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La violencia ultraderechista en Charlottesville

El racismo, su resistencia y la toxicidad de un presidente

Se vienen multiplicado en Estados Unidos las “milicias blancas”, los ataques con motivos racistas y los agitadores que afirman que “la civilización blanca” está amenazada. El ataque terrorista contra militantes antirracistas, que mató a una persona e hirió a una veintena, en la pequeña ciudad de Charlottesville, disparó las alarmas de una sociedad cada vez más polarizada. En lugar de rechazar inequívocamente la violencia y el odio racista, el jefe de Estado atiza las tensiones.

Miembros del Ku Klux Klan durante una protesta contra el retiro de un monumento de la Confederación, en Charlottesville, Virginia, el 8 de julio / Foto: Afp, Andrew Caballero-Reynolds

Convocadas a una marcha de la Derecha Unida, cientos de personas, en su gran mayoría hombres blancos jóvenes, desfilaron el viernes 11 con antorchas por el predio de la Universidad de Virginia, en Charlottesville, portando banderas de la Confederación y símbolos nazis y de grupos supremacistas blancos. Los organizadores obtuvieron el permiso de la Alcaldía para la manifestación describiéndola como una protesta contra la remoción de una estatua del general Robert Lee, el comandante de los ejércitos del sur esclavista en la guerra civil (1861-1865).

Pero las consignas poco tuvieron que ver con la manifestación autorizada. Los neonazis, miembros del Ku Klux Klan y otros supremacistas blancos –muchos de los cuales, al amparo de las leyes de Virginia, portaban armas automáticas y sus cargadores– corearon consignas como “Ustedes no van a remplazarnos”, “Los judíos no van a remplazarnos”, “Las calles son nuestras” y el viejo lema nazi: “Sangre y tierra”.

Al día siguiente, en bataholas con sus adversarios, un joven vinculado a la Derecha Unida empleó un automóvil como arma y en su arremetida contra los manifestantes mató a una joven e hirió a una veintena de personas.

La violencia callejera en Charlottesville ocurrió casi dos meses después de que un ex militante en la campaña presidencial del socialdemócrata Bernie Sanders atacó a balazos a un grupo de diputados republicanos que practicaban para un juego de béisbol con fines benéficos.

MILICIAS BLANCAS. Los dispuestos al combate en la “alt-right” (derecha alternativa) –como se autodescribe esa coalición de supremacistas blancos, nacionalistas, nazis y kukluxklaners– y los que ahora se denominan “antifas” –por antifascistas– emplean tácticas similares en escaramuzas en las márgenes del sistema político. Una diferencia es que mientras los “altrightistas” marchan, en su mayoría a cara descubierta y portando armas de fuego, los antifas aparecen vestidos de negro, con capuchas y el rostro cubierto. Ambas agrupaciones tienen campos de entrenamiento y sitios web donde instruyen sobre tácticas de lucha callejera.

Las “milicias blancas” crecieron enormemente durante la presidencia de Barack Obama, el primer presidente mulato, espoleadas por la prédica de abundantes agitadores sobre la amenaza existencial para la “civilización blanca” que representan los negros, los inmigrantes, los judíos, los musulmanes, los chinos, los homosexuales, las mujeres no sumisas, y casi cualquier otra cosa que no provenga de la “cultura anglosajona”. En el último año se ha registrado un aumento sustancial de los ataques contra musulmanes y judíos.

Los extremistas de izquierda habían tenido su auge entre mediados de la década de 1990 y mediados de los años dos mil, con las grandes protestas internacionales contra la globalización, en las que aparecían los destacamentos black bloc, autodefinidos como anarquistas. La creciente visibilidad y agresividad de las patotas alt-right estimuló una nueva generación de guerreros del pavimento resueltos a darle batalla al fascismo.

CONTROVERSIA DE LARGA DATA. Aunque hay militantes violentos de alt right en todo el país, no es casual que algunas de las confrontaciones más significativas ocurran en Virginia –la capital de la Confederación rebelde en la guerra civil– y en algunos estados que fueron bastiones del sur esclavista.

Es en estos estados donde hay más monumentos, plazas, autopistas, calles, parques, escuelas y hospitales cuya nomenclatura honra al general Robert Lee, al presidente de la Confederación secesionista, Jefferson Davis; al general Thomas “Stonewall” Jackson, el más conocido de los comandantes confederados, y decenas de otras figuras prominentes en los estados que fueron esclavistas.

Para las generaciones más jóvenes éstos son sólo nombres. Pero para los negros son un constante recordatorio de la esclavitud de sus ancestros. Y para los blancos nostálgicos, cuyos tatarabuelos pelearon en los ejércitos del sur, los monumentos y calles rinden homenaje a los sacrificios y el coraje de los suyos.

La controversia sobre la existencia de esos monumentos es de larga data, como lo ha sido la inclusión de la bandera confederada en los símbolos oficiales de algunos estados sureños.

Lo curioso es que quienes en uno u otro bando libraron aquella guerra civil –que con más de 600 mil muertos es la más cruenta en toda la historia de Estados Unidos– se abocaron luego a la difícil tarea de la conciliación. El general Ulysses Grant, jefe de los ejércitos del norte, se negó a juzgar a Lee por traición, y éste recomendó que no se erigieran monumentos que perpetuaran las enemistades.

Fue después del período de reconstrucción –los diez años durante los cuales los estados del sur estuvieron bajo ocupación militar del norte– que comenzó la erección de monumentos, la asignación de nombres de próceres sureños, y que surgieron el Ku Klux Klan y el terrorismo blanco. Comenzaba una era de cien años marcada por linchamientos y las marchas con antorchas que los nazis de Alemania copiarían de sus pares ideológicos estadounidenses.

Eso es lo que para millones de estadounidenses representan esos monumentos. Para unos la glorificación de un sur rebelde y derrotado, para otros la dignificación de esclavistas y terroristas.

Después de que un joven blanco, inspirado por “supremacistas”, asesinó en junio de 2015 a nueve personas en una congregación mayoritariamene negra en Charleston, en Carolina del Sur, la gobernadora republicana Nikky Haley (actual embajadora de Estados Unidos en la Onu) ordenó que se arriara para siempre la bandera de la Confederación que flameaba en todos los edificios públicos de ese estado.

El fervor iconoclasta se ha extendido a otras ciudades donde, después de los debates correspondientes, las autoridades han quitado estatuas de próceres de la Confederación para mandarlas a museos, archivos o cementerios. Y esto, a su vez, ha provocado la ira de quienes temen la extinción de la “cultura blanca”.

TRUMP CONTRA TODOS. Como para certificar que él no es antisemita, Trump cita a menudo el hecho de que su yerno, Jared Kushner, es judío, y que su hija Ivanka Trump se convirtió al judaísmo. Por supuesto, Trump, siendo quien es, también ha dicho que los negros lo adoran, y que los hispanos lo quieren, y que las mujeres –a quienes ha manoseado e insultado con displicencia– lo admiran.

Tras los incidentes de Charlottesville, Trump dijo primero que había dos bandos y que ambos eran culpables de la violencia. Esa equiparación de manifestantes pacíficos con un grupo armado que grita consignas nazis le valió el repudio de republicanos, demócratas, independientes y hasta de gobernantes de otros países. Tras lo cual el mandatario estadounidense afirmó que “ambos bandos” eran responsables por lo ocurrido.

Durante su campaña contra Hillary Clinton y Obama, Trump repitió hasta el cansancio que los dos políticos demócratas se rehusaban a usar los términos “terrorismo islámico”. Pero a Trump hubo que empujarlo, casi, para que el lunes usara los términos “nazis”, “supremacistas blancos” y “racistas” para describir a quienes sacudieron con su violencia la ciudad de Charlottesville.

Y Trump, siendo quien es, al día siguiente se desdijo, y en una conferencia de prensa delirante desde el atrio de su Trump Tower, en Nueva York, volvió a equiparar a los agresores con los agredidos, y a los próceres sureños Lee y Jackson con los próceres nacionales George Washington y Thomas Jefferson.

En el séptimo mes de su malhadada presidencia, Trump se las ingenió para ganar, aun, más adversarios y ahuyentar, aun, más aliados.

Espantados o escandalizados por la ambivalencia de Trump acerca del racismo, en pocas horas los principales ejecutivos de 3M, la farmacéutica Merck, Campbell Soup Company, Under Armour, Intel, y el presidente de la central sindical Afl-Cio, Richard Trumka, abandonaron un Consejo Asesor sobre Manufactura que Trump había creado para realzar el espíritu empresarial de su gobierno. Todos ellos declararon que el racismo es inaceptable.

Primero Trump se jactó de que había “muchos otros” empresarios listos a adornar su consejo asesor y, fiel a su comportamiento errático, el miércoles decidió disolver tanto el consejo sobre manufacturas como el Foro de Estrategia y Política.

TODOS CONTRA TRUMP. Mientras el presidente anunciaba su pataleta, en Charlottesville Susan Bro, la madre de Heather Heyer –la joven muerta en el ataque con automóvil–, dijo en un homenaje a su hija: “Mataron a mi hija para callarla. Pero ¿saben qué? La han magnificado”.

Los ex presidentes George H W Bush y George W Bush se sumaron al coro de legisladores republicanos que han repudiado la ambigüedad de Trump, y en un comunicado señalaron que “Estados Unidos debe repudiar siempre el racismo, el antisemitismo y el odio en todas las formas”.

El senador republicano Lindsey Graham, de Carolina del Sur, dijo que “Trump dio un paso atrás cuando volvió a sugerir que hay una equivalencia moral entre los supremacistas blancos, los nazis y los miembros del Ku KluxKlan, y gente como la joven Heather Heyer”.

Los comandantes en jefe de las cuatro armas –Ejército, Marina, Fuerza Aérea e Infantería de Marina– emitieron el miércoles declaraciones separadas en las que ratifican el repudio militar al racismo. Una rara coincidencia. Las declaraciones son notables porque los mandos militares en Estados Unidos, tradicionalmente, se mantienen firmes, fuera de la política.

La sociedad estadounidense, como la de cualquier país, tiene sus complejidades y componentes volátiles. Pero la presidencia de Trump ha tenido y sigue teniendo un efecto tóxico. “Lo que vimos en Charlottesville podría ser tan sólo el comienzo”, opinó Brennan Gilmore, quien fue diplomático de Estados Unidos durante 15 años, con asignaciones en la República Democrática del Congo, la República Centroafricana, Sudán, Túnez y Sierra Leona. “Lo que vimos fue un acto terrorista brutal y calculado. Un joven, imbuido por el odio, arremetió contra un grupo de gente que protestaba pacíficamente.”

“Lo que vimos fue el resultado, aterrorizante pero lógico, de nuestra creciente política tóxica de odio”, añadió Gilmore, quien vive en Charlottesville, y añadió que ha observado ese mismo proceso en otras partes del mundo donde “los dirigentes políticos usan el odio y la deshumanización del ‘otro’, como instrumentos para ganar poder. La renuencia del presidente Trump a denunciar específicamente a los grupos responsables por la violencia, y luego culpar a ‘muchos bandos’, es el tipo de tolerancia con que he visto convertir a otros países en zonas de guerras sangrientas”.

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