Salir de la calle - Semanario Brecha
Casa, trabajo y afectos

Salir de la calle

Con la entrada del otoño y el descenso de las temperaturas, la situación de calle está desde hace semanas en el centro de la discusión pública. Brecha conversó con personas que viven o han vivido esta circunstancia y que crean, en colectivo, alternativas para cambiar su realidad: impulsan proyectos de vivienda, trabajo y cultura basados en la autonomía, el cooperativismo y la economía solidaria.

Willy, armando las camas en la herrería. Héctor Piastri.

«Llegás justo cuando terminamos», me dice Rodolfo, parado junto a otros integrantes de radio Vilardevoz, en la esquina de Ituzaingó y 25 de Agosto. Un pequeño rincón de la Ciudad Vieja que mira al puerto. Desde ahí transmiten en vivo todos los sábados la programación de la radio. El estudio es una casa de grandes ventanales que estuvo abandonada y que la Intendencia de Montevideo les cedió después de que, durante la pandemia, tuvieron que dejar el centro diurno del Hospital Vilardebó.

Rodolfo me cuenta que ese jueves es la asamblea central, en la que discuten distintos temas. Hace unos minutos habían estado intercambiando opiniones acerca de la Primera Estrategia Nacional sobre Situación de Calle, presentada por el Ministerio de Desarrollo Social (Mides). Quienes participan han estado en dispositivos de salud mental y en situación de calle. Aunque, en este momento, la mayoría tiene un techo. Algunos están en refugios, otros en centros de 24 horas, otros viven en la casa comunitaria coordinada por el propio colectivo.

Empieza a chispear y el grupo entra de nuevo a la radio. Les pido si pueden compartir conmigo algunas de sus reflexiones. Marcelo, uno de los más veteranos del grupo, se ríe y dice que va a ser «complicado» sintetizar todo lo que hablaron. Aun así, se para y toma el micrófono: «Siempre se argumenta que la pobreza es la causa. Y yo creo que es la consecuencia de una política mal aplicada, desde la dictadura en adelante y también hacia atrás», dice, recorriendo con la mirada a sus compañeros, que acompañan sus palabras asintiendo levemente con la cabeza.

De acuerdo con un trabajo de la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo de la Universidad de la República, en 2005, cuando se creó el Mides, había unas 300 personas en situación de calle en Montevideo. En muchos casos se trataba de familias con niños que, expulsadas por la crisis económica, cayeron en la pobreza o de personas que desde hacía años venían quedando al margen, en la periferia de la ciudad. Las políticas sociales de aquellos años lograron contener el fenómeno en las infancias, pero el número de adultos en calle nunca dejó de crecer desde entonces. Entre 2006 y 2023, la población en esa situación aumentó casi un 600 por ciento. Y las proyecciones estiman unas 10 mil personas en esa situación para 2030 y cerca de 20 mil para 2035.

En estos años, el Mides diseñó decenas de estrategias, reconfiguró los espacios: aumentó sus capacidades y horarios de atención. Sin embargo, para los integrantes de Vilardevoz, lejos de funcionar como espacios de acompañamiento orientados a las necesidades de las personas, los dispositivos se transformaron en centros de castigo, con lógicas muy similares a las manicomiales: exclusión, alienación e infantilización.

«Es plan tras plan, experimento tras experimento. Nosotros, como colectivo, nos planteamos el desarrollo del ser humano en la libertad más profunda: el derecho a ser feliz y el derecho a la vivienda. No como un lujo, sino como un derecho», dice Marcelo. También Rodolfo, que hoy vive en un centro de 24 horas, piensa en los refugios nocturnos y en quienes esa mañana tuvieron que dejarlos luego de una madrugada lluviosa. «Fijate que hoy temprano, todos para afuera. A mojarse y chau.»

HOSPITALIDAD RADICAL

Quienes han vivido en situación de calle cuentan que llegan a esta situación atravesados por una profunda tristeza y un dolor asociado a múltiples pérdidas acumuladas: seres queridos, redes familiares y comunitarias. Las causas son variadas: problemas de salud mental, consumo problemático de sustancias, haber estado privados de libertad y, cada vez más, jóvenes que pasaron por el Instituto del Niño y Adolescente del Uruguay y al cumplir 18 años quedaron sin amparo.

En la asamblea de Vilardevoz se menciona varias veces cómo los dispositivos estatales «liman» la autoestima. «Yo no quiero ir a los refugios porque me mata la cabeza, te empareja para abajo», dice Pablo, quien hace poco perdió su trabajo y comenzó a vivir en la casa comunitaria que tiene el colectivo. Zapicán, que vive en la misma casa, tiene la misma percepción: «Sientes que te están dando una dádiva, una cama y una comida, pero no se promueve que te integres con otras personas».

Desde hace tres años, Vilardevoz gestiona una casa comunitaria mediante un convenio con el Mides. Un requisito para hacerlo fue que el espacio funcione bajo las lógicas del colectivo. En la vivienda conviven ocho hombres y dos mujeres, acompañados por un equipo técnico de cuatro personas. Todos tienen llave y, a las nueve de la noche, solo quedan quienes viven allí. En este espacio, la salud mental se entiende como casa, trabajo y afectos.

Todas las semanas tienen una asamblea en la que participan y resuelven los temas cotidianos, como la comida, la limpieza y la organización general, lo que no quita que haya problemas, como en todas las casas. Ese día, uno de los integrantes decidió internarse en una chacra. «Influido por cosas externas como la droga, porque los infiernos también son encantadores. No te podés adaptar a lo que los demás dicen que es normal», asegura Marcelo.

DEMOCRATIZAR LOS CUIDADOS

Vilardevoz también coordina la Nave de les Loques, ubicada en Germán Barbato entre Mercedes y Uruguay. La nave es un espacio cultural en el que participan personas en situación de calle y vecinos del barrio. En un pequeño recorrido, Cecilia Baroni, psicóloga y coordinadora del colectivo, me muestra los distintos espacios: un taller de arte, donde está Marcos con sus trabajos, una tienda de segunda manoy un espacio al fondo, donde parte del equipo está cocinando.

En una sala ubicada a la entrada de la nave hay amontonadas varias pilas de libros. Cecilia explica que son del proyecto Bibliobarrio, que se quedó sin sede, «y ahora los estamos alojando, por eso el desorden», se excusa.

Para la coordinadora, lo que diferencia a Vilardevoz de otros dispositivos del Mides es que brinda un acompañamiento integral y no de emergencia. «No hay que olvidarse de que la calle daña un montón, que la persona aprende a defenderse y que lleva muchísimo tiempo sacarse la calle de encima para volver a considerarse sujeto de derechos. Muchas veces queda en un lugar de ser asistida y no como protagonista de su cambio», considera Cecilia.

Desde el colectivo se plantean una hospitalidad radical que no cause más sufrimiento a las personas. Un criterio es que para ingresar a los espacios no hay que cumplir ningún requisito. «No les seguimos pidiendo muestras de que merecen estar en ese lugar», explica Cecilia. Los espacios son de puertas abiertas. «Algo que dice mucho [Cornelius] Castoriadis es que el otro, en esta condición también de extranjero, necesita su tiempo, su forma, y no los abordajes –lo voy a decir así nomás– que son de escritorio o de administración de los cuerpos y no de las personas y las situaciones.»

Otro de los conceptos que promueve el colectivo es la democratización de los cuidados. En los espacios de Vilardevoz no hay presencia policial, algo que sí ocurre en algunos refugios. En cambio, se apela al apoyo entre pares. «Las personas que han vivido estas situaciones siempre dicen que no hay nadie que conozca más que ellos. En el sentido de que hay una realidad que es soportar 24/7, y ahí el que está es el compañero de vereda o del lugar al que voy. Y si uno fortalece esos vínculos y tiene acuerdos, es impresionante lo que genera», sostiene Cecilia.

PRIMERO EL TECHO

Los dispositivos del Mides se organizan, en gran medida, bajo la llamada estrategia de escalera. Antes de acceder a una vivienda estable las personas deben atravesar un proceso gradual de «reaprendizaje» para recuperar hábitos y capacidades de relacionamiento: de la calle al refugio nocturno, del refugio al centro 24 horas, de allí a una casa de medio camino, hasta llegar a la vivienda. Si la persona no logra sostener alguno de esos niveles, vuelve al inicio del recorrido (véase «En Uruguay tenemos una fábrica de personas en situación de calle», Brecha, 17-IV-26).

Katherine Suprr integra el colectivo Ni Todo Está Perdido (Nitep), conformado por personas en situación de calle o que viven en refugios. Al igual que Vilardevoz, se organizan en asambleas, en las que discuten y piensan distintas alternativas para salir de esa situación. «Claro, porque las personas solemos unirnos por identidad; todo lo que nos identifica nos une como grupo humano», comenta al semanario.

Katherine vive en una de las dos casas comunitarias que Nitep logró construir con apoyo del Mides. Pero su camino hacia una vivienda definitiva no terminó ahí. Todos los viernes, a las siete de la tarde, participa en un encuentro en la sede de la Fucvam (Federación Uruguaya de Cooperativas de Vivienda por Ayuda Mutua). Allí presentó un proyecto para crear una cooperativa de vivienda. Se llama Gente de Calle y está integrada por 38 núcleos familiares. «Somos personas que durante mucho tiempo fuimos invisibles para el sistema», cuestiona Katherine.

La cooperativa ya cuenta con terrenos cedidos por la Intendencia de Montevideo, aunque aún no conoce su ubicación, y está a la espera de obtener la personería jurídica. «Para tener un tratamiento y una solución a la carga que vive la persona en situación de calle, lo primero que se necesita es una contención de pared, de muro, de vivienda. Si no, no tiene cómo recuperar su vida», dice Katherine. Sus dos hijos hoy viven con su padre, pero en un futuro podrá volver a acogerlos en su nueva casa.

GERMINAR Y CRECER

En la calle Rincón, a pocos metros de Juan Carlos Blanco, funciona la tienda de la plataforma Sámaras. En varias estanterías se exhiben productos: bolsos, remeras, cuadros, tazas y distintas artesanías. Como las semillas de las que toma su nombre –granos livianos que el viento puede llevar a grandes distancias y crean nuevos comienzos–, el proyecto apoya emprendimientos para que puedan germinar y crecer.

Sámaras nació en 2024 y es gestionado por Vilardevoz y la Cooperativa de Docentes para una Formación Integral, en convenio con el Mides. Es un espacio socioeducativo y laboral al que la mayoría de las personas llega derivada de la red de organizaciones que trabajan en salud mental. Muchas están en situación de calle, ya sea por consumos problemáticos o porque, tras haber estado privadas de libertad, perdieron sus redes de apoyo.

En una mesa detrás de un bastidor, parte del equipo de Sámaras asesora a un hombre que quiere montar su propio taller de tambores. «Además de acompañarlo en la construcción de su proyecto laboral, lo vamos a apoyar con la compra de algunos materiales. El apoyo económico es fundamental y no siempre lo tienen», explica a Brecha Mariana Ferre, coordinadora de la plataforma. El fondo de prestación para emprendedores tiene un cupo para 70 personas.

Para Mariana, una pata clave del proyecto es pensar alternativas al mercado laboral tradicional. Si bien a muchas de las personas se las acompaña en la búsqueda de empleo, la coordinadora considera que el mercado laboral es muy hostil y a la larga, muchas veces, «enferma». Por eso creen en otras vías, como la economía social y solidaria, que resultan más virtuosas para personas que están saliendo de una situación de extrema vulnerabilidad.

«Una persona puede venir todas las semanas durante un mes y medio, luego no aparecer durante dos meses y después regresar. Y nosotros siempre la recibiremos, para reconstruir y seguir construyendo. Por eso apostamos a la economía social y solidaria. Es la forma más justa y disfrutable para quienes forman parte de este proyecto», dice la coordinadora.

Hoy la plataforma cuenta con distintos emprendimientos en marcha, entre ellos un proyecto gastronómico y otro de elaboración de cremas. A futuro, aspiran a contar con un espacio más amplio donde desarrollar un polo de economía social y solidaria. «Un lugar en el que los emprendedores tengan condiciones de trabajo decentes –en el sentido que plantea la OIT [Organización Internacional del Trabajo], no como un juicio de valor– y donde puedan contar con su propio espacio si así lo quieren y lo necesitan», describe.

CON SUEÑO

Uno de los proyectos que contó con el apoyo de Sámaras y hoy está en pleno funcionamiento es la herrería de Willy. Él vivió más de 40 años en Argentina, regresó al país hace casi dos años y ahora reside en un centro 24 horas. Su taller está en La Casa de los Sueños –un espacio cultural también autogestionado por personas en situación de calle–, sobre José L. Terra, frente al Mercado Agrícola. Allí hay talleres de fotografía, encuadernación, serigrafía, danza.

A la herrería se llega bajando una escalera. Ahí está Willy junto a Emiliano y Nino, su equipo. En el centro de la sala, una cucheta de hierro espera ser entregada a uno de los refugios del Mides. Un tema recurrente entre las personas que duermen en refugios es la presencia de chinches en las camas de madera. El mismo Willy pasó noches sin dormir por las picaduras y por eso decidió construir las camas de hierro. Ahora el Mides le encargó 27.

En Argentina, Willy dio clases de herrería, una actividad que retomó en La Casa de los Sueños. El año pasado capacitó a más de 15 personas, algunas en situación de calle y otras vecinas de la zona. Hoy tres de ellas están trabajando en una empresa. «La idea de todos nosotros es que no solo aprendan un oficio, sino que puedan vivir de él en el futuro, para depender cada vez menos del sistema», explica Willy.

Emiliano es mecánico y hace un año que, por temas de consumo, terminó en la calle. En su proceso para salir de esa situación rescata el acompañamiento que tuvo de Willy para ingresar en la herrería: «Yo le dije que no sabía nada, pero el primer día me dijo: “Soldá”, lo hice y quedé». También, desde su experiencia, considera que para que un proceso de reinserción sea exitoso los abordajes no deberían ser generales: «Lograr la autonomía para cada persona es distinto; no es lo mismo para mí que para Nino, que tiene otras dificultades».

Hoy Emiliano integra el grupo de música del espacio cultural. «Soy percusionista de la Banda de los Sueños», cuenta. Y acaba de presentar un proyecto para coordinar grupos terapéuticos. «Soy operador en adicciones y estoy recontento con este proyecto y con este espacio.» Se le nota: infla el pecho y pone cara de orgullo cuando Willy dice que puede irse tranquilo del taller porque, junto con Nino, lo deja en buenas manos. «Esta casa permite a las personas acercarse, por lo menos, a una primera instancia de sus sueños.»

Calle cero

El lunes 13 de abril, La Casa de los Sueños lanzó la campaña Calle Cero, una provocación poética que a través del arte –la escritura, el teatro, la música– busca repensar la situación de calle. Ese día, más de 90 personas de distintas organizaciones y colectivos concurrieron a la presentación. Según cuenta a Brecha Sayi Oviedo, trabajadora social del espacio, la idea es visibilizar y empezar a nombrar lo que no se nombra: las personas que sí han logrado salir de la situación de calle. «Queremos decir: che, si la gente tiene acceso a salud mental, tiene trabajo y entra a una cooperativa de vivienda, puede salir de los mal llamados refugios, donde parece que la gente está escapando de una guerra», explica Sayi. Calle Cero funciona todos los lunes a las 16 horas.

En mi país…

Esta semana, el Instituto Nacional de Estadística presentó datos referentes a la estimación de la pobreza en 2025. Según los resultados, la incidencia en las personas se estimó en 16,6 por ciento, lo que implica que, de cada 1.000 personas, 166 no superan el ingreso mínimo necesario para cubrir las necesidades básicas alimentarias y no alimentarias. Medida por hogares, la proporción bajo la línea de pobreza se ubicó en 13,2 por ciento. La indigencia se estimó en 1,7 por ciento para las personas y 1,3 por ciento para los hogares. De acuerdo con el análisis por regiones, Montevideo registra el valor más alto en la proporción de personas pobres, con 18,7 por ciento. En el interior, la incidencia fue de 15,3 por ciento. A su vez, la pobreza afecta en mayor medida a las personas más jóvenes: alcanza 29,1 por ciento entre los niños menores de 6 años y es de 27,3 por ciento en el tramo de 6 a 12 años. En contraste, entre las personas de 65 años o más, la pobreza se ubica en 6 por ciento.

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