcisista. Dicho de otra forma: la construcción de lo colectivo sucumbe frente al mambo individual.

Si nos atenemos al caso del jingle, vemos que originó memes de todo tipo. El clásico autoritarismo imperativo (“Votá al Maneco”) así como el desmontaje metalingüístico (“que tiene el poder”, dotando al candidato de cierta aureola He-Man, tan ochentosa como la sonoridad del Mixcraft que usaron para crear la pista) conviven con una vocalización de baja intensidad y monotonal. El resultado que produce es contradictorio y, por ende, efectivo. Como diría Gustavo Espinosa en un viejo artículo de Henciclopedia (“Todos toman jugolín”), vemos que por estos lares la melopeya maquiavélica ejecutada según las partituras del marketing (la publicidad está siempre bajo sospecha paranoica de exceso de diseño, de manipulación minuciosa) da paso a un ruido rítmico espectral, a una onda propia de cierta modernidad que ya pasó. Es el posbatllismo al palo. De allí su condición pegadiza y recurrente. Es el timbre disforme, la identidad acústica de un ambiente sociohistórico anacrónico.

En la publicidad de Uniform, esa disformidad se manifiesta en un juego de contrapuntos que apela a una desacralización de lo político, a su vaciamiento, y lo hace a partir de una secuencia de condicionales: “Si prometen mano dura, nosotros prometemos más amor en la cama/ Si prometen vivir sin miedo, nosotros prometemos no tener miedo a decir lo que pensamos/ Si prometen poner más cámaras, nosotros prometemos mejores poses/ Si prometen cambiar el país, nosotros prometemos cada tanto cambiar las sábanas/ Si prometen que iremos a vivir en una ciudad limpia, empiecen por sacar los carteles, las listas, las pintadas en los muros”. La modulación de estas premisas se asienta en una interpretación celebratoria del malestar ciudadano con el mundo de la política. Los jóvenes (representados por una pareja hetero de blancos de clase media) no se reconocen en esas instituciones arcaicas de la modernidad, tales como el ciudadano activo, la organización ideológica y partidista. Nada de eso. Lo que los jóvenes buscan es ejercer sus intereses individuales, expresar su identidad en el seno de una sociedad civil tajantemente escindida del Estado, matriz de pura imposición forzosa. Lo que los jóvenes quieren, según el encorsetamiento a escala industrial que busca imponer una grifa de jeans, es que lo político se ponga al servicio de sus vidas, de su hedonismo, de su placer. No quieren dar la vida por un ideal. Su ideal es que su vida sea hermosa. Y, para el ciudadano en busca de una “vida hermosa”, cualquier atisbo de lucha y contradicción es un espanto. La política del antagonismo lo repele. Procura una sociedad armónica de interacciones políticas dóciles. Tanta buena onda no es más que la drexlerización de la conciencia, otra identidad acústica de un ambiente sociohistórico anacrónico.

Uno podría sentirse tentado, al ver ambos productos, de decir que mi héroe es la gran bestia pop que enciende en sueños la vigilia.

También la hiperproducción de monstruos, al igual que la razón de Goya.

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