—Eras muy chico en la época que reseñás en el documental. ¿Tenés recuerdo de alguno de estos semanarios en tu familia o tu entorno?
—Sinceramente, no. Yo en ese momento, en el 81-82, tenía 11 o 12 años. En mi familia no se leían semanarios. A fines de la dictadura estaba en otra cosa y lo alternativo, en mi caso, pasaba por la lectura de publicaciones argentinas, caso de la revista Humor, pero a El Dedo no lo leía. Más adelante, con 18-20 años, podemos hablar de Fierro o de Cerdos y Peces. De la existencia de las publicaciones de la serie me enteré más tarde; en su momento no las leí, no las consumí.
—Así que con esta investigación llenaste un bache.
—Desde bastante antes que esta serie, en realidad. Yo fui cadete de una agencia de publicidad a los 17-18 años, y me tocaba llevar los anuncios en fotolito a los diarios y semanarios. Ahí conocí la redacción de La Democracia, de Jaque. En esa época sí me acerqué a estas publicaciones, y la que más me interesaba, recuerdo, era Jaque. Encontraba que me hablaba: yo era un joven en ese momento, de los años 86 y 87, en concreto. La redacción estaba en 18 de Julio casi Ejido. Con este documental, y ya con más experiencia y más vida, tomás distancia y ves lo atractivo de casi todos esos semanarios. Por ejemplo, lo que a mí más me interesa y me atrae son las secciones culturales de todos. Quizás la de La Democracia no tanto, pero las demás eran muy importantes. Vos ves las firmas de la gente que participó ahí y los asuntos que abordaban y es realmente impresionante. Es para revisarlo todo.
—¿Cuál fue el criterio que usaste para elegir las publicaciones?
—Durante la búsqueda, primero nos enfocaremos en la relevancia que tuvieron en su momento en tanto oposición al régimen –originalmente la serie se iba a llamar Resistencia semanal–. Un poco esa cosa de la labor periodística en una situación adversa, de colar cosas en un momento en el que no se podían decir. Ahí, traté de contemplar varios asuntos y tensiones: en primer lugar, todo lo que tiene que ver con cómo hacer periodismo de oposición en esas circunstancias, cómo reclamar libertades y denunciar cosas. Eso lo tenían que cumplir los medios. Y lo segundo es la cuestión de la difusión de ciertas actividades, igual de perseguidas, como casi todas las actividades culturales; es decir, quiénes escribían y de qué escribían. Ahí se fue conformando la elección. Luego, hay experiencias de semanarios clandestinos, caso de Carta,del Partido Comunista. Vi algunas de esas publicaciones y me pareció muy interesante, pero contemplarlas suponía entrar en el universo de la clandestinidad y en la lucha más frontal a la dictadura, que ya era otra cosa. Acá hablamos de una prensa que estaba permitida, que sufría censura y tenía el desafío de cómo retomar y rever cómo decir las cosas. Eso me parece muy interesante, y me pareció importante acercar toda esa épica. Con la serie, hubo que ajustarse a las posibilidades y al presupuesto del canal; es una producción muy acotada, teníamos apenas un día de rodaje para cada publicación, había que tratar de ser muy concreto.
—Uno de los atributos en el diseño de la estructura de la serie tiene que ver con el último capítulo, el dedicado a Marcha: la historia va hacia el pasado y muestra todo ese espacio vacío que deja su cierre y que, de alguna forma, ocupan los semanarios surgidos sobre los ochenta. ¿Estaba esta idea implicada en la estructura narrativa? ¿Quisiste dejar eso en evidencia?
—Me alegra que alguien lo haya percibido. Me parecía importante que Marcha sea el último y el primer capítulo de la serie a la vez. Lo que pasa es que, para percibir eso, hay que verla completa, y nunca sabés qué sucede con la percepción del otro. Porque la serie puede ser atendida, también, desde particularidades; te puede interesar, puntualmente, un determinado capítulo por tu pertenencia o simpatía partidaria. Decir, bueno, voy a ver Aquí (la gente del PDC [Partido Demócrata Cristiano]) o el de La Democracia y, entonces, te quedás ahí y listo, el resto no importa demasiado. Me pareció que esta circularidad –que Marcha pueda ser la primera, pero también la última publicación– era interesante: Marcha es un semanario que viene del 39 y que, cuando sufre la clausura definitiva, en el 74, ya han pasado treinta y pico de años, es una locura. Y marcó una impronta, ese modelo tabloide del semanario, o la importancia que se consagraba a los editoriales… Y el nivel en el contenido político, pero, del mismo modo, la importancia que se le otorgaba a lo cultural. El rescate del debate, además, en gente que pensaba de manera situada, sobre la historia y la sociedad uruguaya.
—Los capítulos son concentrados, de menos de 30 minutos, y muy dinámicos, saltan de una entrevista a la otra y luego a los materiales de archivo. ¿El recurso fue pensado para retener la atención del público en un momento como el de hoy?
—Hay un desafío que es captar el interés y la atención en un medio a veces tan difícil como es la televisión. Y eso, más los pocos recursos, lleva a buscar una cierta pulsión narrativa. Buscamos dar, también, cierta contextualización histórica a través de las imágenes de época –aunque no son directamente ilustrativas– y a través de la música, que es fundamental en la serie. Lo que se escuchaba en ese momento, lo que sonaba en cada época, implica el pliegue emocional, porque la serie tiene una cosa muy informativa y, si se quiere, muy dura. Es un poco como decía [Luis] Hierro López de Opinar: «Era muy difícil de leer porque había mucho texto». Además, en ese momento del Uruguay se hizo una música fantástica, en todos los géneros. Es cierto que la serie procede de manera muy heterogénea con cada capítulo –música que va de Los Iracundos a [Carlos María] Fossati, pasando por Los Traidores–. Siempre tuve clarísimo que la serie no iba a tener una música genérica bajada de Envato o alguna de esas plataformas, sino que iba a ser la encargada de darle textura a cada época.
* * *
—Volviendo al capítulo de Marcha: si bien son episodios muy breves y eso implica hacer opciones, me llamó la atención que se inclinara tanto por el periodismo cultural en detrimento de lo político.
—Es verdad. La historia de Marcha no puede hacerse en 24 minutos, es materia más bien para un largo documental. Revisando el archivo del canal, en un ciclo que se llama Testigos (1999) y que se hizo en TV Ciudad hace años, encontré el testimonio de Homero [Alsina Thevenet] –que es impresionante– y me pareció muy pertinente jugarlo acá, ponerlo, porque es la voz directa de alguien que participó de esa redacción. El profesor [Pablo] Rocca lo cuenta fantástico. Por otro lado, si bien la serie es sobre Marcha, hay una suerte de semirretratito de [Carlos] Quijano –no quiero hablar de retrato porque sería muy pretencioso–, es una aproximación a su figura. En el capítulo de Marcha se explica el contexto, cuál era la posición de Marcha en determinado tiempo y su cambio de orientación. Está el origen nacionalista, cómo luego rompen con aquello y, más tarde, la adhesión a la revolución cubana. Y, por supuesto, me interesaba toda la parte cultural, que es uno de los motivos que provoca el cierre definitivo, con el cuento de [Nelson] Marra (véase «A 50 años del “Caso Marra” y la clausura del semanario Marcha», Brecha, 16-II-24).
—El episodio habla del reconocimiento que se le da a la revolución cubana, pero no llega a terminar de definir, por ejemplo, el rol que jugaron Quijano y Julio Castro en la fundación del Frente Amplio. O no explicita, por ejemplo, el secuestro y la desaparición de Castro.
—Sinceramente, me parece que eso hubiera implicado otro programa más. Pasa que, si empezás a abrir, también podés meterte con el exilio de [Juan Carlos] Onetti o con el destino trágico de Marra: ¡es mucho! El desafío es ¿cómo condensás esto en 24 minutos? Quizás sea un consuelo, pero seguro es mejor que exista esto a que no exista nada. Que sirva, porque hay un asunto, y es general, que es que, a medida que pasan los años, hay menos protagonistas. Y eso lo comprobé haciendo la investigación: «Ah, fulanito falleció hace un año, fulanito falleció hace dos años». Cada vez encontrás menos personas que puedan contar su experiencia de manera directa. Pero sí, omisiones o falta de desarrollo hay no solo en el de Marcha, sino en todos los capítulos.
En el caso de Jaque, por ejemplo, un poco más de la mitad del programa habla de la generalidad del cometido y la visión editorial del semanario: la oposición que hizo Jaque en materia política y cultural, pero desde una impronta nueva, un periodismo muy fresco, distinto. Era una barra más joven. Pero la otra mitad del capítulo toma el caso emblemático, que marcó la existencia del semanario y de muchos de sus periodistas, que fue el caso [del médico Vladimir] Roslik. Dentro del marco acotado del formato, traté de otorgarme libertad, es decir, cada capítulo hace distintas opciones en su desarrollo y tiene destellos de cosas que tienen que ver con las experiencias particulares de cada publicación.
—En el caso de El Correo de los Viernes también hacés un salto al presente que no se ve en los demás capítulos.
—Está activo, aunque ahora es un medio digital. La historia de cada semanario te va obligando a acomodarte. Eso se va viendo en función de cada uno. Son ocho partidos distintos, no un solo partido con ocho tiempos.
—Algo que me llamó mucho la atención al ver la serie es lo masculino del gremio, por entonces. Recién en el último capítulo, y es la primera mujer que se menciona como referente, aparece Mercedes Quijano1 con Cuadernos de Marcha.
—Grabando en la Biblioteca [Nacional] aparecían muchas autoras, muchas plumas de mujeres, pero no así en los equipos de dirección. De hecho, Carolina Mauriello, la productora de la serie, insistió bastante en esa búsqueda. Eso habla también de esa época.
—¿Cómo fue el trabajo de investigación? Fueron al Palacio Legislativo, al Instituto Juan Pablo Terra…
—Hicimos un trabajo acorde a la duración, a los recursos y al tiempo de esta producción. El aporte del archivo del canal fue muy importante. Porque la historia que se narra se funde con la campaña del 84, de la que muchos de los entrevistados participaron. El material de la serie Crónicas de campaña, de 2019 (véase «En campañas», Brecha, 7-VI-19), nos sirvió mucho.
* Ficha técnica: Realización: Aldo Garay. Producción: Carolina Mauriello. Edición: Federico La Rosa. Cámara y fotografía: Rodrigo Guarino. Sonido: Álvaro Pereda. Gráfica: Gustavo Bentura.↩︎
Hija de Carlos Quijano, fue profesora universitaria y responsable de Cuadernos de Marcha. ↩︎







