La pandemia y el auge del personalismo político

No hay nadie como tú

Museo Pallarols

Si ya la enervada y mediatizada política contemporánea parecía entretenerse con las técnicas del liderazgo y del personalismo presidencial, la pandemia no ha hecho otra cosa que multiplicar las derivas paternalistas. Quienes ocupan las jefaturas de gobierno en esta crisis ensayan estrategias comunicativas que –por lo general– exacerban sus características previas, utilizan las redes sociales para dirigirse, en modo protector y sin molestas intermediaciones, a sus compatriotas, recurren a sus ejércitos y navegan las aguas espesas que difuminan el límite entre autoridad y autoritarismo con suerte diversa. Son cosas que recién empiezan a estudiarse, pero casi todos los presidentes y presidentas, si es que no se les ha desmadrado la virulencia del bicho mutante, han logrado sostener o mejorar los índices de popularidad. Claro que es un palmarés endeble y traicionero, ya que cualquier crédito ligado a un agente biológico impredecible y a una atmósfera inestable, condensada a expensas del pánico, no debe tranquilizar a ningún mandatario, por más inmunidad que ostente.

A tientas entre la legitimidad racionalista de los comités científicos y las asesorías que abrevan en los manuales de emprendedurismo y los decálogos motivacionales, quienes deben pilotear esta inédita epidemia global son evaluados a diario por un jurado irritable, agobiado y temeroso. Esto sucede en ambientes propensos al estímulo de las polarizaciones que giran más en torno a las cualidades carismáticas del gobernante y menos en torno a los proyectos políticos (como, por ejemplo, la cuestión de cómo dirimir el balance entre Estado y mercado en una crisis de esta naturaleza). Este rasgo de la videopolítica, que no es para nada nuevo, ahora se cristaliza con el agravante de que cualquier planificación preexistente tiene que lidiar con una incógnita de alcance mundial. Los electores, por momentos sujetos infantilizados en este coronagame, puntúan el temple de los rostros presidenciales, vacaciones más o menos oportunas, presencias o ausencias donde las papas queman, marchas y contramarchas, y colocan en los cambiantes rankings ya no sólo las mórbidas cifras de cada día, sino a los propios líderes, como si estos compitieran por portar el bastón de Churchill.

En estos tiempos críticos en los que parece existir una mayor necesidad de aferrarse a la autoridad, los estilos de pater son variables. Como suele ocurrir en un hogar, pero en sintonía con las acumulaciones políticas previas o bases electorales conquistadas, hay mandatarios que prefieren el estilo protector de mano dura y otros que ensayan un tono más sensible y dialoguista, aunque los dos rasgos pueden también alternarse de acuerdo a la ocasión. Son momentos ideales para quienes gustan de identificar el pueblo con la nación (o, mejor, con una visión idealizada de la nación), para quienes abonan el terreno de una identidad excepcional o cimentan la unidad a partir de líneas fundacionales que les otorgarían a sus ciudadanías dones especiales para enfrentar a este enemigo invisible y desconocido. Y, en ese registro, juegan, desde pertenencias ideológicas muy disímiles, líderes como Bolsonaro, López Obrador y Putin, entre muchos otros.

A Angela Dorothea Merkel la habían bautizado Mutter Angela (Mamá Angela) ya hace unos cuantos años, pero, sugestivamente, cuando ya había ablandado su rígida política migratoria y abierto las puertas de Europa a los refugiados de oriente. Ese último tono pareció consolidado en sus recientes salidas televisivas. Incluso en una de ellas, Merkel –que está en el poder desde 2005, cuenta con la ventaja de haberse formado en disciplinas científicas duras y ha construido una leyenda en torno a su cabeza fría– no pudo contener la emoción frente a algunos de los vaivenes más crudos de la covid-19 en su país. En un continente que pareció de pronto adquirir los tintes sepia de la primera mitad del siglo XX, la canciller llegó a calificar la pandemia como el mayor desafío para Alemania desde la Segunda Guerra Mundial.

Por estos lares, el semipresidencialismo uruguayo mutó en el hiperpresidencialismo de Lacalle Pou (Bottinelli dixit, El Observador, 26-XII-20), aunque en este caso el perfil personalista parece explicarse no sólo en la pandemia, sino en el linaje herrerista y en la necesidad de control de una compartimentada coalición de gobierno. Como apunte al margen, persisten huellas fósiles del viejo y querido paternalismo en las leyes uruguayas, como la alusión a que un administrador competente debe gestionar como «un buen padre de familia». En la atribución de expectativas, no sería de extrañar que, si alguna vez gobernara una mandataria, se apelara más al estereotipo del cuidado maternal.

Sin ingresar en la resbaladiza discusión sobre los populismos y qué se entiende por ellos, el desplazamiento de la política de las colectividades, de las comunidades o simplemente de los partidos políticos por la política de los líderes individualistas, carismáticos y con brillos de celebridad pop es un fenómeno de larga data, que ahora parece recargar sus baterías en la convergencia de las plataformas multimedios y las redes sociales. A los gobernantes se los puede escrutar de tú a tú en Twitter, se los puede arrobar y se puede cotejar diariamente su peripecia particular con los contagios, las camas de terapia intensiva y, difícil que exista en 2021 alguna otra cosa capaz de transmitir similar sensación de salvación, con las vacunas. Más allá de que pueden alternar lugartenientes o interlocutores, la gestión es presentada como mucho más individual que institucional.

Y ese es el problema. Si ya existía, al decir de algunos análisis, una «nueva ola» de presidencialismo, es posible que la pandemia no haga otra cosa que reforzar la tendencia a evaluar épicas y liderazgos, a celebrar capitanías personales más estridentes y menos silenciosas. El debilitamiento de la política como cosa colectiva, como una actividad capilar que va más allá de las decisiones del que tiene el cetro presidencial, porque involucra organizaciones, barrios, instituciones, marchas, deliberaciones y, en el mejor de los casos, una pugna por las ideas, está de nuevo sobre la mesa. Si bien es usual que se repita que Uruguay está bastante vacunado contra estos deterioros, que sus partidos son fuertes, que el Frente Amplio –precisamente, en etapa de duelo por los liderazgos que ya no están– tiene aún una estructura militante que es estudiada por la academia latinoamericana, ya se sabe que toda burbuja se infla también a impulso de los mitos y puede explotar. Por eso, en medio de estas disquisiciones, no está mal toparse, de improviso, en el cascoteado centro montevideano, con una inscripción en caracteres colorados, o rojos, sobre una pared de una cuadra en la que abundan las puertas clausuradas de los comercios y algunas otras tristes siluetas espectrales. «Sigan a las ideas. No a las personas», dice el trazo en letra imprenta, firmado por una brigada que tomó el nombre de Julio César Grauert, un batllista asesinado por la Policía de la dictadura de Terra, en 1933.

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