Por las calles de Montevideo - Semanario Brecha
Ciudad y memoria

Por las calles de Montevideo

Tres hombres de distintas profesiones caminan juntos por Montevideo. El arquitecto guía, señala y enseña, el fotógrafo registra las imágenes, al escritor corresponde la crónica del viaje. Los tres responden a una misma inquietud: construir un relato de la ciudad.

La Rambla y Ciudadela, Montevideo Carlos Contrera

Arquitecto y docente, Mariano Arana nunca pierde el sentido del humor y el decir arborescente. Es su voz la que escuchamos cuando describe edificios, residencias, plazas y parques –«tanto en su monumentalidad como en las callejuelas de los barrios humildes»– y ausculta el corazón de una comunidad. Carlos Contrera persigue con su cámara los significados del paisaje urbano.1 Horacio Cavallo graba las palabras que darán forma a su crónica. Mediante el desplazamiento intelectual que implica todo movimiento físico, los tres se entregan con entusiasmo al objetivo común de construir un relato de la ciudad. Es invierno, van abrigados, parecen disfrutar cada momento.

Director del Instituto de Historia de la Arquitectura de esa facultad, intendente, senador, ministro y al cabo edil, Arana fue uno de los fundadores de Ediciones de la Banda Oriental. Confiesa Alcides Abella, su director actual, que siempre imaginaron recorrer la ciudad junto a él y plasmar la travesía en un libro; Arana. Pasión por Montevideo cumple el sueño y es un homenaje.

En 1983 la editorial ya había publicado Una ciudad sin memoria, del Grupo de Estudios Urbanos, que integraba jóvenes arquitectos y estudiantes avanzados convocados por Arana. El libro dialogaba con un audiovisual itinerante producido en 1980 que movilizó a distintos sectores de la sociedad preocupados por la destrucción del patrimonio histórico y cultural de la Ciudad Vieja a fines de los setenta. En el segundo audiovisual, de 1983, ampliaron la temática a la ciudad en su totalidad. En plena dictadura, cuando cualquier reunión de más de tres personas era considerada un acto subversivo, la desazón por la pérdida de una forma de la conciencia histórica y de la identidad nacional se constituyó en un motivo de reencuentro y de diálogo.

EL RELATO

Una de las particularidades del nuevo libro es la narración en primera persona por la que opta Cavallo, que alterna reflexiones propias, relatos breves y hasta versos de poetas que cantan a la ciudad. También hace lugar a la voz de Contrera, cuyas fotografías en blanco y negro y a página entera iluminan el libro. Cavallo expone los cruces con vecinos que detienen al intendente –así le llaman muchos todavía– para saludarlo, felicitarlo o protestar, incluido un cuidacoches de cresta punk. El relato evade el discurso académico y avanza como una senda disfrutable y polifónica que permite a los lectores mirar la ciudad como si fuera la primera vez.

Las intervenciones directas de Arana tienen el gusto de las buenas clases. En ocasiones, habla como si lo hiciera para un auditorio. Por momentos descansa la mirada en menudencias que disparan anécdotas históricas o recobran usos y costumbres. Hay rincones y edificios que evocan episodios de su vida y lo devuelven a la infancia. Con su estilo campechano y erudito dice, sin vueltas, qué le disgusta: baldíos o estacionamientos a cielo abierto, cajas de aire acondicionado mal ubicadas, los grafitis que estropean fachadas hermosas, «no las obras de pintores populares talentosos».

LOS ESCENARIOS

La Ciudad Vieja es «un valiosísimo conjunto patrimonial cuya coherencia no implica uniformidad, sino una muy variada presencia de modalidades diversas: colonial, eclecticismo, historicista, art nouveau, art decó, racionalismo», dice Arana, y comienza la gira por la plaza Zabala, deteniéndose en los estilos de distintas épocas que rodean el monumento al fundador de la ciudad. Surgen nombres de arquitectos, escultores y paisajistas; un elenco virtuoso que se amplía en cada página y da cuenta de concursos que permitieron la construcción de edificios emblemáticos.

Arana. Pasión por Montevideo, de Horacio Cavallo (textos) y Carlos Contrera (fotografías). Ediciones de la Banda Oriental, Montevideo, 2020. 144 págs.

A todo, Arana da un origen y un porqué: el edificio de la Aduana, innovador para la época, y el de la Administración Nacional de Puertos son frutos de concursos; el Jaureguiberry, frente al Mercado del Puerto, estuvo a punto de caerse, ahora es patrimonio histórico y una cooperativa de viviendas; la idea de la peatonal Sarandí fue rechazada en un primer momento por los mismos comerciantes que después pidieron su extensión hasta Pérez Castellano; la construcción del teatro Solís se demoró por la Guerra Grande; la Corporación Andina de Fomento –en terrenos del viejo Mercado Central– aloja a Cinemateca y al bar Fun Fun, donde Pivel Devoto fotografió el cartel que decía: «Tienes que respetar a la mujer, que puede ser tu hermana o tu madre», porque, claro, explica Arana, «esto era el bajo y los edificios no valen tan sólo por sí mismos, sino por el contexto del uso y la mentalidad de la época». Al cruzar hacia la rambla, «donde predominan los bloques con los que algunos empresarios procuraron sobre todo ganar dinero» (aunque también Emilio Reus y Bello y Reborati tenían esa motivación, y eso no les impedía «hacer obra arquitectónica y urbanística de gran interés»), salta el proyecto de Buquebus para la antigua Compañía del Gas, «felizmente desechado» porque esa faja costera fue declarada monumento nacional.

Los cementerios del Buceo y Central, «próximos a un paisaje impresionante», poseen obras escultóricas de gran calidad artística. «Gracias a una política planificada», frente a la calle Gonzalo Ramírez construyeron edificios «que son un ejemplo de transformación barrial integrada a una propuesta de actores privados para la vieja empresa Strauch». Enfrente se diseñó la plaza Zitarrosa. Arana rescata siempre los sistemas cooperativos que permiten a ciudadanos de bajos ingresos acceder a una vivienda digna.

«Aún inconclusa y con incorporaciones muy discutibles», la Facultad de Ingeniería, de Julio Vilajamó, «es una obra excepcional». Como lo es el Instituto de Higiene, «uno de los edificios más importantes de la modernidad en América Latina».

Mariano Arana en el edificio Alemania del arq Rafael Viñoly Carlos Contrera

Arana confiesa no saber quién hizo el castillito del Parque Rodó, pero recuerda que allí conoció a Onetti, que era funcionario municipal. Dice que las chapas coloreadas «que enmascaran de pseudomodernización» el viejo edificio de la Casa de Gobierno –hoy sede de la Administración de los Servicios de Salud del Estado– le parecen desconsideradas con los diseñadores originarios. Contigua, la excelente propuesta del Parque de las Esculturas de artistas nacionales se encuentra «lamentablemente descuidada».

En otro lugar, y frente a una nueva escultura, ironiza con la intención de Rivera «de saltar por encima de (Bulevar) Artigas… que aparentemente es lo que siempre quiso hacer». Enseguida destaca las «variadas tipologías» de las más de 300 unidades del Complejo Bulevar. Lamentará, risueño, que no haya cuajado lo del ANTEL Arana, pero está satisfecho con el ANTEL Arena: «un cambio relevante para la ciudad y para el país».

Bien dispuesto en el libro, y un tanto desquiciado en esta nota por el afán simultáneo de registrar y resumir, el recorrido sigue hasta la excárcel de Miguelete –que transformó sus celdarios en el Espacio de Arte Contemporáneo y en el Museo Nacional de Historia Natural– y la plaza Casavalle, frente al Centro Cívico que homenajea el trabajo incansable de Luisa Cuesta.

La excepcional calidad de edificaciones, jardinería y forestación del Prado tiene un punto alto en la bóveda de enormes plátanos de 19 de Abril y en la proximidad de la Iglesia de los Carmelitas, inspirada en el gótico francés, como la capilla Jackson, en la zona de Atahualpa. En el Miguelete, el pasto crece verde y los vecinos pasean sin taparse la nariz. El mural de Leopoldo Nóvoa, «de una potencia asombrosa», singulariza el estadio Luis Tróccoli. También en el Cerro, los vestigios de la casa y el taller de José Gurvich, y en el Parque Vaz Ferreira, el memorial que recuerda a los detenidos desaparecidos, un sobrio corredor acristalado con los nombres que se conocían al hacer el diseño. Arana establece un vínculo con el Memorial al Holocausto del Pueblo Judío, en la rambla de Punta Carretas, «que opta por cierta modalidad expresionista». Y el viaje continúa y va por más…

1. El índice de las fotografías consta al final del libro.

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