En 1985 la Asociación Uruguaya de Fútbol se embarcaba en una de sus tantas crisis internas (y eternas), que la llevaron a tener una docena de presidentes en diez años. La expresión “Ejecutivo provisorio” pasaba a ser regla, y resultaba difícil abrir un diario y no leer que alguien declaraba a viva voz, y sin temor a equivocarse, que el fútbol uruguayo era inviable.
En el primer gobierno de Julio María Sanguinetti, la selección celeste comandada por Omar Bienvenido Borrás logró su clasificación a la Copa del Mundo México 86, tras 12 años sin jugar una (o 16, si consideramos que en 1974, pese a que Uruguay participó, no llegó a jugar). Al entrenador se lo acusaba de improvisar desde el desconocimiento, dada su extraña condición de profesor de educación física devenido en entrenador.
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