Para después del dolor - Semanario Brecha
Violencia de género en la Udelar: entre el desahogo y el punitivismo

Para después del dolor

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La Universidad de la República (Udelar) es la casa de estudios más grande del país. Esta expresión, que resulta tan familiar para quienes la habitamos, debe ser reconocida en toda su dimensión y considerar el alcance territorial de la institución, la cantidad de personas que la integran, el funcionamiento con base en fuertes principios democráticos y participativos, la complejidad de su administración, etcétera. Desde su origen, uno de los principios que orientan a la Udelar tiene que ver con su vínculo con la sociedad y con su posicionamiento respecto de los problemas de relevancia social. La universidad debe atenderlos a través de la extensión universitaria, enseñar sobre ellos mediante la docencia y producir conocimiento de calidad por medio de la investigación.

El tratamiento de la violencia contra las mujeres ha sido incorporado a la normativa y a la práctica de la Udelar en su conjunto, pero con énfasis en algunos servicios y de manera más discreta en otros (como una muestra de la dificultad institucional para considerar y darle tratamiento a algunos asuntos). Esto derivó en la organización de múltiples actividades; en la curricularización de contenidos a través de ofertas de formación de grado, optativas y obligatorias; en el desarrollo de líneas de investigación; en la instalación de la Comisión Abierta de Equidad de Género y la Unidad Central sobre Violencia, Acoso y Discriminación; en el diseño de protocolos, y en la sanción de normativas internas, entre otras acciones.

Decir que esto resulta insuficiente es de perogrullo. El intento de femicidio en la Facultad de Medicina dejó al descubierto que la violencia hacia las mujeres entró a la institución para quedarse. No hay precedente de un hecho similar en la institución, lo que vuelve difícil entretejer y sostener un discurso que mitigue el impacto de semejante brutalidad.

Podríamos caer en un intento de intelectualización, en tanto mecanismo defensivo, y hacer un ensayo sobre las probabilidades de ocurrencia de un episodio de esta magnitud, sus factores de riesgo y sus niveles. Pero esto produciría una distancia emocional en relación con este hecho que nos afecta, buscando reducir la angustia y la ansiedad ante el derrumbe de las certezas provocado por aquello que resulta intempestivo, inesperado y amenazante.

Es que algo de eso ocurrió. El ataque nos volvió ajeno un espacio del que deseamos que los estudiantes se apropien, un lugar que queremos que habiten y por el que pretendemos que militen. La violencia vuelve los espacios inseguros, transforma a los compañeros en sospechosos y a la cercanía en amenaza. En ese contexto, cualquier intento de racionalización en un momento en que las heridas aún están abiertas resulta vano y puede ser interpretado como favorecedor de la violencia, justificador del agresor y culpabilizante de la víctima.

Por eso en un primer momento es legítimo expresarnos desde la indignación y la rabia, desde el llanto y la congoja, desde el abrazo y el encuentro en las calles, en las aulas, en los pasillos. Porque el dolor se transita mejor en comunidad. Expresar nuestras ideas acerca de lo que está pasando con los hombres, con los varones jóvenes. Preguntarnos si se podía haber evitado, si está bien tener a alguien así entre nosotros; poder decir que no los queremos más. Pensar qué hacer para que no vuelva a ocurrir. Incluso también es entendible que, como consecuencia de lo ocurrido, se soliciten antecedentes penales y judiciales para ingresar a la universidad, que de ahora en adelante se pidan cédulas y cacheos a quienes ingresan a los edificios universitarios y que se expulse a los varones que hayan sido condenados por femicidio, que no puedan volver a ser estudiantes.

Debemos poder decir todo esto para que no se nos quede anudado en la garganta y en el estómago. Pero, después de decirlo, liberarnos, respirar profundo y permitir que la indignación dé lugar a preguntas y a reflexiones que conecten más con los marcos ideológicos que circulan por la Udelar.

El problema de la violencia hacia las mujeres ya no está solo afuera. Al igual que otras formas de discriminación y acoso, esta violencia entró en las facultades, y ya no como un problema de estudio que se aborda en función de los fines universitarios. Ahora rompió la clásica disputa entre objetividad y subjetividad: quienes la estudiábamos objetivamente ahora ya formamos parte directa del campo. Nos afecta, nos paraliza y nos conmueve. No debemos ceder ante ella. Y las reacciones que el dolor impulsa, las propuestas que vienen desde las vísceras, también pueden significar darle lugar al punitivismo en su máxima expresión.

El punitivismo es una forma de organizar el pensamiento y la vida de los sujetos fundamentalmente a través del castigo, las prohibiciones y el mayor control, como si problemas complejos pudieran resolverse sobre todo mediante el endurecimiento de las respuestas frente a quienes los cometen. Opera a través de la permanente sensación de inseguridad en lugares que antes resultaban seguros, transforma al otro en un sujeto amenazante y, una vez que se comete un acto contra la integridad de otro, la lógica punitivista tiende a considerarla una conducta sin retorno. Esta supuesta irrecuperabilidad vuelve al sujeto atacante desechable, prescindible; por lo tanto, sus derechos son pasibles de ser vulnerados.

Este modo de pensar simplifica las relaciones inherentemente complejas involucradas en la violencia. Y la complejidad radica, justamente, en que la violencia no se puede explicar mediante una única variable, sino que es un fenómeno multicausal. Está demostrado que la respuesta penal no disuade ni resuelve la comisión del delito. Sin embargo, nuestras sociedades padecen de un eterno enamoramiento del derecho penal. El sistema penal nos vende la salida fácil de la punición, pero no percibimos –menos aún cuestionamos– el carácter simbólico de la pena. A nivel internacional, las estrategias punitivistas para afrontar las violencias de género y sexual no cuentan con certeza suficiente para constituirse por sí solas como una respuesta al problema. ¿Por qué habría de ser diferente en nuestro país?

También podemos preguntarnos qué les pasa a los hombres, qué sienten cuando estos hechos nos golpean el rostro. Esa pregunta puede aproximarnos a abrir la puerta de un diálogo que nos acerque al otro, al sujeto masculino que pareciera presentarse como un enigma a descifrar. Más aún cuando en la convocatoria de repudio al hecho que se organizó frente a Facultad de Medicina hubo una presencia importante de varones jóvenes, al igual que en otros espacios institucionales que se han ofrecido en estos días, donde en algunos casos se preguntaban qué hacían ellos con el dolor que esto les provoca: ¿dónde lo hablan? Tal vez allí haya algo que debamos escuchar.

El punitivismo representa una encrucijada para los movimientos sociales que buscan la libertad y la igualdad de las personas. Luego de que pase el dolor debería quedar pendiente un ejercicio reflexivo al respecto. No para negar la necesidad de respuestas ni para relativizar la gravedad de lo ocurrido, sino para que las decisiones a las que arribemos no sean solo efectos de los espasmos viscerales provocados por el desconsuelo y las consecuencias de la crueldad.

No será desde las medidas prohibicionistas, el mayor endurecimiento de las penas ni la mayor limitación de derechos –de quienes ya de por sí tienen restringidos sus derechos por estar privados de libertad– que la igualdad real entre hombres y mujeres se logrará.

Tal vez los diálogos que nos encuentran motivados por el dolor puedan sostenerse como un paraguas protector ante la tormenta que llegó para quedarse. Quizás estos diálogos liberadores de los afectos devengan en proyectos que sigan manteniendo el profundo sentimiento democrático y participativo que hace que nos enorgullezcamos de la Udelar, que simplemente está demostrando que en su interior no pasa nada distinto de lo que le pasa a la sociedad, con quien mantiene vínculos de proximidad entrañables.

Solo en el diálogo de saberes, a través de la institucionalidad y de las funciones universitarias, podremos encontrar la forma de comprender el fenómeno en su complejidad, desde sus diferentes dimensiones y considerando a todos sus actores. Después del dolor, cuando podamos volver a respirar un poco más profundo, esa será nuestra tarea.


(Néstor Rodríguez Pereira de Souza, Docente del Programa Género, Sexualidad y Salud Reproductiva de la Facultad de Psicología, Udelar.
Flor de María Meza, Docente de la Facultad de Derecho y del Prorrectorado de Extensión y Programas Integrales, Udelar.)

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