La idea misma de una «raza latina» es, en su origen, un producto del colonialismo francés del siglo XIX.
El dualismo entre lo romano-latino-católico y lo germánico-anglosajón-protestante, referido, en un principio, indistintamente tanto a América como a Europa, aparece formulado en forma expresa, quizás por primera vez, en un documento del año 1836. Su autor, el político y economista francés Michel Chevalier (1806-1879); el contexto, la expansión imperial francesa sobre distintas partes del orbe.
«Nuestra civilización europea procede de dos orígenes; de los romanos y de las poblaciones germánicas [y] se subdivide en dos familias, cada una de las cuales se distingue por su semejanza especial con una de las dos naciones madres que han concurrido a engendrar una y otra. Así, hay Europa latina y Europa teutónica; […] esta es protestante, la otra católica; la una se sirve de idiomas en que domina el latín, y la otra habla lenguas germanas. Las dos ramas, latina y germana, se han reproducido en el Nuevo Mundo. La América del Sur es como la Europa Meridional católica y latina, y la del Norte pertenece a una población protestante y anglosajona.»
Para Chevalier, Francia estaba llamada a ejercer un patronato benefactor y fecundo sobre los pueblos de la América no anglosajona, que, a su juicio, carecían todavía de la madurez civilizatoria suficiente como para valerse por sí mismos.
Los partidarios de un hispanismo ideológico, que odian la expresión América «latina», puesto que –entienden– solo cabe hablar con propiedad y rigor de una América «hispánica», o, en todo caso, «ibérica», recuerdan el origen decimonónico, francés y colonial del término cada vez que tienen oportunidad de hacerlo. Pero lo cierto es que la aventura colonial francesa en América se terminó en 1867, cuando los invasores de ese origen salieron expulsados de México, y, sin embargo, la fama de los términos «raza latina», «raza latinoamericana» y sus derivados no haría otra cosa que acrecentarse en las décadas inmediatamente posteriores.
La idea de que los americanos del norte, de «raza anglosajona», no representaban sino la civilización de la materia y el cálculo, una cultura egoísta, ávida de lucro, prosaica, mercantilista, ajena a todas las grandes virtudes, salvo aquellas asociadas a la producción y a la circulación de mercancías, y ajena también a todo sentimiento elevado, sublime o trascendente, a toda expresión de lo ideal, de lo materialmente desinteresado, de lo no trasladable a valores mercantiles, características estas últimas de una civilización y una cultura más elevadas cuya custodia había quedado reservada en el Nuevo Mundo, de forma exclusiva, a los americanos del sur, de «raza latina», se transformó poco a poco en un lugar común.
En 1900, el uruguayo José Enrique Rodó publicó Ariel, una de las obras más exitosas dentro de la literatura que gira en torno a la oposición antes mencionada. El libro no era estrictamente novedoso en ninguno de sus planteos, pero marcó una época: la del influjo de los grandes maestros del 900, que se extendió a lo largo de las primeras tres décadas del siglo pasado. Rodó fue considerado un maestro de la juventud latinoamericana durante por lo menos un cuarto de siglo después de la publicación de Ariel. Luego su suerte, y la de su obra más emblemática, cambió en forma drástica.
Son bastante conocidas las duras palabras con las que, en 1928, el marxista peruano José Carlos Mariátegui enjuició el mito arielista de Rodó.
«La época de la libre concurrencia en la economía capitalista ha terminado en todos los campos y todos los aspectos. Estamos en la época de los monopolios, vale decir, de los imperios. Los países latinoamericanos llegan con retardo a la competencia capitalista. Los primeros puestos están ya definitivamente asignados. El destino de estos países, dentro del orden capitalista, es de simples colonias. La oposición de idiomas, de razas, de espíritus no tiene ningún sentido decisivo. Es ridículo hablar todavía del contraste entre una América sajona materialista y una América latina idealista. […] Todos estos son tópicos irremisiblemente desacreditados. El mito de Rodó no obra ya –no ha obrado nunca– útil y fecundamente sobre las almas. Descartemos, inexorablemente, todas estas caricaturas y simulacros de ideologías y hagamos las cuentas, seria y francamente, con la realidad.»
El marxismo latinoamericano posterior a Mariátegui, y otras corrientes dentro de las ciencias sociales críticas, intentaron, cada una a su modo y de distintas maneras, articular la especificidad de lo latinoamericano no en términos de una raza, sino de un pueblo, o de un conjunto de pueblos, cuya especialidad viene dada por su carácter colonial, o neocolonial, o subalterno, o periférico, o lo que corresponda según el caso. El mandato de hacer las cuentas seria y francamente con la realidad devino en el intento de explicar científicamente categorías como dependencia y subdesarrollo, entre otras.
Mientras tanto, lo «latino», que originalmente fue asociado a lo ideal frente a lo material, a lo desinteresado frente a lo utilitario, a lo valioso en términos no puramente mercantiles frente a lo que solo tiene un precio, llegó a convertirse exactamente en lo contrario: en una categoría comercial para etiquetar productos de consumo masivo administrados o distribuidos casi sin excepción por grandes multinacionales del entretenimiento de origen estadounidense.
¿Puede considerarse que algunos de esos productos, no obstante su carácter mercantil, encierran o contienen algo de lo «latino» como expresión auténtica de un pueblo, o de un conjunto de pueblos, que existen al sur del río Bravo? El espectáculo del cantante puertorriqueño conocido como Bad Bunny en el entretiempo del partido final del campeonato de fútbol americano en los Estados Unidos, hace pocos días, puso el asunto en boca de todos. El entusiasmo –probablemente desmedido– que provocó esa actuación es quizás una señal, y, en tal caso, no sería la primera, de que los latinoamericanos no han abandonado la búsqueda de algún mito, relato o construcción simbólica en que fundar una identidad común, aunque haya quedado ya muy atrás en el tiempo el mito decimonónico de la «raza latina», y haya que encontrar uno nuevo.
Tras probar durante décadas el abordaje científico de sus problemas estructurales, sin grandes éxitos reseñables, todo hay que decirlo, ¿vuelve América Latina a probar suerte con el mito? ¿O se trata esta vez de una simple operación de mercadotecnia?









